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Fundador - Viajero habitual
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Eran las seis de la mañana cuando agotados llegamos a Bagan. Los días se acumulaban a nuestras espaldas y necesitábamos un descanso.
Noches de mal dormir, de calor de colchones duros como piedras debían dejar paso, aunque solo fuera por unos días, a algo de comodidad. Conocedores de que la temperatura en Bagan puede llegar a los 40ºC durante el día era primordial que el hotel dispusiese de piscina. Los taxis aparcados frente a la estación pretendían cobrarnos 3$ por cubrir los escasos 4 kilómetros que separaban la estación de Bagan. Les rechazamos y nos dirigimos a un pequeño mazda azul que acababa de llegar. Nos cobraba 1000kyats por el mismo trayecto. Le indicamos el hotel y cambiamos dinero por el camino a un cambio de 1200Kyats por dólar.
El Golden Express Hotel es un establecimiento nuevo situado a las afueras de Nyaung U que tiene habitaciones desde los 20 hasta los 35$ la noche. Por ser temporada baja las dejaban en 18, 20 y 30$. Los bungalows se repartían por un cuidado jardín donde además se servía el desayuno. Y lo más importante: una piscina.
Tuvieron el detalle de invitarnos al desayuno buffet.
Ya antes de desayunar no me encontraba bien pero tras el desayuno la diarrea y las nauseas se reagudizaron. Decidí tumbarme en la habitación. Mientras Gortxu salió para comprarme unas “Coca-Colas” que me asentaran el estómago. Gortxu comió en el restaurante del hotel. Pidió zumo de mango pero no tenían. Eso sí a la noche ya habían ido al mercado y le hicieron el zumo. Yo me abstuve de comer. La tarde pasó con más pena que gloria pues me encontraba débil y la mayor parte del tiempo en el baño. Tomamos unos refrescantes baños en la piscina. Aún hoy recuerdo el momento en que mis maltrechos pies se pusieron en contacto con el agua. De puro gusto los pelos se me erizaron. En los alrededores del hotel había pequeñas pagodas que nos permitieron disfrutar de un tranquilo anochecer.....y no muy lejos de un baño.
Tal y como habíamos quedado con el taxista el día anterior, él y su hermano se encontraban puntuales a las puertas del hotel. Eran las ocho de la mañana y el sol avisaba que iba a dar duro ese día. Por 20.000Kyats teníamos alquilado el pequeño mazda durante todo el día para visitar el área arqueológica de Bagan. Como el conductor no sabía nada de inglés su hermano nos servía de modesto intérprete. Éste odiaba conducir por lo que había optado por tener un coche de caballos al servicio de los turistas. No tenía trabajo por ser temporada baja así que nos acompañaba gustoso junto a su hermano.
Llanura de Bagan
La llanura de Bagan es realmente espectacular. Su extensión va más allá de lo que la vista alcanza y alberga varios millares de estupas, templos y ruinas en distintos estados de conservación. Desde el suelo tan solo es posible ver las estructuras más altas pues la vegetación tapa las más modestas. Pero desde las terrazas de los templos la visión es maravillosa. Entre los frondosos y verdes árboles que cubren parte de la explanada se vislumbran miles de pináculos y cúpulas como islotes en un mar verde. Gracias al vehículo el desplazamiento entre las pagodas era rápido y cómodo. Ya ni nos calzábamos, pues nos resultaba más cómodo andar descalzos de templo en templo.
La primera visión de Bagan satura los sentidos hasta el extremo de la anomia. Todo lo que vemos nos parece igual. Es necesario un tiempo de adaptación, un reenfoque mental, para poder apreciar en todo su detalle la variedad de distintas construcciones que pueblan Bagan. Los templos se pueden diferenciar en épocas y dentro de cada una no hay dos construcciones iguales. Los pequeños detalles las diferencian y las hacen únicas y particulares. Los templos de la primera época son bajos y sus muros gruesos apenas tienen ventanas que iluminen su interior. El camino es iluminado fugazmente por finos hilos de luz que atraviesan las diminutas ventanas. El aspecto descuidado, la escasa rehabilitación y la ausencia de turismo te hacen sentir como auténticos exploradores de principio de siglo. Entre penumbras las inmutables figuras de buda nos miraban impasibles. Las pagodas más grandes guardaban en sus pasillos interiores majestuosas figuras de buda orientadas a los cuatro puntos cardinales.
