Fundador - Viajero ocasional
En la costa de Tanzania, al sur de la desembocadura del Rufiji, se encuentran las ruinas del sultanato de Quiloa. Poco queda del antiguo esplendor; las lianas penden sobre las viejas mezquitas y la maleza oculta las tumbas de mercaderes y sultanes. Resulta difícil imaginar que en otros tiempos se tratara de una de las florecientes ciudades estado de la costa del África Oriental que, como Mombasa, Malindi o Pemba, alcanzaron una gran prosperidad, que acabó bruscamente con la irrupción de los portugueses en el Índico, a finales del siglo XV.
Del palacio de Husani Kuba, apenas permanecen en pie unos pocos muros. Debió de ser inmenso. Con sus más de cien estancias, fue durante siglos el edificio más grande del África subsahariana. Una piscina octogonal donde, según la tradición, se bañaba el sultán con sus concubinas, domina el manglar y la vista se pierde en una maraña de canales. Resulta muy difícil adivinar dónde está la salida al mar o distinguir entre tierra firme y las islas. Con las mareas, además, aparecen y desaparecen peligrosos islotes y en el vapor de la calima emergen de la nada arrecifes que dificultan aún más el acceso.
La melancolía invade al visitante que se pregunta: ¿Cómo surgieron esos orgullosos sultanatos en tan remotos lugares?
Según la leyenda, recogida en la Crónica de Quiloa, la ciudad fue fundada por Alí bin Hasán, hijo de un príncipe de Shiraz, que se había casado con una esclava etíope. Un día el príncipe tuvo un sueño: una gran rata, con dientes duros como el hierro, roía las murallas de aquella ciudad persa. Aquello no auguraba nada bueno y el mago de Shiraz le dijo que la rata vaticinaba ruina. De modo que el príncipe y sus siete hijos se embarcaron en siete navíos con destino a estas costas, y cada unos de ellos se estableció en un lugar diferente. A Alí bin Hasán le tocó Quiloa. Cuando llegó a la isla, hizo un trato con los nativos. Les daría todas las telas que transportaba en su gran dhow a cambio de todo el terreno que se pudiera cubrir con ellas. Así que trazó un círculo uniendo todos aquellos tejidos y se quedó con todo el perímetro que abarcaban.
Al igual que los otros sultanatos de la llamada Costa de los Zenj, su vida de esplendor fue corta, apenas tres siglos. Antes del islam, no eran más que asentamientos primitivos situados en islas cercanas a la costa, donde los árabes trocaban mercancías con los bantúes, a salvo de los ataques de las tribus del interior. Del interior de África llegaban marfiles, concha de tortuga, ébano, cuerno de rinoceronte, ámbar gris, pieles de animales salvajes, troncos de manglar, oro y esclavos. Con los siglos fueron cobrando importancia: eran escalas de primerísimo orden en la ruta de los árabes del mar, que recorrían el Índico en sus veleros gracias a su conocimiento de los vientos. Cada año, con el monzón de verano, arribaban de Arabia con sus naves repletas de sacos de sal, dátiles, tiburón en salazón, lana, cuero repujado, mirra e incienso. De la India y China traían sedas, porcelana, gemas, alfombras y especias. Los marinos permanecían unos meses esperando a que “girara” el monzón. Y cuando se levantaba el monzón de verano, que soplaba en dirección contraria, regresaban a sus puertos o proseguían hacia la India y la China con las naves cargadas de las riquezas de África.
Fueron los árabes del reino de Saba los primeros en surcar estas costas. Probablemente durante una tormenta, un velero fue arrastrado a algún lugar del África Oriental, donde sus tripulantes pudieron maravillarse de las riquezas que en la Costa de los Zenj abundaban; cuando, a los pocos meses, el viento cambió de dirección, soplando constantemente desde el sur, el velero pudo regresar a las costas de Arabia. De este modo, los árabes del mar descubrieron cómo sacar provecho de los monzones. Sin sospecharlo, aquel velero a la deriva acababa de inaugurar una ruta comercial que dio a los árabes el monopolio de las especias que acabaría por levantar la codicia de portugueses y españoles, dando lugar a la era de los grandes descubrimientos.
