Fundador - Viajero ocasional
Una prima me había dicho que Brasil era un de los países más baratos del continente. Mis experiencias previas en Buenos Aires, en donde efectivamente para los chilenos existe una amplia ventaja a la hora del cambio monetario, y en La Habana, en donde cualquiera de nosotros es millonario, y el comentario generalizado de que Chile es el país más caro de América del Sur, me hicieron creerle sin cuestionamientos. Ella había andado el año anterior por Florianópolis: la comida se vende por kilo, me dijo, y también me dijo que hay una sobreoferta de alojamiento tal que da para regodearse; que en caso de que conozcas a alguien de allá, tendrás el problema de la alimentación resuelto dada la abundancia de frutas y pescados que se dan naturalmente. Que la cachaça, barata y profusa. Que los brasileños son muy abiertos y hospitalarios y no te dejarán botado si es que alguna vez tienes problemas de dinero o de lo que sea. ¡Viva Brasil! Con buenas palabras quien no entiende, ¿no? En una actitud muy propia de un chileno provinciano, me sentí feliz con todos estos datos. “Brasil es barato”, se repetía la frase en mi cabeza. Lo que mi prima jamás me dijo, ya que tampoco tenía por qué hacerlo, es que Florianópolis no es Río de Janeiro, y que Brasil no es Chile: si bien en mi país los precios en todo el territorio pueden encontrarse a niveles relativamente estandarizados –excepción aplicable a la Isla de Pascua que, como todos sabemos, de chilena no tiene más que el gentilicio–, no se debe olvidar que un país como Brasil puede perfectamente equivaler a un continente entero y, por tanto, la oscilación de todo tipo –climática, cultural, de precios, etc.– es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de visitarlo. Fue una situación hermosa: mi presupuesto me aseguraba ampliamente el consumo inmoderado de cachaça de la mejor calidad según me apresuré en averiguar apenas salí del Rodoviario, pero en ningún caso un acceso relativamente decente al alojamiento y la alimentación. Un chileno provinciano piensa que todo el mundo es como cualquier provincia del interior de Chile; yo creo que a varios provincianos chilenos habría que soltarlos un par de días en Río de Janeiro para despabilarlos y ver como se las arreglan sin datos de alojamiento o alimentación, empezando por mí mismo, por cierto, que ya pronto debería comenzar a despabilarme forzosamente.
Apenas hubo aclarado lo suficiente decidí que era hora de agarrar la mochila y largarme a recorrer la ciudad, principalmente para aprovechar el día para buscar algún alojamiento accesible. Jamás se me ocurrió preguntar en la zona cercana al Rodoviario acerca de posibles lugares en donde quedarse a dormir; repito que el paisaje que rodea al terminal no es de los más acogedores. En un portugués que me salió del alma y –por supuesto- de una falsedad fabulosa pude darme a entender ante el policía a quien pregunté por la locomoción para llegar a Copacabana; mi decisión apenas me había sentido un poco mejor había sido arribar directamente a Copacabana antes que cualquier otro recorrido; afortunadamente, según comprobaría más tarde, esta vez acerté. El policía brasileño, respondiéndome en un portugués que le salió del alma, me explicó detalladamente como abordar el bus correspondiente (por supuesto, jamás le entendí nada de lo que me dijo y sus palabras se perdieron para siempre, pero afortunadamente en Brasil aun se usa el alfabeto occidental y los letreros de los autobuses son legibles para una persona medianamente alfabeta como yo pretendo serlo: después de todo lo que había visto y aun falto de sueño y con el cansancio acumulado no me hubiese extrañado encontrarme con que los brasileños escriben en cirílico) y en un momento pude por fin sentarme en uno de ellos y esperar lo que viniera.