Las más pequeñas suplían el tamaño con la repetición incesante de pequeñas figuras de buda colocadas en nichos sobre los muros de piedra. La gran mayoría de los templos habían perdido las pinturas que decoraban los muros. Las pocas que persistían ayudaban a imaginar el lugar en todo su esplendor. Las pinturas hablaban sobre la vida de Buda, sobre la fundación de la ciudad o sobre guerras y celebraciones.
A pleno sol las terrazas de los templos se volvían impracticables pues su suelo de ladrillo ardía como tizones al rojo vivo, además con fines conservacionistas muchas de ellas permanecían cerradas.
El intenso sol obligaba a una pausa al mediodía que aprovechamos para refrescarnos en la piscina del hotel.
Anochecer desde las payas
Ya a la tarde el plan era ver el anochecer desde una de las pagodas más altas y mejor orientadas del recinto; la Shwesandaw Paya.
Mientras esperábamos a que el sol bajase dándole tiempo al enfriarse al suelo de las terrazas exploramos por los alrededores pequeñas pagodas de difícil acceso por la frondosa vegetación.
Un vendedor de pinturas de arena intento colocarnos un par de ellas. Pero no tuvo mucho éxito. Sin embargo, y viendo que no había más negocio por los alrededores ya que éramos los únicos turistas, se decidió a acompañarnos hasta una pequeña pero interesante pagoda que guardaba una exquisitas pinturas.
Fue necesario encontrar al “maestro de llaves” y pagarle una módica cantidad de dinero para que nos abriera el acceso al interior. Dinero para el té lo llamaban. En su interior estaba prohibido sacar fotos ni filmar aunque el maestro de llaves se ofrecía sin pudor ha hacer la vista gorda por otra pequeña ayuda para el té. Lo cierto es que ni las fotos ni el video harían justicia a las pinturas por la escasa luz. Tuvo que conformarse con sólo un te.
El sol aún estaba alto pero el ladrillo se había enfriado lo suficiente como para poder andar descalzo sobre él. Desde las terrazas la visión de Bagan era espectacular. Originariamente junto a las pagodas se levantaban numerosos templos y monumentos de madera que el tiempo no respetó. Hoy los huecos vacíos entre las pagodas eran el único vestigio que quedaba de aquella espléndida ciudad que murió de éxito. El estado se sustentaba por los impuestos que pagaban las tierras cultivables. Con el fervor constructivo de las pagodas, lo que se ha conocido como “panayama”, el terreno cultivable era cada vez menor, hasta tal punto que todo su suelo terminó siendo sagrado y por tanto no se podía grabar con impuestos. El colapso económico trajo la hambruna, la desestabilización política y el fin del reino de Bagan.
Podías tirarte las horas muertas sentado en la terraza de un templo contemplando el paisaje. Allá donde saltara tu vista encontrabas una construcción. La mayoría habían perdido su ornamentación y sus altorrelieves dejando a la vista su ladrillo rojo. Pero esa imperfección, ese estado de semiabandono, donde las plantas y arbustos crecían con desorden entre los muros y cúpulas caídas lo que le otorgaba una extrema belleza.
Conforme el sol descendía los templos parecían transformarse en cerillas. Su ladrillo tomaba un intenso color rojo que fulgía a contraluz. Los reflejos se tornaron naranjas primero y violetas después según el sol desaparecía tras las montañas. Las sombras de los templos se alargaban a través de los campos verdes hasta abrazarse unas a otras y confundirse entre ellas. El juego de luces y sombras producían un curioso efecto óptico que daba la impresión de que los templos giraban guiándose por el sol que descendía en el horizonte. Uniéndose a este juego los cirrocúmulos se elevaban sobre los templos, y como camaleones del cielo su color variaba del blanco a intensos rojizos, naranjas y azules plomizos.
