VIAMEDIUS. Relatos de viajeros como tu

Mandalay, entre monasterios y tráfico

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

Por 11.000Kyats cada uno habíamos conseguido una plaza de taxi compartido hacia Mandalay.


A las 07:30 el taxista pasó a recogernos. Un lugareño que no hablaba inglés se apeó del taxi con una sonrisa tan amplia como roja. Tras un corto recorrido por el pueblo llenamos el taxi y juntos nos dispusimos a cubrir los kilómetros que nos separaban de Mandalay. Aunque el vehículo era un Toyota Celica antiquísimo respondía fielmente a los volantazos del conductor. Nos intranquilizó que el conductor aprovechara cada parada que debía hacer para revisar una y otra vez la rueda trasera izquierda y que comprobara la estabilidad de los amortiguadores sentándose repetidamente sobre el capó. Finalmente antes de salir de la ciudad paró en un punto de venta de gasolina, ríete tú de las norma de seguridad sobre el manejo de hidrocarburos, e infló la rueda a ojo pues carecían de manómetro.


Camino Mandalay

El viaje no se presentaba tan traumático como el de subida. El coche iba lanzado por la carretera aunque tampoco podíamos precisar la velocidad pues el velocímetro del coche no funcionaba. La carretera Mandalay-Hsipaw es una de las mejor conservadas del país y grandes tramos de la calzada están separados por amplias medianas arboladas. No cabe duda que es un país extraño. Como lo demuestra el hecho de que circulen por la derecha pero tengan el volante también a la derecha. Todo esto no hace más que dificultar los adelantamientos que se tienen que hacer un poco a ojo.

Durante el alocado descenso la carretera sufría un “efecto matrix” pues súbitamente la carretera ensanchaba y los coches menguaban. Por donde jurarías que no pasaría ni una motocicleta pasaba un coche y si me apuras holgadamente. Una vez más debíamos atravesar el desfiladero de Gokteik por una tortuosa carretera atestada de camiones de gran tonelaje, tractores, furgonetas, carros y camiones del ejército. Verlo para creerlo. Pendientes del 30%, curvas de más de 180º, precipicios sin fin, quitamiedos que daban miedo pues estaban colocados sin control ni mucho acierto ¡Hasta había uno en la parte interior de una curva!.

Todo ello conduciendo a la forma china: en punto muerto. Parte del viaje tuvimos que hacerlo con los ojos cerrados para no ver nuestro esqueleto estampado el la cuneta. Ya nos veíamos como la versión birmana del espíritu de la curva. Apareciendo en cada coche repleto de “güiris” diciendo en cuatro idiomas: “Cuidado que en esta curva nos matamos nosotros”,”Becarefull, here…”. Los camiones que también practicaban su descenso en caída libre por el puerto, se paraban cuando sus agotados motores debían hacer frente a las rampas de subida quedando todos atascados como en procesión por la M30. Pero esto no era problema para nuestro intrépido conductor pues por un huequito de por aquí, sacando media rueda por el precipicio, subiéndome a la cuneta…lograba diblar a todos los camiones que resoplaban subiendo el puerto.


Toma de contacto

Tras una parada técnica para comer a las afueras de Pyin Oo Lwin, a la una del mediodía nos encontrábamos frente a las puertas del hotel AD1 en Mandalay. Le preguntamos por el precio: 10$. Le dijimos que le pagábamos lo que marcaba la guía 6$. Entre balbuceos y gestos argumentaba que la vida había subido mucho, que si el petróleo, la inflación, el deshielo de los polos…..Le advertimos que el Royal era más barato. Pero él no accedió a bajar el precio. Salíamos por la puerta cuando gritaba que 8$. Ya no íbamos a dar media vuelta.

El Royal cobraba 6$ con desayuno. Aunque nuestra primera intención era recorrer andando el escaso kilómetro que separaba ambos hoteles, tras andar escasos 200m bajo el implacable sol de Mandalay optamos por un “trishaw”. El sonriente muchacho nos llevaría al hotel por 1000Kyats. Colocó la mochila de Gortxu en la parrilla trasera sujetada mediante un pulpo. Yo me senté con la mochila en el asiento trasero y Gortxu en el delantero. Al principio siendo la carretera llana no había problemas, pero en cuanto comenzó a ascender el peso transformó la carretera en un “Turmalet”. El sudor que cruzaba su frente indicaba el esfuerzo que estaba realizando y sin embargo no dejaba de sonreír e insistir en que cogiéramos su paraguas para darnos sombra. Así lo hicimos pero para dársela a él. Gortxu no pudo soportar más ver la cara ingurgitada y los brazos temblorosos por el esfuerzo así que se apeó y empujó el “trishaw”. Mientras yo sentado en la parte trasera saludaba como la reina de Inglaterra a los viandantes que nos miraban con curiosidad.

