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Ambivalente Yangon

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

Tras quince minutos estábamos en el hall del aeropuerto. Una sencilla nave industrial donde la facturación se hacía a mano y el control de pasaportes lo realizaba la propia tripulación. No había megafonía. Solo existía una puerta de embarque por lo que el anuncio del vuelo se realizaba a pleno grito en la sala. Apoyado por un cartel, que como en un “ring” de boxeo, exhibía por toda la sala. Animosamente cruzabas la puerta, la carretera interna del aeropuerto, cuantas pistas secundarias fuera necesarias hasta llegar a la principal donde le avión te esperaba con los rotores girando.
El aerotaxi pasó antes por Mandalay y Heho. Finalmente el turbohélice aterrizó en Yangon.


YANGON

Tras renegociar la tarifa oficial de 6$ y sustituirla por 4$ y 1000kyats el taxi nos condujo hasta el Golden Smile Inn bajo un fuerte aguacero.
La escalera de acceso estaba sucia y necesitaba urgentemente una buena mano de pintura. A nuestra petición nos mostraron la habitación más barata. Un habitáculo interior sin ventanas con aire acondicionado que olía a humedad. Su precio 10$ pero al ser temporada baja lo dejaban en 8$. El hecho de no tener ventana era más una ventaja que un inconveniente pues nos libraba del ruidoso tráfico de Yangon.

Al mediodía ya estábamos paseando por las calles de Yangon con dinero recién cambiado en el hotel a razón de 1245Kyats por dólar. Yangon es una cuidad muy poco acogedora. Caótica y desordenada supone un reto constante para el transeúnte. Sus aceras semiembaldosadas son un banco de prueba para el más atrevido de los peatones. Baldosas levantadas, socavones, pozos, farolas, puestos callejeros, zanjas, alcantarillas, cubos y vallas se aliaban para impedir el tránsito de las personas. Los charcos parecían mares, las aceras murallas y los coches no respetaban señal alguna.

Recorrimos, o mejor dicho nos perdimos por la “downtown” de la ciudad en las cercanías de la Sule Paya. Manteniendo aún la costumbre de agrupar los establecimientos por gremios las calles se dividían en función del artículo que vendiesen. La calle de las radios, la de los tornillos, la de la fruta, la de las herramientas, la de imprenta, la de plásticos…..Nos dirigíamos poco a poco al “Scott Market” con la intención de realizar compras. Un auténtico fracaso. Los precios de los objetos eran disparatados. Piezas que en Pyin Oo Lwin pedían 6$ aquí costaban 40$. Mientras que en Bagan no sólo era posible el regateo sino también el trueque en Yangon los precios eran casi cerrados y el regateo apenas llegaba al 10% del precio inicial. La temporada baja no afectaba a la capital. Sus comerciantes preferían esperar a la temporada alta, cuando es más fácil colocar la mercancía a los miles de turistas y vivir ahora de las reservas o de los pocos turistas de fin de semana que llegaban de Bangkok.


Al otro lado de la calle del “Scott Market” existe otro mercado cubierto para los lugareños que era mucho más interesante. Los propios puestos hacen las veces de tienda y almacén por lo que los artículos se amontonan tras el mostrador o debajo de él. El mercado estaba lleno de pequeños puestos de madera de una altura superior a los tres metros. Como enormes joyeros sus puertas se abrían en forma de acordeón dejando ver tanto la mercancía que se apiñaba en sus entrañas como la que se guardaba en las baldas interiores de las propias puertas. El mostrador también se desplegada desde el interior y hacía las veces de escalera para poder subir al puesto. Las mercancías se apilaban en enormes columnas multicolores de pantalones, mantas, camisas, telas.....perfectamente empaquetadas. La distribución de los puestos era también por gremios. La zona de los “longis” era espectacular por su colorido y variedad de estampados, la de las especias por su olor, la de medicina tradicional por sus rarezas, las cosedoras por su actividad frenética y así un sin fin de alucinantes mercancías, actividades y gremios.


De nuevo en la calle la lluvia se encargaba de recordarnos en que ciudad estábamos. Comimos unos tentempiés fritos a pie de calle, unos nos timaron en el precio otros no. La tarde transcurrió entre momentos de odio, como cuando terminamos empapados por una monumental e inesperada tromba de agua, y de amor como cuando vimos que el aceite de engrasar las máquinas de coser también se usada como improvisada gomina para el pelo.
Después de comer excelentemente bien en el Golden Duck nos dirigimos al pub-peluquería Silver Oak cerca del Strand hotel. Un modesto bar donde además de cortarte el pelo tienes la opción de cenar y tomar una copa mientras oyes música en directo.
Llevábamos 23 días en el país y aún no habíamos visto ni oído una discusión o pelea, ni tan siquiera de tráfico, pero en Yangon aquel día vimos varias reyertas. Nos llamó poderosísimamente la atención en una sociedad aparentemente tan tranquila y pacífica. Parecía que la ciudad de Yangon no solo nos estresaba a nosotros.