Por fortuna, en Santiago de Chile el transporte es un caos solamente comparable al de Río y así cualquier chileno se encuentra curtido en cuanto a los avatares que se suceden en los recorridos; después de miles de interminables vueltas por los lugares más recónditos que el alma humana puede llegar a imaginar, algo parecido a una zona de playas comenzó a ser visible en el horizonte. Diré que mientras me encontraba sentado en el bus una chica carioca –según intuí por la soltura con que llevaba un bikini a las 8 y algo de la mañana– me sonrió varias veces, cuestión nada extraña si pensamos que el bus se encontraba semivacío y los únicos pasajeros éramos algunas señoras de edad y yo, con mi inconfundible cartel de turista; aclaro que jamás me he ufanado de mis aventuras héteros ni ahora pretendo hacerlo, pero he quedado para siempre con la sensación de que la chica carioca intentaba acercarse a conversar mientras yo, honrando mi condición de chileno que había atravesado un continente y se encontraba cansado, somnoliento, hambriento, agripado, confuso y aletargado, no presté mayor atención. Debía buscar alojamiento, caramba; pero una agradable sensación de haber comenzado a ser parte del ajetreo interno de la ciudad y de que ésta paulatinamente me iba aceptando como uno más de sus hijos descarriados me invadió. Definitivamente, Río de Janeiro empezaba a vislumbrarse de manera más resplandeciente.
Bajé a Copacabana cerca de las nueve de la mañana. Muy poca gente se avistaba en el borde costero, a no ser algunos individuos de todas las edades, razas y condiciones sociales que trotaban a una hora en que, por lo general, con mis congéneres chilenos venimos llegando luego de las cervezas. La vista de los trotadores matutinos era algo sorprendente: nunca he sentido inclinaciones homoeróticas, pero debo reconocer que me impresionó la contextura física de muchos de ellos; alguna vez en Cuba había visto algo parecido, pero mi impresión es que los cubanos en general son más inocentes acerca de sus virtudes corporales ya que, por regla, siempre están ocupados en asuntos más primordiales como para ostentarse conscientemente con coquetería; y en mi país, por otra parte, el culto al físico es cauteloso y llevado a cabo solamente por un mínimo porcentaje de la población y en general dentro de aburridos y discretos gimnasios. En Río, en cambio, se sabe que además de cultivar el físico la idea es ofrecerlo y exhibirlo sin complejos, como sin complejos se ofrecían y exhibían en todo momento individuos e individuas que uno solamente creía que existían en la pantalla de los cines; no dejó de sorprenderme el no ver mujeres ejercitándose en ese momento, pero para algarabía de la condición humana pronto aquello comenzaría a cambiar. Mientras, con mi pesada mochila repleta de ropa invernal yo llevaba a cabo mi propio acondicionamiento físico.
Debo haber caminado unos diez kilómetros, según más tarde pude averiguar. Nunca una carpetita de datos habría sido mejor compañía para un ser humano; la mía, ya extraviada hacía siglos, no me permitió impedir un recorrido desordenado por los diferentes hospedajes que alguna vez había visto en la red; sin datos, mi ruta no dependía más que del azar. Apenas divisaba algún tipo de aglomeración callejera, especialmente juvenil, allá corría con la bovina esperanza de encontrar alguna hospedería o cualquier lugar por el estilo. Fue así como descubrí que, en dos ocasiones, el motivo de dichas aglomeraciones no era otro que un par de chicas muy voluptuosas que habían decidido desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis, para deleite mío y de todos los sujetos que alcanzamos a observarlas a la salida del bar en el que se encontraban, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo siempre en cualquier lugar del mundo en el que un par de chicas decidan desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis; la apacible vista que tuve en esos momentos -y que se hacía cada vez más permanente dado que a esa hora comenzaba el ajetreo diario de la playa de Copacabana- no solucionaba, sin embargo, mi problema de alojamiento que era lo que realmente debía importar. Sólo un refresco, y otra vez la sensación de que ya me estaba definitivamente instalando en Río de Janeiro.