Algunos años, los monzones no eran regulares y los vientos dejaban de soplar antes de que las naves hubieran abandonado África, por lo que los marinos árabes se veían obligados a permanecer en aquel continente casi todo un año a la espera que el monzón de primavera les permitiera regresar a su país. Aquella estancia les hizo familiarizarse con la lengua local y les llevó a esposarse con mujeres nativas, creando con los años una población mixta y estable. Así debió suceder durante siglos. A principios de nuestra era, estas costas fueron visitadas por un anónimo marino alejandrino que recorrió sus puertos describiendo con detalle los lugares, los bienes que podían conseguirse y diversas anécdotas que fueron recopiladas en el Periplo del mar eritreo. Comprobó que se encontraban bajo la soberanía del rey del país del incienso, Hymiar, en el Yemen actual, y que eran frecuentadas por sus capitanes y mercaderes. Ptolomeo y Plinio mencionan el puerto de Raphta, situado con toda probabilidad al norte de Quiloa.
Con los abasíes de Bagdad, la navegación en el Índico cobró un gran impulso y los árabes crearon la ruta marítima más larga del mundo que les llevaba hasta Janfú (Cantón) en China. Todos los puertos del Índico se beneficiaron de un comercio en el que destacaba el oro y las especias. Pero en los veleros árabes no viajaron tan sólo los mercaderes con sus cargamentos; también lo hicieron músicos y poetas, exiliados de las persecuciones políticas y de las guerras civiles e incluso jerifes o descendientes del Profeta. Muchos se establecieron en los sultanatos de la Costa de los Zenj, contribuyendo a crear una cultura islámica de ultramar con características particulares que utilizaba el árabe como idioma de religión y de prestigio, pero que en la vida diaria se expresaba en un idioma bantú que los árabes denominaron suahili, del genérico sahel, que significa costa.
En El libro de las maravillas de la India, el capitán persa Buzurg ibn Shariyar recopila numerosas narraciones de los marineros del puerto omaní de Sohar que, entre monzón y monzón, reparaban sus navíos y contaban mil historias. En uno de los relatos se habla del tráfico de esclavos. A principios del siglo IX, un navío omaní que se dirigía a uno de los sultanatos de la costa africana se vió desviado por una tormenta yendo a parar a un lugar extraño. El capitán temió por su vida y la de los marineros, pues se contaban historias sobre los caníbales que abundaban en aquellos remotos parajes. Mientras se encomendaban a Dios fueron rodeados por las canoas de una tribu desconocida. Los omaníes no ofrecieron resistencia; eran marinos, no soldados. Se les condujo ante el rey, un apuesto joven “negro como el azabache”, quien les permitió quedarse hasta que “giraran” los vientos. Llegado el momento de la partida, el agraciado monarca quiso visitar el navío con sus siete notables. El capitán, cuya codicia no era nunca satisfecha a pesar de los magníficos negocios que había realizado, pensó que por aquel hombre fuerte y sus acompañantes les pagarían una gran suma en los mercados de esclavos de Omán, de modo que ordenó levar anclas y que fueran encerrados en la bodega con otros doscientos esclavos. Unos años después, el destino quiso que el navío del capitán fuera arrastrado por una tormenta al mismo remoto lugar de la costa africana. Aquel hombre estaba convencido que había llegado el fin de sus días, pero el destino aún le deparaba otra sorpresa. Cuando le llevaron ante el rey y alzó los ojos no podía dar crédito. Ante él estaba el monarca que había vendido años atrás por una suma considerable. El rey les acusó de traidores, pero les aseguró que no quería venganza y les permitió quedarse a hacer negocios mientras esperaban que el monzón cambiara de signo. El día de la partida, el rey les contó que en Bagdad aprendió árabe y el Corán y que un día, aprovechando la confusión en el mercado, se mezcló en un grupo de peregrinos que iban a La Meca y desde allí escapó a Egipto con otra caravana. Desde El Cairo remontó el Nilo, pasando mil peripecias hasta llegar a su país donde le esperaban con inmensa alegría, ya que un mago había vaticinado su suerte. El día de la despedida, el monarca les deseó una feliz travesía y se disculpó, con la mejor de sus sonrisas, por no acompañarles al barco.
Las narraciones de Buzurg coinciden en muchos aspectos con los viajes de Simbad el marino, que, dejando a un lado los aspectos fantásticos -islas que resultan ser ballenas gigantes, monos monstruosos o la inmensa ave roc que atrapaba elefantes con sus garras- constituyen un magnífico documento sobre la época. “Acompañados por la bendición de los vientos propicios, surcábamos las rutas espumosas del mar, de puerto en puerto, vendiendo y trocando las más diversas mercancías, relacionándonos con los mercaderes y navegantes en cualquier lugar donde echáramos el ancla”.