Fue nuestro primer, y aunque entonces no lo sabíamos, último anochecer intensamente despejado que vivimos en Bagan.
El sol definitivamente se ocultó tras las montañas y un sutil velo de oscuridad fue cayendo sobre los templos desplazándose a lo largo de toda la llanura.
No habíamos estado solos, el anochecer lo habíamos compartido con unas cincuenta personas más que se repartían entre las dos terrazas de la pagoda.
Descubriendo Bagan pedalenado
Al día siguiente las nubes predominaban sobre los claros. Alquilamos un par de bicis en el hotel a un coste mucho mayor de lo normal, 2000Kyats, pero ese era el precio a pagar por estar alejados del tumulto de la ciudad. Empleamos la mañana a investigar por nuestra cuenta. Mapa en mano recorrimos las payas más pequeñas, pues las más grandes ya las habíamos recorrido el día anterior. No tenían la espectacularidad de las grandes pero su soledad y sencillez las volvían igualmente interesantes.
Libres de los insistentes vendedores y alejados de la carretera principal, tan solo oíamos a los pájaros y al viento correr entre los pasillos de las payas. Estábamos solos en uno de los lugares más mágicos del mundo. No solo recorríamos la planta sino también las catacumbas y sótanos que algunas de ellas tenían. Pero no éramos los únicos. Una enorme lechuza nos asustó al ser sorprendida en el interior de uno de los huecos.Nos crúzabamos a veces por los caminos de tierra a lugareños que iban o venían de los campos, algunos para recoger cacahuetes, otro papayas pero todos haciendo lo que generación tras generación han venido haciendo en estos campos sembrados no solo de payas y templos.
Como todos los días las horas centrales del día eran demasiado calurosas como para estar al sol. Aprovechábamos entonces para refrescarnos en la piscina y leer bajo la sombra de los árboles. Antes del anochecer recorrimos algunas tiendas de artesanía pero no vimos nada que nos llamara la atención.
Se acercaba el momento de presenciar el ocaso. Acompañados tan solo por la brisa que se levantaba al cambio de temperatura elegimos una modesta pagoda en la solitaria llanura de Bagan. Pudimos comprobar que cualquier lugar en Bagan es bueno para presenciar un anochecer. Tuvimos que pelearnos con arbustos espinosos, caminos arenosos y con semillas emperradas en viajar con nosotros agarradas a nuestras zapatillas pero finalmente logramos llegar a una pagoda absolutamente aislada y solitaria.
Entre las pagodas los rebaños que eran reconducidos al redil levantaban densas nubes de polvo que adquirían tonos anaranjados y se disipaban rápidamente arrastrados por el viento del ocaso. En el horizonte, más lejos, los rastrojos eran quemados. Como cada tarde nos indicaban sus humeantes columnas cuál era el límite de los campos. Monjes de azafrán, madres con sus bebes a la espalda, hermanos agarrados de la mano, adolescentes cargados y viejos, cuyos cuerpos hablaban de la dureza de sus vidas, retornaban entre los caminos a sus hogares. La tarde se terminó nublando completamente por lo que no hubo “sunset”. Aún así el hecho de estar tumbados sobre la caliente terraza en la mas absoluta soledad y silencio volvía inolvidable cualquier anochecer en Bagan. No hubo fotos no hubo vídeo tan solo silencio y paz.
Tan a gusto estábamos en la paya que no nos dimos cuenta que la noche caía sobre nosotros y aún nos quedaba un largo trecho para llegar a la carretera principal. Tuvimos que esforzarnos por atravesar el campo sin caer. Una vez en la carretera pesa a la oscuridad legamos sin problemas al hotel.
