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Fundador - Viajero habitual
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© Javier Mazorra
Altiva, suntuosa, caprichosa y sensual, la llamada Perla del Sur nunca deja a nadie indiferente siendo para muchos visitantes el lugar más atractivo de Marruecos. Su fama y su belleza sin embargo atraen a tantos turistas en temporada alta que es preferible descubrirla en meses como febrero o marzo cuando la temperatura es perfecta y el ritmo de la ciudad vuelve a la normalidad.
La primera impresión que se recibe de Marrakech supera cualquier lectura, descripción apasionada o imagen vista en un folleto. Es difícil cree lo que ven nuestros ojos desde las ventanillas del avión: no es exactamente un oasis pero hay más de cien mil palmeras que se pierden en el horizonte; la tierra es roja, como lo son las murallas que rodean la medina. Por si todo ello fuera poco, las majestuosas cimas del Atlas, con alturas que superan los cuatro mil metros, vigilan atentas el devenir de esta gran capital del sur, puerta del desierto y primer centro turístico del reino de Marruecos.
Sus comienzos , sin embargo no pudieron ser menos alentadores. Cuando Abu Bekr en el S.XI, frente a un ejercito de bereberes, llegados del desierto, alcanza la llanura del Haouz, se encuentran con un lugar tan inhóspito que lo llama 'Marroukech' que significa vete deprisa. Su valor estratégico es tan grande que no tardan en convertirlo, a base de trabajo y constancia , en uno de los lugares más espléndidos que se puedan imaginar.
Para muchos el encanto de esta ciudad se resume en un atardecer a la sombra del minarete de la Koutoubia, la hermana mayor de la Giralda, observando el renovado espectáculo que ofrece la plaza Djemaa el Fna, al caer la tarde, cuando de forma natural y espontánea se van formando los corros alrededor de los contadores de historias, los malabaristas y los encantadores de serpientes.