¿Lluvia?

Cuando pedimos consejo sobre la previsión del tiempo para aquel día a nuestro majete casero, nos comentó: “Es época de monzón; a veces llueve otras sol y la mayoría llueve y hace sol a la vez”.

Afortunadamente aunque el día estaba nublado nos daba la sensación de que el tiempo nos iba a dar un respiro. Desayunamos tortilla, te, plátanos y tostadas como casi todos los días y salimos a la calle. Cogeríamos el autobús para ir a la Shwedagon Paya. Nos habían indicado el lugar y el número de autobús. Aun así previendo que pudiera ser complicado preguntamos a un joven birmano que estaba esperando. Casualmente él también se dirigía a la Shwedagon así que nos acompañaría. Nos hizo una señal cuando llegó el autobús 204. Subimos con él y abonamos los 50kyats del billete. El trayecto era breve pero nos dio tiempo para interesarnos por la vida del chaval. Tenía 33 años y quería montar su propio negocio. Había estado en Londres una temporada aprendiendo inglés. Sabía que las oportunidades en Birmania eran muy escasas. Su sueño era emigrar a Shanghai o Bangkok. Ya en la calle nos condujo a la puerta norte pues era la menos vigilada. Nos deseó suerte para evitar pagar los 5$ de la entrada.

 


Shedagon Paya

Subimos las enormes escaleras de acceso cubiertas por un techo de madera prodigiosamente labrado. El acceso a la Shwedagon es inolvidable. La oscuridad de las escaleras no hace más que remarcar la luminosidad dorada que emite la estupa central. La enorme plataforma embaldosada sobre la que se asienta todo el complejo refleja intensamente la luz del sol. Todo es blanco y oro. El exceso de luz es tal que es necesario ponerse las gafas de sol para poder visitarlo con comodidad. Nos adentrábamos en el lugar más sagrado de Birmania. Pensábamos que nos habíamos librado de pagar las tasas cuando a nuestras espaldas oímos la voz de una mujer que no llamaba. Proseguimos nuestra marcha sin girarnos y haciendo como que no oíamos, pero nada pudimos hacer cuando ser acercó corriendo y nos rodeó hasta cortarnos el paso. Nos apartamos las gafas de sol y por encima de ellas, con cara sorprendida nos disculpamos por no haberla oído. Nos acompañó hasta la taquilla y nos indicó que la entrada eran 5$ cada uno. Le dimos uno de 50 con malsana intención. Era primera hora de la mañana, apenas ningún turista se había acercado y carecían de cambios. Nos señaló que fuéramos al exterior a cambiar.

Nosotros nos negamos en redondo, si no tenían cambios no era nuestro problema. Todo ello con la ingenua intención de que terminaran por hacer la vista gorda y nos dejaran pasar sin entrada. Pero aquel día no tocaba. Nos dijo que dejáramos el calzado en la taquilla y que regresáramos en una hora. Para entonces ya esperaba tener cambios. Nos plantaron la pegatina de acceso en la camiseta y proseguimos nuestra visita al recinto. Mientras paseábamos por el “lugar donde se cumplen los deseos” se nos acercó un venerable anciano libro en mano que insistía en saber nuestra fecha de nacimiento. Su intención no era otra que la de averiguar, tras consultar el libro, cual era el día de la semana en el que habíamos nacido para realizar la ofrenda pertinente que nos garantizara buena suerte y salud. Gortxu era Martes-León y yo Viernes-conejo de indias. Nos enseñó a realizar la ofrenda lavando al buda siete veces, nos mostró los lugares más representativos del templo y.... nos enseñó un carné de guía autorizado.

Acabábamos de finalizar la visita guiada no pedida. Nos pidió 5$. ¡5$! Por veinte minutos. No solo nos sentíamos engañados por haber recibido un servicio que ni nos interesaba ni habíamos pedido, sino también estafados por la cantidad de dinero que reclamaba. Le dimos 3$ y desapareció. Ya habíamos pagado la novatada así que más libres nos dispusimos a realizar la visita por nuestra cuenta.

La Shwedagon es espectacular por su tamaño y forma. Pero la profusión de edificios es un poco desordenada y caótica. Los elementos tomados individualmente son bellos, pero están tan apilados en la explanada que se pierden entre ellos y se restan espectacularidad. Aún así la espiritualidad que se respira es evidente. A pesar de que el día estaba parcialmente nublado la estupa relucía como un faro en mitad de la noche. Su gruesa capa de oro emanaba gran cantidad de luz que se veía reforzada con la proveniente del suelo. Allá donde miraras había birmanos practicando ésta, su religión, tan activa y participativa. Cualquier lugar, cualquier imagen por pequeña que sea es buena para rezar o meditar. Nos avergonzaba lo fácil que era para nosotros estar en su templo más sagrado y el esfuerzo que suponía para un birmano llegar hasta allí aunque tan sólo fuera una vez en su vida.