Cogimos la última habitación que quedaba en el Royal Guesthouse por 6$ con desayuno. Necesitaban algo de tiempo para limpiarla así que nos dimos un paseo por los alrededores. Es fácil orientarse en la ciudad de Mandalay pues su centro está formado por una cuadrícula de calles numeradas. En los días que llevábamos en Birmania nos habíamos dado cuenta que encontrar un restaurante para comer no era tan fácil como en Tailandia o China, así que no nos quedó más remedio que recurrir a la LP para buscar uno. Esto suponía encontrar un local orientado al occidental con precios occidentales y comida occidentalizada.

La habitación resultó ser pequeña pero muy limpia. El ventilador del techo ayudaba a soportar el tórrido clima. Aquella primera tarde la dedicamos a explorar los alrededores y habituarnos a la ciudad.

Lamentablemente la sombra del dragón era alargada y había llegado a Mandalay plenamente. A la proliferación de productos manufacturados chinos se añadía la creciente colonia china. Las zonas en expansión de la ciudad comenzaban a parecerse a las horribles urbes chinas; hormigón y tráfico. Feos bloques de diez pisos de irrelevante baldosa y cristal se alzaban en las zonas más pujantes. Aquí y allá se levantaban centros comerciales que como árboles sin hojas sólo reflejaban la poca actividad económica del país. ¿Qué sentido tenía levantar semejantes moles de hormigón para permanecer vacías?. Si acaso se ocupaban los bajos. Pero los sucios cristales del resto de las plantas hablaban bien a las claras de su abandono.

Debido al retraso de las lluvias del monzón el río Ayeyarwadi era aún insuficiente como para permitir la navegación del barco rápido a Bagan. Como opción teníamos el barco lento que suponía 16 de trayecto. Aún así la experiencia nos atraía. Lamentablemente el barco solo salía los domingos y jueves por lo que las fechas no nos cuadraban. El avión no era mala opción por su precio, 30$, pero no obligaba a permanecer un día más en Mandalay pues despegaba a las 17:30. En cuanto al autobús, éste era local y sin aire acondicionado. A estas alturas del viaje estábamos un poco cansados. Sólo nos quedaba el tren nocturno que por 10$ salía diariamente a las 21:00 y llegaba a Bagan a las 6 de la mañana.

Habiendo tomado un tentempié a media tarde de chapati y torta rellena no nos apetecía cenar. Pedimos dos “sprite” locales y desde la terraza del hotel vimos como la noche caía sobre la ciudad. A pesar de ser una de las más importantes ciudades del país carecía de alumbrado público. Esta falta de luz permitía sorprendentemente reconocer numerosas constelaciones tras las siluetas de los edificios.

23 de junio

La temperatura apenas descendía durante la noche pero el ventilador del techo paliaba el bochornoso calor. Tras el típico desayuno continental, tortilla, tostada, te con leche y plátanos, nos recorrimos toda la calle 26 hasta llegar la río. Visitaríamos las ruinas de Mingun. El único barco que comunicaba con las ruinas era del gobierno así que era inevitable pagar los 3$ de tasas más los 3000Kyats del barco. Zarpaba a las 9 de la mañana y volvía a las 13 horas. La temporada baja también se notaba aquí pues sólo viajábamos con un austriaco, una noruega y un inglés con su “acompañante anual” birmana.


Mingun

Mientras esperábamos nos sorprendió la actividad frenética del pequeño puerto. Los barcos se agolpaban en la orilla hasta saturarla y comenzaba una loca descarga de la mercancía a los camiones realizada gracias a los porteadores que asaltaban el barco tan pronto atracaba. La orilla no era suficiente para tanto barco así que atracaban paralelamente unos con otros. La descarga entonces se realizaba a través de largas pasarelas que comunicaban unos barcos con otros. Mientras los barcos eran descargados otros operarios se encargaban del repostage. Sin ningún tipo de protección frente a los gases que emanaban de las mangueras y como única válvula de cierre sus propias manos.

El barco encaró las tranquilas aguas del Ayeyarwadi y puso popa cara a Mingun. A nuestra llegada decenas de niños y adolescentes se acercaban con sus postales, recuerdos, monedas, figuras…intentando hacer negocio en su mes más flojo. Era un poco agobiante pero la necesidad apremiaba.