Los marineros que viajaban al África Oriental, según relataba el geógrafo Al Masidi, eran omaníes de la tribu de los azd, y debían pasar por muchos peligros antes de arribar a buen puerto: “las olas eran tan descomunales que asemejaban elevadas montañas que de pronto se desplomaban sobre los valles más profundos; nunca llegaban a romper y jamás formaban espuma como en los otros mares”.
Al Masidi encontró ya una notable población musulmana. Poco tiempo después, aquellos remotos asentamientos donde árabes y africanos realizaban sus intercambios se habían convertido ya en ciudades prósperas, con mezquitas y palacios de piedra coralina. Sus sultanes se permitían incluso excéntricos regalos, como hizo el monarca de Malindi, que envió a principios del siglo XIV una jirafa al emperador de la China. Cuando en el siglo XIV el gran viajero Ibn Batuta recorrió la Costa de los Zenj, describió aquellas ciudades como “entre las más bellas y mejor construidas de todo el mundo”.
Ibn Batuta narró que el sultán de Quiloa, Abu al Mauahib, “el que dispensa los dones”, hacía honor a su nombre, pues era un personaje humilde y caritativo. Del botín conquistado a los infieles guardaba la parte destinada a los descendientes del Profeta en una caja especial, y cuando llegaban éstos, procedentes de Iraq, Arabia o Yemen, se les entregaba lo que les correspondía. Un viernes, hallándose Ibn Batuta en compañía del sultán a la salida de la mezquita, se les presentó un mendigo yemení que le pidió al monarca que le regalara la ropa que llevaba puesta. El sultán accedió. Entró en el cuarto del imán, se desvistió y se cubrió con una sencilla túnica. Al salir le dijo al mendigo que entrara en la mezquita y cogiera las ricas vestimentas. Éste así lo hizo; envolvió los ricos ropajes en un hatillo y se fue. La noticia se difundió en todo Quiloa y, enterado el sultán de que la gente le alababa por aquella acción, ordenó que regalaran al mendigo yemení diez esclavos y dos cuernos de marfil. A aquel generoso sultán le sucedió Daud, su hermano, que era su cara opuesta. Cuando algún mendigo se le acercaba, le decía: “Aquél que daba limosna murió. Se fue sin dejar nada que dar.” Así que, a los pocos meses, dejaron de pasar frente a su puerta.
El prestigio de los sultanatos de la Costa de los Zenj acabó por alcanzar Europa. El poeta inglés John Milton los mencionó en su Paraíso Perdido en el que habla de la desobediencia de Adán y Eva. El arcángel Miguel, antes de expulsarles, es encargado por Dios para que asciendan a la montaña más alta del Edén y contemplar desde allí lo que acontecerá a su descendencia. El arcángel enumera los reinos que se sucederán en la tierra, de la China a Europa, sin olvidar los confines del mundo y los estados marítimos de Montbaza, Quiloa, Malinde y Sofala que, como Milton dice, “algunos creen Ofír”.
Ofír era el legendario país de las minas al que el rey Salomón enviaba sus naves en busca de oro. El viaje duraba tres años, al cabo de los cuales regresaban con plata, joyas, maderas preciosas, marfil, monos, pavos reales y más de cuatrocientos talentos de oro que equivalían a veinticuatro toneladas del oro más puro. La leyenda tenía su fundamento. En el interior de África, en el antiguo reino de Monopotama (Zimbabwe), se hallaban importantes yacimientos de oro que eran transportados a Sofala y de allí cargados en velero hasta Quiloa, donde se acuñaba moneda.
A finales del siglo XV los portugueses irrumpieron en el Índico en busca de los mismos bienes que en otros tiempos atrajeron a egipcios, fenicios, griegos y romanos: las especias. Y también las resinas aromáticas, las sedas, las maderas preciosas, el oro “de las minas del rey Salomón” y las otras riquezas de aquel asombroso mar que era entonces un lago árabe.
Gaspar Correa, cronista de Vasco de Gama, escribió al contemplar Quiloa: “La ciudad desciende hasta la orilla y está enteramente rodeada por una muralla con torres de vigía. La vegetación es lujuriante, abundan los grandes árboles y los vergeles con todo tipo de cítricos y las mejores naranjas que jamás he probado… Las calles de la ciudad son estrechas y las casas muy altas. En el puerto atracan muchos veleros. Un rey moro gobierna la ciudad”.
