Fundador - Viajero ocasional
© Jordi
En Diciembre del 2001 y aprovechando los pocos días de vacaciones de Navidad decidimos viajar a Turquía. Cogimos un vuelo Barcelona-Estambul, llegando a Estambul a última hora de la tarde justo para dejar las maletas en el hotel y salir a pasear por los alrededores de la Mezquita Azul y Santa Sofía. Es agradable pasear por esta zona, puesto que todo el recinto donde se encuentran las dos mezquitas y el Palacio de Topkapi es peatonal y está rodeado de jardines. Aunque cuando llegamos era ya negra noche pudimos disfrutar de las hermosas vistas de estas dos mezquitas iluminadas y aprovechamos para cenar en uno de los pequeños restaurantes con encanto que hay por los alrededores.
A la mañana siguiente madrugamos mucho para salir de la caótica Estambul lo antes posible e iniciar un viaje por el interior de Turquía, cogimos un ferry para cruzar el Mar de Mármara y continuamos hasta Bursa. Allí visitamos la Mezquita Verde (Yesil Camii) y el mausoleo, principales monumentos de Bursa que fueron construidos para el sultán Mehmed I entre 1413 y 1421, son especialmente bonitos pues los interiores están recubiertos de preciosos azulejos en tonos verdes. También paseamos por el pintoresco bazar que se encuentra en el mismo centro de la ciudad y por el bazar de la seda, ambos al lado de la Gran Mezquita de Bursa y comimos en un céntrico restaurante donde ya empezamos a probar las especialidades del país, en este caso fue el famoso Kebab y el te de manzana.
Después de comer continuamos por carretera hacia la costa del Egeo, pasamos horas y horas dentro del minibús, parando de vez en cuando a estirar las piernas y a tomar el típico te turco, cruzamos algunas ciudades entre ellas Izmir (Esmirna), cuando nos estábamos acercando a ella, ya de noche, nos quedamos asombrados de lo gigantesca que es esa ciudad, kilómetros y kilómetros de luces desplegadas desde lo alto de un inmensa colina hasta la misma orilla del mar, es la tercera ciudad más grande de Turquía. Por fin llegamos a nuestro destino, Éfeso, fuimos directos al hotel, cenamos y nos acostamos sin más, pues había sido una jornada muy larga y pesada.
Nos despertamos con una fina lluvia que caía sobre la ciudad y nos fuimos por una estrecha carreterita de montaña, donde desde alguna curva era posible ver el Mar Egeo, hasta la casa donde vivió la Virgen María sus últimos años, cerca del pueblo de Selçuk. Se trata de una pequeña y apacible casa de piedra, convertida ahora en ermita y punto turístico de visita obligada tanto para creyentes como para no creyentes, aunque tuvimos la suerte de estar los dos solos en el recinto y saborear la magia del lugar.
De allí nos fuimos a la ciudad romana de Éfeso, donde tuvimos otra vez la misma suerte, pues éramos las dos únicas personas que estábamos en todo el recinto, pudiendo disfrutar al máximo del lugar y hacer fotos tranquilamente.
Éfeso era la ciudad sagrada de Artemisa, aunque del Templo de Artemisa actualmente solo quedan un montón de columnas mal distribuidas que hacen difícil imaginar la existencia en su día del que fuera el mayor templo de toda Asia menor, cuatro veces mayor que el Partenón de Atenas. Paseamos a lo largo de las magnificas calles de mármol de la ciudad, bajamos por la calle Curetes, a un lado se situaban las casas de los ricos, con bellos mosaicos bastante bien conservados en su interior, y al otro lado de la calle estaban los edificios públicos y las tiendas. Nos metimos en todos los rincones de la ciudad, entramos en algunas de las casas y en especial nos llamaron la atención las letrinas comunales, todavía muy bien conservadas, con todos los asientos uno al lado del otro, los desagües e incluso una tarima donde se situaba una pequeña orquesta para distorsionar los "indecorosos ruidos" que allí se producían.
Al final de la calle se encuentra la Biblioteca de Celso que sorprende por su grandiosidad y por su buen estado de conservación, en especial por el doble piso de columnas.
Otro edificio muy bien conservado y todavía en uso es el Teatro de Éfeso, con capacidad para 25000 espectadores y desde donde se pueden contemplar fabulosas vistas de la ciudad si se sube hasta los asientos superiores. Al lado del teatro una larga calle bordeada de columnas llega hasta el mismo puerto de Éfeso, aunque actualmente la distancia a llegado hasta los 4 kilómetros pues la tierra ha ido ganando espacio al mar.
Una vez visitada la ciudad de Éfeso continuamos, parando a comer en un chiringuito de carretera unos deliciosos bocadillos calientes de chorizo con queso, hasta que a media tarde llegamos a Pamukkale.
Pamukkale significa "castillo de algodón" y evidentemente el nombre hace referencia a las terracitas blancas que se despliegan por la ladera de la colina y que deben su color blanco a los depósitos de piedra caliza existentes en este lugar, aunque actualmente y por culpa de un turismo masivo, de blanco cada vez tiene menos. Aún así se trata de un sitio encantador, con formaciones rocosas en forma de estalactitas blancas al aire libre y aguas termales