Mingun es famosa por su paya inacabada. Un templo que de haber sido finalizado hubiese sido el más alto del país. La naturaleza se encargó de truncar el proyecto. Varios terremotos consecutivos hicieron desistir a sus constructores. Pero fue lo que la truncó lo que le ha dado personalidad propia. Sus paredes desgarradas, testimonio de la fuerza de la naturaleza, le otorga el mismo interés y curiosidad que las arrugas del rostro de un anciano, manifiesto de un pasado con historias que contar.

Sin haberlo solicitado se nos asignó un guía que chapurreaba castellano. Nos acompañó durante todo el recorrido. Subimos los 174 escalones que conducían a lo alto de la plataforma de la paya. Desde allí se tenía una buena perspectiva de todo Mingun y el río. A su lado reposaba la antigua campana que debía haber coronado tan magnífica obra. Ostenta el record de ser la campana íntegra más grande del mundo. Sus proporciones son impresionantes.

La bella pagoda blanca tan geométrica y vistosa nos proporcionó momentos de placer pues por sus pasillos corría una refrescante brisa. El antiguo acceso a Mingun, unas blancas escaleras custodiadas por unas esculturas, llegaba hasta el río. Desde ellas se podía recoger una bonita estampa del río flanqueado por los leones guardianes.

Una vez finalizada la visita debíamos abonar al guía-no-solicitado sus honorarios. Nos pidió dólares pues no quería kyats. Muy posiblemente la causa a la que se destinaría el dinero fuera muy honrosa pero eso no impidió que tuviésemos la sensación de estar pagando un impuesto revolucionario. Aprovechamos el camino de vuelta para dar una cabezada en el interior de la cubierta.


Mahamuni Paya

El sol recalentaba las calles de Mandalay y nosotros como pájaros buscábamos la sombra de árbol en árbol. Decidimos ir a la zona residencial de los monjes por ser una zona muy arbolada y estar de camino a la Mahamuni Paya. La zona está llena de monasterios. Nos descalzamos a las puertas de uno y entramos a curiosear. Un fiel devoto nos acompañó hasta la sala de estudios donde los jóvenes coreaban y memorizaban los textos sagrados. Luego nos llevó a otra sala donde se encontraba un monje sentado en una labrada silla de madera. Frente a él el devoto desplegó una esterilla y nos sentamos. Él no decía nada. Nosotros tampoco sabíamos que decir. El lugareño intentando desbaratar el entuerto con una sonrisa nos hablaba en un inglés incomprensible para nosotros. Una vez se dio cuenta que el encuentro no daba para más se inclinó tres veces y se levanto. Hicimos lo propio y salimos de la sala. No fue precisamente un encuentro celestial.

Llegamos a la Mahamuni Paya por su puerta este donde se asentaban los puestos de manufacturación de “accesorios para payas”. El trabajo absolutamente manual nos impactó. Algunos artesanos usaban pequeñas “rotaflex” para dar forma a las rocas de mármol blanco. Pero el trabajo fino se realizaba con martillo y cincel y grandes dosis de arte aprendido generación tras generación. En aquellos puestos se fabricaban la mayoría de los budas que se ven en China y Tailandia. La mano de obra barata, de la mano de obra barata de occidente. Pero también se fabricaban los paraguas y pináculos de las payas con gran profusión de adornos y filigranas. En definitiva todo el material necesario para montarse su propia paya en casa.

Para acceder a la paya era necesario adquirir la entrada conjunta que da acceso al complejo arqueológico de Mandalay pero no vimos ninguna taquilla. Los cuidadores uniformados que controlaban el lugar ni tan siquiera nos pidieron la entrada. Sólo informaron a Gortxu que no podía acceder a la sala interior del Buda por llevar pantalones cortos, acceso por otra parte también restringido a las mujeres que debían orarle desde la lejanía.

Vagabundeamos por los patios sin mucho orden ni sentido. Se nos acercó un monje bizco que nos contó someramente la historia de la paya. Nos mostró diferentes estancias y nos guió por ellas. Lo cierto es que no nos imaginábamos sus segundas intenciones, ilusos nosotros, pues a los veinte minutos dio por concluida la visita y nos pidió un pequeño donativo para sus alumnos. No nos pareció mal colaborar así que le dimos 2000Kyats. Él consideró que era una cantidad pequeña para dos extranjeros y nos pidió 5000kyats a cada uno. Nos quedamos tan sorprendidos con disgustados, no tanto por la cantidad, que al cambio era ridícula, sino por la desfachatez con que lo pidió. Sentado a la sombra, abanicándose y quitándose le sudor de su frente con un pañuelo blanco, nos sonreía con su oronda cara mientras la mano extendida reclamaba el dinero. ¡Cómo nos recordaba a los cardenales de nuestra casi extinta iglesia católica! ¡A dios rogando y con el mazo dando!