Pasando el día
Nos avisaron a primera hora que nuestro cochero se encontraba a las puertas del hotel. Habíamos quedado con él para indicarle el día y la hora que nos tenía que recoger para llevarnos al aeropuerto. Acabábamos de reservar el vuelo con AirBagan por 65$ cada uno hasta Yangon. Le indicamos que nos pasara a recoger el sábado 30 a las seis de la mañana. Tímidamente nos preguntó cual era nuestro plan para aquel día pues no tenía dinero y estaba dispuesto a llevarnos de excursión por el dinero que le diésemos.
No era la primera vez que recurrían a contarnos su mala situación económica bien para pedir bien para vender. Lo cierto es que en la cara de aquel hombre se veía sinceridad. Su situación ya sabíamos que no era fácil. Propietario de tres caballos tuvo que vender uno para poder sufragar los gastos de hospitalización de su mujer en Mandalay donde murió por un cáncer de garganta. El otro se lo cedió a su hermano para que pudiera trabajar. Así que con su carruaje debía dar de comer a sus tres hijos.
Acordamos la excursión por 8000Kyats que era el precio normal. Marchamos con él. El viaje en carruaje aunque exótico era cansino. El monte al que nos dirigíamos distaba a una hora y media del hotel. Afortunadamente para todos, caballo incluido, el día estaba nublado y corría viento. Esta situación permitió hacer al caballo tan largo recorrido sin mucho esfuerzo y a nosotros ascender a la montaña andando sin agotarnos. Una vez arriba aunque el templo no era bonito las vistas lo compensaba. El día no era claro y sin embargo se obtenía una esplendida vista de Bagan. Una vez camino de regreso nuestro cochero hizo un alto para visitar a su hermano mientras nosotros tomábamos un refrigerio en un puesto a pie de la carretera.
Nos llevó a Kyanzittha Umin un templo-cueva excavado en el barranco que se utilizaron durante la segunda guerra mundial para defenderse del ataque de los japoneses y cullos pasillos están llenos de pinturas.
A las cuatro de la tarde nos dejaba en las puertas del hotel. Le pagamos lo acordado. No lo contó.
Tras el acostumbrado baño nos cambiamos de ropa y dimos un paseo hasta el pueblo. La actividad se concentraba principalmente en las calles que rodeaban a la carretera principal. Partidas de damas, competiciones de voleibol, niños jugando a fútbol o su versión más malabarística y deporte nacional que consistía en jugar al voleibol pero sustituyendo el balón por una bola de bambú trenzada y usando cualquier parte del cuerpo menos las manos para llevar la pelota al otro lado de la red.
Despedida
El día amenazaba lluvia. De nuevo en bici seguimos explorando pagodas pos la basta llanura de Bagan. Elegimos la orilla del río Ayeyarwadi donde se asentaban pequeñas pagodas con terrazas que permitían una buena visión del río y los barcos que lo surcaban. Era el tercer día que paseábamos entre las ruinas y no nos cansábamos de admiras sus payas. Nos sentábamos y la observábamos detenidamente cada una de ellas percatándonos de detalles que escapaban a una visión rápida y superficial.
Deslizábamos las manos sobre la roca desnuda de los pasillos mientras recorríamos su interior. Nos sentábamos frente a la imagen de buda y cara a cara nos sorprendía la tranquilidad y armonía que desprendía sus facciones. Protegidos por la sombra que daban escudriñábamos el horizonte en busca de los agricultores que al igual que sus padres y abuelos recolectaban cacahuetes. El ganado desplazándose por los campos levantaba nubes de polvo que se mezclaban con el humo proveniente de la quema de rastrojos. Las túnicas azafrán contrastaban con la tierra seca previa al monzón. El ritmo de la sociedad birmana latía en cada rincón.
Así entre paseos y descansos se acercó el anochecer tímidamente entre las nubes. Tan sutilmente que cuando nos dimos cuenta apenas nos dio tiempo a despedirnos de Bagan.
El sol se retiraba pero Bagan permanecían allí, impertérrita y arrogante sobre la llanura, sabedor de la fugacidad de los ojos que la miraban.