No sé en qué momento atravesé por la Avenida Atlántica hacia la playa en donde decidí seguir mi recorrido hacia la zona sur, a Leblón e Ipanema. De entre los recuerdos que conservaba de mi antigua carpetita ya perdida hacía siglos estaba seguro de haber leido algo de que en la zona de Ipanema se encontraban los hospedajes más accesibles para un mochilero, cuestión que iba pareciendo cada vez más evidente al observar la fastoisidad de los hoteles y departamentos (la mayoría vacíos, como durante gran parte del año) de la playa de Copacabana; como mochilero estándar -y aun menos que eso- no había más que huir de ahí, asunto al cual me dispuse. En algún momento me crucé con toda una algarabía de máquinas y obreros que montaban una especie de andamio gigantesco en la playa y el ruido era, de verdad, por momentos bastante desagradable; ya iba a atravesar nuevamente la avenida alejándome de tan inoportuno descubrimiento cuando se hizo la luz en mi cerebro: Copacabana, idiota; el ajetreo que ves es el montaje del escenario sobre el que ofrecerán su recital los Rolling Stones (recordemos que aun no había dormido más de tres horas seguidas desde hacía por lo menos cuatro días). Ahí estaba el epicentro de la ciudad por esos días y la verdadera razón de que yo estuviera en ese momento a tal distancia física de mi casa, perdido en el mundo y tragado por una ciudad de más de diez millones de habitantes. Nunca he sentido de verdad problema alguno en viajar solo por cualquier parte y cuando lo he hecho en general no me cuesta gran cosa integrarme con la gente, pero confieso que una de las veces en mi vida en que realmente hubiese preferido compartir la experiencia fue ante la vista de aquel imponente armazón, aun sin forma definida, que se asemejaba a un gigantesco esqueleto de animal marino varado en la arena de la playa (¿has sentido la necesidad de comunicarle algo a alguien? Tu primera experiencia sexual a los amigos o amigas de colegio –o de universidad, para los más píos–; alguna vez en que realizaste la buena acción del mes y ésta fue bruscamente malentendida por todos y finalmente te apuntaron con el dedo; una brillante exposición en clases a la cual coincidentemente asistió muy poca gente; etcétera. Supongo que todos hemos sentido alguna vez esa necesidad y la consiguiente melancolía de no contar con ningún cercano ante quien descargarse). El molesto ruido de hacía un instante atrás era reemplazado abruptamente por la sensación de estar comenzando a asistir a algo grande de verdad, y previsiblemente sentí en ese momento la necesidad de contar a alguien que ese era el escenario sobre el cual tocarían los Rollings, que los Rollings junto con los Beatles son en realidad los verdaderos inventores del rock, que este viaje era en realidad la consecuencia lógica de miles de conversaciones sobre rock, viajes y literatura llevadas a cabo en épocas de mi vida ya remotas; que mi propia historia personal con los Rolling contemplaba, entre miles de situaciones más, el que hablando precisamente de Mick Jagger y Satisfaction comenzamos a conocernos con una chica con la que más tarde compartiríamos largos años; que ya hacía décadas, alguna vez en una playa cerca de mi ciudad de origen nos hermanamos para siempre con un amigo ya muerto mientras entonábamos, ebrios hasta el escándalo, a los Beatles y los Rolling Stones; que… me emocioné, jóvenes, se los juro, aunque ahora sé que no fue exactamente ante la vista de aquel armazón de fierros sino ante la acumulación de recuerdos de demasiados estímulos en tan poco tiempo para digerirlos. Por muy autosuficientes que seamos, a veces de verdad nos hace falta alguna otra alma dispuesta a observar lo mismo que observamos nosotros, y la persona que no ha percibido aquello no se encuentra completa aún. (En ningún momento me llegué a sentir mal, sin embargo: fue una especie de conciencia real acerca de la trashumancia, de la levedad humana, de las acciones propias, de la soledad, de la falsedad de la sensación de que todo ante nuestro alrededor es infinito cuando la realidad indica justamente lo contrario: ¿cuántas veces en tu vida asistirás nuevamente a un concierto del mejor grupo del mundo en una playa desconocida en vivo pero en tu inconsciente primordial desde siempre? ¿Cuantas veces en tu vida asistirás al inicio de las obras que concluirán en la ejecución del epicentro de lo que será la fiesta que está por venir? ¿Realmente cuántas veces más observarás los rayos de sol colándose por entre los tubos de metal? ¿Cuántas veces más, siquiera, te detendrás a observar la salida del sol? No serán muchas veces más, si lo piensas bien; aun así, tenemos la sensación de que todo en el mundo es ilimitado). Que divertido descalabro puede llegar a provocar un armazón de fierros parecido a un esqueleto marino, como para ilustrar a los que aun ignoren las bondades del arte conceptual. El esqueleto se encontraba, además, frente al Hotel Copacabana Palace, en donde yo sabía de antemano que se hospedarían los Rolling Stones (y que es por cierto el más exclusivo de la ciudad), lo cual confirmó mi seguridad de que ese era el sitio correcto. Como un niño en un momento dejé la mochila en el suelo y corrí para alcanzar a tocar los fierros antes de que me corrieran del lugar “por si más tarde no tengo la posibilidad de hacerlo”, como creo que pensé entonces. Todo ese momento fue parte de un rito personal paciente e interno, como ritos personales todo el mundo tiene y solamente uno mismo está en condiciones de entenderse. Dicen que entenderse solo es el primer paso para comenzar a volverse loco.