Las cuatro escaleras de acceso son también el lugar donde se asientas las tiendas que venden los más variados artículos relacionados con los ritos budistas. Figuras, loto, incienso, campanas, papel, pan de oro....Podríamos haber pasado horas disfrutando de la maravillosa techumbre de madera de teca labrada de las escaleras, de los reflejos multicolores de la “hti” cargada con más de 2000 kilates en piedras preciosas, del reflejo dorado de la estupa, de la sonoridad de la campana del rey Tharawaddy Min, de los dibujos de la sala de oración, de las formas del extraño Banyan sagrado, de la ferocidad del “nat” guardián, de la carga espiritual del lugar de los deseos, del templo indio en pleno territorio budista theravada......pero la lluvia nos obligó a marcharnos antes de lo que deseábamos.


Lluvia y mas lluvia

Esperábamos que la lluvia cesase y nos permitiera visitar los alrededores del lago Kandawgyi pero no fue posible. Tras más de una hora esperando a que el diluvio se apaciguase un poco optamos por volver al hotel.

Yangon no nos había sorprendido tanto como el resto del país. El trato con ella se nos había hecho difícil desde le primer día. Había sido una dura compañera de viaje. Quizás sin la lluvia. Pero no habría segunda oportunidad. La ciudad estaba en evolución y lamentablemente la influencia china iba a ser determinante en su evolución. Las nuevas zonas en pleno desarrollo se asemejaban más a lejanas ciudades chinas que a la cercana Bangkok. Hubiéramos deseado que el espejo en el que se mirase fuera Singapur. Pero las moles insulsas de edificios que se levantaban sin orden, sin armonía, de forma caótica dejaban a las claras en quien se estaban fijando. El dragón se imponía sobre el tigre. Birmania era ya un país sometido bajo la larga sombra del dragón.


Eran las cinco de la mañana cuando nos levantábamos bajo la luz de nuestros frontales. Un nuevo corte de luz asolaba parte de la ciudad. Nos habían indicado que no era necesario reservar un taxi ya que era fácil coger uno. Pero lo cierto es que una vez en la calle apenas había tráfico. Era una de las calles principales de Yangon y estaba vacía a esas horas. Nos llevó más de quince minutos esperar a que un taxi pasara por allí. Se trataba de un destartalado Toyota Corolla que por 5000kyats nos llevaría al aeropuerto.....si podía. El coche avanzaba a trompicones por las calles de Yangon. Daba la impresión de que en cualquier momento se parase. Y así lo hizo. Circulábamos por la carretera cuando súbitamente el motor dejó de funcionar y el coche avanzó una decena de metros hasta que la inercia se agotó. El conductor intentaba arrancarlo pero este hacía oídos sordos. Giraba la llave para hacer contacto y pisaba el acelerador con tanta insistencia que terminó por ahogándolo.

Mientras sonreía a través del espejo retrovisor insistía en girar la llave para hacer contacto hasta que terminó por gastar la batería. “No problem” dijo. No nos fiábamos de él así que desde el coche intentábamos ver un plan de emergencia en forma de taxi en buen estado pero la carretera al aeropuerto estaba semidesierta. Hubo a bien que un policía pasase por allí. Percatándose del problema reguló el poco tráfico que había para que el taxista pudiese dejar caer el coche y arrancarlo con la marcha metida. Cruzamos dedos, piernas, brazos y hasta los ojos para que el coche no se volviese a parar y pudiésemos llegar al aeropuerto a tiempo. Ya en el aeropuerto nos vimos como se pasó la salida para la terminal internacional y nos condujo a la doméstica. Nosotros desde el asiento intentábamos explicarle que nos llevaba mal pero él sonreía y decía “no problem. It´s ok”. Una vez dentro la policía de fronteras le explicó que debía llevarnos a la terminal anterior, que era la internacional, y no ésta que sólo era de vuelos domésticos. Finalmente llegamos.

Tras pagar las tasas de salida, 10$, pasamos el control de aduanas sin fronteras y nos dispusimos a esperar en la minúscula sala de embarque. Aquel día el aeropuerto internacional de Yangon tenía proyectados trece vuelos de los cuales uno estaba cancelado y otro retrasado.


Aún nos quedaba un largo periplo hasta la isla de Koh Chang en Tailandia. Pero eso es otra historia.

Galería fotográfica

[Batiendo un record] Batiendo un record
[Yangon] Yangon
[Mercado] Mercado
[¿Qué te duele?] ¿Qué te duele?
[Ángulos dorados] Ángulos dorados
[Sagrado] Sagrado
[Buda] Buda
[Shedagon] Shedagon
[Público] Público
[Peregrinaje] Peregrinaje
[Monje] Monje
[Mingalaba!] Mingalaba!
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