Fundador - Viajero ocasional
Montaño se despertó ese día malhumorado y con supuraciones severas en los pies a causa de las largas caminatas que emprendía a través de sus sueños andariegos.
El tiempo en la realidad le estaba ganando la partida y a él, como a los otros que ya no estaban, se le comenzaba a notar que estaba enfermo de desaliento. Su pesimismo y desilusión eran inocultables ahora. Quienes le conocían de cerca no podían evitar su preocupación.
Montaño sintió un leve mejoramiento de su animo, cuando escucho de la cocina, a su madre rallar la zanahoria para la sopa. Supo que ella también lo había escuchado respingar el amanecer porque ahora se colaba hasta su cama el olor del café negro con el que su madre lo recibía cada mañana desde hacia dos meses, cuando decidió regresar a su casa familiar, deseando así, ahorrar algo de dinero que pudiera usar después para su viaje.
Se levanto difícilmente de donde dormía por culpa de las supuraciones y casi le costo el día entero, hacerse a la idea de caminar lento.
Cuando se sentó en la mesa del comedor, el café que humeaba con agrado junto con dos panes franceses se convirtieron en su desayuno. Mamá Lia lo saludo desde la cocina continuando pausadamente en la tarea de la hortaliza.