Una vez más lamenté mi nulo nivel de inglés para soltarle alguna perlita además del dinero ¡Cómo había cambiado el país! Prometí mirar, a la vuelta en casa, el significado que la real academia de la lengua inglesa daba a la palabra “donation” porque yo juraría que coincidía con el de la Real Academia de la lengua española y no con la del monje. De camino al hotel decidimos pasar por el mercado nocturno. Un mercado iluminado con velas donde por una parte se podía palpar el poco comercio con el exterior y por otra la invasión progresiva de los productos chinos. Quince minutos fue más que suficiente como para recorrerlo entero.

24 de junio

Aquel día teníamos varios objetivos: buscar marionetas, decidir cómo ir a Bagan y visitar U-Bein. En la LP no figuraban muchos sitios donde comprar. Todos ellos se encontraban en una línea recta que unía el hotel con el mercado central. No vimos nada interesante. Las supuestas antigüedades no dejaban de ser meras falsificaciones. Decidimos que provaríamos suerte en Yangon. Para la vuelta optamos de nuevo por un “trishaw” pues los minitaxis mazda eran demasiado caros. ¡Qué diferencia entre los “verdaderos trishaw” de los que trabajan en las cercanías de los hoteles! Los primeros ajustaban el precio los segundo directamente lo hinchaban. Unos se preocupaban de tu comodidad los otros de que les dejaras propina. Pero lo cierto es que somos los turistas los que les educamos y por tanto responsables de su comportamiento. No se trataba del dinero sino de no acrecentar las diferencias sociales.

Ya en la estación de trenes cogimos el billete a Bagan por 10$ más 1$ de comisión. El tren saldría del andén 1B a las 21 horas.


U Bein

Disponíamos de tiempo más que suficiente para ver las ciudades de Mandalay. En la misma estación tomamos un mazda azul. Sus dueños no hablaban nada de inglés pero fue suficiente un bolígrafo y unos gestos para hacernos entender y pactar el recorrido. No fue necesario regatear; 10.000kyats era el precio estipulado y correcto. El primer destino era Ava y su puente de U-Bein. Ya de camino en el coche nos dimos cuenta leyendo la guía que para acceder a las ciudades era necesario comprar la entrada en Mandalay. Pero pudimos comprobar que en el propio puente había otra taquilla. Cuando la cuestión era recaudar no se escatimaban recursos. Sin embargo una vez en U-Bein no había nadie en la taquilla ni para reclamar ni para vender entradas. Así que habíamos logrado sisar 20$ a la Junta Militar. 20$ más que irían para el pueblo birmano en forma de zumos, comidas o recuerdos.

Recorrimos el puente de teca hasta la otra orilla. La sólida estructura de madera había aguantado los embates del tiempo durante más de 200 años. Los pescadores sumergidos hasta el pecho lanzaban su sedal en las turbias aguas de lago. Una vez pescados los mantenían vivos atados a unas botellas vacías de agua que los mantenían a flote en la superficie. Pequeños refugios techados daban un respiro a los viandantes. La vida transcurría plácidamente sobre el puente libre de turistas. Monjes birmanos andando o en bicicleta, niños jugando o enamorados que daban vida al puente. En la otra orilla se levantaban varios templos. Pero el calor era tan intenso que los recorrimos con desgana. Habíamos descartado visitar Ava por el intenso calor y porque suponía cruzar el río y alquilar allí un carro de caballos. Demasiada parafernalia para un lugar que no despertaba excesivas pasiones entre los viajeros. Seguimos visitando las payas de alrededor. Comenzaban a parecerse todas.


Tren Nocturno a Mandalay

Una vez en el hotel hicimos tiempo en la recepción leyendo algo. El recepcionista no solo nos encendió todos los ventiladores que había en el hall sino que se quitó el suyo propio y nos lo colocó enfrente. Una vez más la amabilidad birmana llegaba a límites insospechados. Contratamos a uno de los numerosos “trishaw” que se apostaban a la puerta del hotel. Nos pidió 2500Kyats. Le ofrecimos 1000. Nos llevó hasta la estación de tren con evidente teatralidad ante mínimas cuestas. Intentando ablandar nuestros occidentalizados corazones nos dijo que había hecho un gran esfuerzo para llevarnos hasta allí. A lo que nosotros respondimos que sin lugar a dudas el trayecto requería unas fuertes piernas y por eso le habíamos elegido a él. Lo dicho que el que no corre vuela y sino va a saltitos.

