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Fundador - Viajero habitual
De nuevo en el subcontinente asiático. El viaje del año anterior nos había dejado una impronta dificil de borrar. y tras un año de ausencía, aún requemaba en nuestra piel y en nuestra memoria, logrando humedecer nuestros ojos de vagos y placenteros recuerdos.
Retrocedimos en el tiempo, a aquella juventud cuando el verano significaba el retorno al pueblo, el retorno a la libertad, a lo desconocido, a la aventura. Un hormigeo resurgía en nuestros estómagos mientras bajábamos las escaleras del avión. Aquel mismo hormigueo previo a ver de nuevo, tras un año de ausencia, nuestro amor de verano. La emoción nos embargaba, sabíamos que tras aquellas puertas de cristal un deslumbrante mundo de contrastes nos aguardaba. Frente a nosotros una vez más un viaje, una aventura.
La llegada
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Tailandia nos recibía con un "caluroso abrazo". Y sin embargo esta vez, como nietos ya acostumbrados a los besos babosos de sus abuelos, no nos parecieron tan insoportables. Tras el consabido control de pasaporte nos acercamos a las dobles puertas de la salida de la terminal. Se abrieron y fue como entrar en otro mundo. Durante unos segundos no logramos ver nada pues el resplandor del sol nos había cegado. Poco a poco nuestros ojos se acostumbraron, y vimos lo que frente a nosotros se nos mostraba.
Decenas y decenas de personas se agolpaban tras unas barandillas que a modo de pasillo te dirigían hacia el exterior. Como si de Cannes se tratara desfilamos por aquella alfombra a modo de Sharon Stone con un vestido de Gaultier, mientras los allí reunidos agitaban de manera compulsiva carteles dónde podían leerse desde simples nombres hasta frases de bienvenida.