Vasco de Gama exigió tremendos tributos a los sultanes de Quiloa y Zanzíbar. Tres años después, los portugueses regresaron a Quiloa con una flota de veinte navíos capitaneada por Don Francisco de Almeida. Cuando arribaron las naos, se convocó al sultán, quien en lugar de acudir y pagar el tributo de 1.500 onzas de oro acordado con Vasco de Gama, envió cinco cabras, una ternera, algunos cocos y frutas. Al día siguiente, tal como relatan las crónicas, Don Francisco de Almeida, acompañado de sus capitanes ataviados con sus mejores vestimentas, desembarcaron determinados a que el sultán los recibiera. Esta vez, el monarca tampoco quiso darles audiencia y en su lugar se presentaron cinco “moros” que notificaron que, aunque el sultán estuviera ocupado con sus invitados, accedía a pagar el tributo anual.
El día de la vigilia del apóstol Santiago, Don Francisco de Almeida fue el primero en desembarcar y, seguido de sus hombres de confianza, se dirigió al palacio del sultán, donde sólo encontraron a un “moro” que blandía la bandera de Portugal que les entregara en su visita Vasco de Gama, mientras vitoreaba: “¡Portugal, Portugal!” Los lusos derribaron la puerta del palacio a hachazos pero no encontraron un alma. Tampoco hallaron resistencia alguna en el resto de Quiloa. Entonces, el vicario general y los padres franciscanos desembarcaron portando dos enormes cruces mientras cantaban un Te Deum. Plantaron una de las cruces en el palacio y Don Francisco de Almeida se postró de rodillas y oró. Después de encomendarse a Dios se entregaron a sembrar el pavor y a saquear la ciudad. Dios estaba de su parte, ya que contaban con la bula de Su Santidad Nicolas V, el representante de Cristo en la Tierra:
“Tras escrupulosa reflexión, otorgamos por medio de nuestra bula, total y entera libertad al Rey Alfonso de Portugal para conquistar, asediar y combatir a todos los sarracenos, paganos y otros enemigos de Cristo, en cualquier lugar del mundo, y les permitimos apoderarse de sus reinos, ducados o principados con las propiedades personales, tierras, y toda las riquezas que contengan, así como a someter a esas personas a esclavitud perpetua.”
Los otros sultanatos de la Costa de los Zenj corrieron suerte parecida. Ahmed Cheij Nabhany, el mejor poeta en lengua suahili, cuenta así la conquista de Mombasa:
“Las noticias corrían rápidas en el Índico y cuando Almeida y su flota arribaron a Mombasa fueron recibidos a cañonazos. Pero resultó inútil, porque la artillería portuguesa era muy superior y su fuego incendió los polvorines de la ciudad.
Cuando cesó el fuego todo quedó en esa calma que anticipa la tragedia. Sabemos exactamente lo que ocurrió aquellos días por el relato de Hans Mayr, un alemán que se había enrolado en la expedición portuguesa. Un pequeño dhow se acercó en son de paz a la nao de Almeida, en él iba un español que había renegado de su fe para abrazar el islam. Exigió ser escuchado, y cuando subió a bordo trató de disuadir a los portugueses, asegurándoles que las gentes de Mombasa no eran como las de Quiloa, a quienes se les podía arrancar el corazón como si fueran gallinas. Pero sus palabras no hallaron eco alguno.
Aquella misma noche los portugueses bombardearon Mombasa. Todos huyeron despavoridos. El sultán y los supervivientes se refugiaron en las afueras de la ciudad, protegidos por quinientos arqueros esclavos.
Al día siguiente, Almeida ordenó el saqueo de la ciudad y permitió a cada hombre que se quedara con la veinteava parte de lo que consiguiera subir a bordo. Nos robaron oro, plata, perlas, algodón de Sofala, ricas sedas, vestidos bordados con oro y alfombras tan magníficas que fueron enviadas al rey de Portugal.
Cuando por fin partieron aquellos portugueses, los supervivientes de Mombasa se quedaron horrorizados ante la magnitud de la tragedia. Apenas quedaba alguna casa en pie y las calles estaban sembradas de cadáveres. Todo era desolación y muerte y las columnas de humo se elevaban hasta el cielo…”