Una vez en la estación vimos que sobre las vías del andén 1A se encontraba una multitud de gente cenando y charlando relajadamente. En el 1B un tren azul listo para salir. Queríamos cerciorarnos de cuál era nuestro tren. Tras preguntar a un empleado uniformado nos indico que nos acercáramos a la cabecera del tren situado en el andén 1B y que esperásemos. Conforme nos acercábamos a la locomotora tractora pudimos comprobar que el tren disponía de coche-cama y restaurante. En definitiva que parecía demasiado preparado como para ser el nuestro. Pensamos que quizás partiera dos trenes unidos y que en alguna estación intermedia se separaran. Llegamos al vagón indicado que estaba cerrado. A través de las ventanas pudimos comprobar la buena calidad de sus asientos. Mientras esperábamos nos fijamos que en el andén 1ª acababa de entrar un tren vacío de aspecto mucho más modesto y que estaba siendo ocupado por los que antes estaban cenando en el andén.

Algo nos hizo sospechar que aquel destartalado tren era más acorde al precio de nuestro billete. Apenas faltaban 15 minutos para las nueve de la noche y mientras que el destartalado tren se iba llenando el “nuestro” permanecía vacío y cerrado. La alarma saltó al ver subir al tren a unos mochileros. Decidimos ir a preguntar a una señora que la habíamos oído hablar inglés. Nos entendió como buenamente pudo y marchó a preguntar. Cuando regresó nos confirmó lo que sospechábamos. El tren del andén 1ª salía a medianoche dirección Yangon. Apenas teníamos unos minutos para subir al tren. Ya nos habían comentado en la taquilla que el tren carecía de lujos. No había exagerado. La “clase superior” constaba de dos asientos corridos frente a frente separados por una mesa plegable. Suponemos que cuando fue inaugurado sería lo más avanzado del momento pero aquellos tiempos de gloria habían pasado.

Por aquella época el concepto de ergonomía aún no se había inventado. Nuestros cuerpos lo sufrieron. Las ventanas estaban abiertas pero el calor acumulado en el interior del vagón era insoportable. A pesar de los abanicos nuestros cuerpos estaban empapados en sudor. En el interior no había luz. Se encenderán cuando comience a andar, pensamos. De momento nos arreglábamos con la poca luz que llegaba desde la estación. Con puntualidad inglesa el tren partió a la nueve. Poco a poco fue cogiendo velocidad. Entonces comenzó el bamboleo. El deficiente mantenimiento de la vía férrea se unía al arcaico tren para lograr un mareante bamboleo que nos obligaba a agarrarnos a los asientos para evitar caer de ellos.

Como un gran dragón chino cada vagón tomó su propio ritmo y se desplazaban anárquicamente hasta 15º de la vertical. Apenas podíamos mantenernos en nuestros asientos y mucho menos dormir. La luz no se encendía. Cuando vimos a los lugareños sacar sus linternas, velas y chisqueros comprendimos que el término nocturno, en aquel tren, se extendía a todos sus aspectos. Fue una noche larga y dura a pesar de los somníferos. Los lugareños temerosos de la leyenda de la “corriente de are asesina” insistían en cerrar las ventanas a pesar del calor que hacía porque “tenían frío”. El abuelo insomne sentado a nuestra izquierda no dejaba de contar batallas a su hija y yerno, que acostumbrados no tardaron en caer en un profundo sopor quedando solo nosotros como únicos y sufridos oyentes.

Historias, como no, envueltas en una espesa nube de humo procedente de su cigarro birmano. Tal era el calor y bamboleo que la mochila de Gortxu decidió suicidarse sobre mí aplastándome la cabeza sobra la mesa plegable. Para poner la guinda sobre el pastel, el maquinista en un ataque de locura y notoriedad decidió que el tren silbara una y otra vez en mitad del campo birmano. En definitiva una noche para no olvidar.

Galería fotográfica

[A la sombra] A la sombra
[Vestigios] Vestigios
[¡Vertedero o río?] ¡Vertedero o río?
[Mingun] Mingun
[Paya Blanca] Paya Blanca
[Esculpiendo] Esculpiendo
[U Bein] U Bein
[Camino al monasterio] Camino al monasterio
[Descanso] Descanso
[El tren del terror] El tren del terror
[Luces] Luces
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