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Bratislava, La última capital centroeuropea.

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Jmazorra

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Datos del viaje

© Javier Mazorra

A pesar de encontrarse a una hora escasa de Viena, la capital de Eslovaquia es uno de los lugares más desconocidos de centroeuropa. Eclipsada por vecinas excesivamente grandiosas se mantiene por el momento, alejada de los grandes itinerarios turísticos . Salvo los escasos pasajeros que viajan por el Danubio y deciden aventurarse unas horas por sus calles, Bratislava recibe muy pocos visitantes, lo que la transforma en un lugar extraño, paradójico la mayoría de las veces, siempre sugestivo que parece seguir su propio ritmo, ajeno a cualquier influencia del resto del continente.

Quizás más que en cualquier otra ciudad europea, a Bratislava hay que llegar conociendo su historia, marcada por un intrincado y vertiginoso laberinto de desastres políticos, sociales y económicos que han dejado profundas cicatrices en todos los aspectos de su tejido urbano. Su historia comienza precisamente con una derrota. Según los anales de Fulda, un príncipe moravo perdió una batalla decisiva en el año 906 contra los hungaros ,en un lugar llamado Bratslaburgum. La primera de una larguísima cadena de infortunios que influirían , a veces para bien, otras para mal, en su atormentado desarrollo.

Un paseo por la Stare Mesto o ciudad vieja nos enfrenta a esa confusa amalgama de culturas, estilos y costumbres que durante siglos han ido creando la particular idiosincrasia de esta ciudad que no puede negar su inherente mestizaje. A través de las sucesivas plazas que conforman el casco antiguo, van surgiendo espléndidos edificios , unos góticos , otros renacentistas aunque mayoritariamente barrocos, herencia de la larga época en que fue capital accidental de los húngaros, a causa , como no ,de otra derrota, la de estos ante los turcos en 1526. Durante trescientos años la ciudad sería conocida como Pozsony primero y luego como Pressburgo, al pasar la corona magiar a manos de los germanófonos Habsburgo. Después de muchos años de abandono se han pintado las fachadas en colores chillones, que van del amarillo al azul pasando por rosas y verdes.

Aunque el antiguo monasterio de los trinitarios ha sido convertido en el Parlamento y el Convento de las Clarisas es ahora la Biblioteca universitaria, el fervor católico se nota en cada paso. Las iglesias están abarrotadas y la proporción de religiosos por la calle puede resultar abrumadora. Por otro lado las cervecerías están igualmente llenas de jóvenes muy concienciados con movimientos ecologistas. Michalska y Venturska son la columna vertebral de la ciudad vieja que desembocan en la catedral de San Martín, un extraño conglomerado de estilos que ha sido testigo de las coronaciones de los soberanos hungaros hasta 1830. Está rodeado de múltiples conventos, seminarios y otros edificios religiosos como el majestuoso palacio Episcopal , famoso por haber presenciado la firma de la Paz de Pressburgo entre Napoleón y Francisco II tras la derrota de Austerlitz. Para llegar al castillo o Hrad hay que pasar por una autopista que parte en dos la ciudad antigua, herencia del periodo comunista. De un plumazo, a principios de los setenta, se arrasó una parte importante de esta parte de la ciudad ,incluyendo el barrio judío. Para encontrar restos de esa comunidad, muy numerosa hasta los años treinta, hay que visitar sus cementerios medio escondidos en el extrarradio que incluye las tumbas subterráneas de 20 famosos rabinos o acudir al museo de la calle Zidovska.

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