Fundador - Viajero ocasional
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© Jordi Llorens Estapé
En el techo del mundo falta oxígeno, lujo y buena comida. Ya se sabe que el Tíbet no es un lugar para el cuerpo, sino para el espíritu; para escucharlo y apaciguarlo con una receta infalible: simplicidad, belleza y silencio.
El Tíbet, situado en los altiplanos del Himalaya, tiene una altitud media de 5.000 metros y posee unos espléndidos monasterios inmersos en uno de los escenarios naturales más hermosos del mundo.
Esta fue unas de las razones de mi viaje por tierras tibetanas. En realidad no tenía nada planeado; iba a ver qué y a quién me encontraba. Y así fue; llegué a Lhasa, mi primer destino, la mítica capital del Tíbet, que presenta un aspecto contradictorio.
La parte china, con aspecto de ciudad occidental avanzada con sus shoppings centre y tiendas de marca, difiere del sector tibetano, que aún conserva su carácter tradicional, su red de callejuelas y mercadillos ambulantes. Con la ocupación china la ciudad ha perdido su viejo misterio, pero no su carácter sagrado y espiritual.