Fundador - Viajero ocasional
Hoy nos espera una etapa dura (casi 60 km.), así que, en vez de desayunar copiosamente, como el resto de mis compañeros, prefiero reservar algo para media mañana. Tomo un panecillo y lo relleno con algo de queso y embutido. Lo tengo encima de la mesa, envuelto en unas servilletas. Cuando nos vamos a levantar de la mesa, viene una camarera con cara de pocos amigos y nos dice algo que no acertamos a entender. Ni siquiera las intérpretes. Regina le dice si lo puede repetir en inglés. Lo triste es que ya lo estaba diciendo en inglés. Ninguno sabemos lo que quiere hasta que señala el bocadillo. Mi pequeño bocadillo envuelto en servilletas. Rápidamente entendemos todo. La comida no se puede llevar. Muertos de vergüenza, nos levantamos y, humillados, nos fuimos.
El cielo sigue totalmente despejado, sin embargo, la temperatura es de lo más fresca, así que tenemos que abrigarnos más. Continuamos por el lado derecho del Danubio, por el carril que sale de Schlögen. A los pocos km. el Danubio vuelve a recuperar su curso normal. Cruzamos saludos con otros ciclistas. Unos responden, otros no. El paisaje, de un verde muy intenso con el sol ya alto, repentinamente se oscurece debido a la pared de árboles altos y tupidos que hay en el lado derecho del carril. En esos momentos, puedes notar que la temperatura baja varios grados.
Mi estómago, ya vacío (sólo había tomado un café con leche y algo de fruta), empieza a protestar. De pronto, como caída del cielo, una señal sobre el asfalto anuncia muy gráficamente la proximidad de un merendero en Aschach, a pocos km.
Entramos en Aschach recorriendo un bulevar con numerosos terracitas frente al Danubio. Escogemos una y nos sentamos. Es una buena ocasión para pedir algo sólido con que acompañar la cerveza. He pensado en unas salchichas para compartir. Me levanto para pedir 4 wurst, que sé que significa salchichas en alemán, y la camarera parece que me entiende. Le pregunto si son suficientes para los cuatro, no vaya a ser que sean demasiado pequeñas y nos quedemos a medias... Me dice que sí, que están bien de tamaño.
Cuando viene la camarera con cuatro enormes platos de embutido en rodajas, acompañando una inmensa ensalada y sin ninguna salchicha, casi nos da algo. Decidimos compartir uno de los platos y guardar el resto para el camino, por lo que pedimos a la camarera que nos envuelva el resto para llevar. Dos momentos de vergüenza, con tan pocas horas de diferencia, es algo a lo que no estamos acostumbrados.