Cerca de las cuatro de la tarde pude finalmente encontrar una hospedería que se ajustara a mis escuálidos bolsillos mochileros. Ya antes había tenido que renunciar definitivamente al azar y, en un homenaje a épocas recientes más ordenadas, entré en un cibercafé y visité las mismas páginas que ya había visitado en mi país hacia aproximadamente dos siglos y que componían la información que alguna vez estuvo contenida en mi carpetita. En aquel cibercafé fue que me enteré la existencia de las hospederías más convenientes de la zona Ipanema – Leblón, todas por cierto abarrotadas hasta las paredes pero solidarias con los viajeros incautos en cuanto a la transmisión de información: desde una de ellas me enviaron hasta la que sería en la que finalmente me quedaría, la lemon-spirit. (www.lemonspirit.com), previo recorrido hasta Botafogo en donde ninguna cama disponible quedaba. Todos comentaban que dado el recital de unos días más y el posterior inicio del carnaval de la ciudad, se habían comenzado a agotar esa misma semana todos los alojamientos. De verdad es recomendable reservar con anticipación una cama en un lugar como Río de Janeiro, con el fin de evitar improvisaciones que en un lugar como ese terminarán inevitablemente por pasarte la cuenta.
La mayoría de las hostelerías en Río se encuentran cerca de la playa (la mía, en este caso, estaba a una cuadra de distancia) y abundan especialmente en la zona de Ipanema-Leblón. Existen también en Copacabana, pero en general tienden a ser más exclusivas o derechamente ostentosas; Copacabana es, sin duda, el sector más acomodado de la ciudad. Los precios suelen ser bastante accesibles, excepto en la temporada del carnaval en donde éstos, literalmente, se cuadruplican de un día para otro. Generalmente las hospederías están dirigidas a mochileros o viajeros jóvenes, ya que los espacios son comunes y las habitaciones se pueden llegar a compartir entre nueve o doce personas (en la mía éramos nueve y nos encontrábamos una chica israelí de hermoso nombre. Gelaia; un holandés al parecer novio de la chica anterior; un brasileño, mi gran amigo Liedke, quien fue la primera persona que me acogió de manera más fraterna dada su condición de brasileño y, por tanto, de parcial dueño de casa; tres australianos que llegaban todas las noches alborotando a los que pasábamos la resaca; dos alemanes y un sujeto que jamás habló una sola palabra pese a nuestros esfuerzos, y de quien se decía que pertenecía a una guerrilla africana que se encontraba reclutando gente en Brasil. Mitos urbanos, como vemos, se dan en cualquier circunstancia. Pero no explicitaré aquí el mito al que se referían picaronamente las féminas del albergue, dada la estatura –más de dos metros y diez centímetros– del presunto subversivo mientras nosotros, sudamericanos y europeos de estatura y rasgos más que normales, lo observamos con una especie de curiosidad e idolatría). El alojamiento en general incluye un desayuno matutino que, a esa hora y en condiciones de resaca abrumadoras, resulta más que bienvenido: queso, jamón, frutas del más diverso tipo, leche fría y caliente, café, jugos naturales y pan, todo ello en una especie de buffet que en la práctica te permite repetir el desayuno cuantas veces deseas sin que nadie te diga nada o te ponga cara de pocos amigos. Más tarde me enteraría que ese sistema (y el de ofrecer una cocina completa a libre disposición para preparar tus propias comidas a toda hora) se utiliza en la mayoría de los albergues juveniles hasta las diez de la mañana, y por tanto es bueno tener en cuenta que conviene levantarse a desayunar antes de esa hora por muy maltrecho que se esté desde la noche anterior.