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Fundador - Viajero habitual
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Debíamos ir más al norte hasta Hsipaw. Entre las diferentes opciones de transporte nos decantamos por el tren. La duración del viaje no era mucho mayor que la del autobús y sin embargo pasaba por unos pasajes montañosos espectaculares. Prueba de ello era el viaducto de Gokteik. Una asombrosa obra de ingeniería de principios del siglo XX que fue el segundo puente más alto del mundo. El precio del billete era de 2$ para la clase normal y 4$ para la superior. Solía llegar a Pyin sobre las 11 de la mañana aunque siempre lo hacía con retraso. Sabedores de esto a primera hora de la mañana nos acercamos andando a la estación de tren para confirmar horario y comprar billetes. Sin embargo en la ventanilla nos informaron que el tren llevaba un retraso acumulado de: ¡7 horas! Como ya habíamos leído historias de trenes retrasados primero y cancelados después optamos por renunciar al tren y preguntar por el taxi compartido.
Camino Hsipaw
La frecuencia era aproximadamente cada hora. El precio total del taxi eran de 14.000Kyats que se debían repartir entre el número total de ocupantes. Camino del hotel preguntamos por un lugar para cambiar dinero. Nos llevaron a una joyería sita en la carretera Mandalay-Lashio que nos ofertaban un cambio de 1235 Kyats por dólar. Acordamos volver tras recoger las maletas en el hotel. Volvimos a pasar frente a la puerta de la tienda de antigüedades. Mientras ojeábamos preguntamos si había alguna posibilidad de subir a Hsipaw en autobús. Era posible por 3000 Kyats. La parada de autobús se encontraba a 3km del centro urbano. Nunca llegamos a entender porque las paradas de autobús en Myanmar estaban tan alejadas del centro de las ciudades. El autobús pasaría por allí en apenas 30 minutos. Acordamos que por 1000 Kyats nos llevaran en mototaxi al hotel, de allí a la joyería y finalmente a la parada de autobús.
Apenas 20 minutos más tarde estábamos montados en el autobús del terror. El destartalado vehículo parecía recién rescatado del desguace. De apenas 30 plazas la parte trasera carecía de asientos pues se usaba como zona de carga. Como también lo era la zona central del pasillo donde se apilaban los sacos de harina de arroz hasta la altura de las rodillas lo que obligaba a andar encorvado por el interior del autobús. Tuvimos suerte pues pudimos ocupar los dos únicos asientos que quedaban libres, el resto tuvo que conformarse con ir sentados encima de los sacos. Nuestras rodillas se clavaban en el respaldo del asiento delantero para poder ir sentados. La velocidad del autobús era alta por lo que calculamos que en unas 4 horas estaríamos en Hsipaw. ¡Que ingenuos! La buena carretera no duró más allá de 30 kilómetros. Comenzamos a subir una carretera de montaña de curvas y rampas imposibles. Lo que el tren apenas tardaba 2 minutos en cruzar gracias a viaducto nosotros tardamos cerca de hora y media. La carretera era estrecha y terriblemente sinuosa. El pastel estaba formado por curvas de 180º y unas pendientes del 15%; la guinda la ponía la forma de conducir birmana basadas en unas reglas básicas: La nula visibilidad no es impedimento para adelantar en curvas.
El vehículo más grande tiene preferencia sobre el resto que deben apartarse a la cuneta. Los milímetros también cuentan pues es lo único que impide que los vehículos choquen al pasar tres por un carril. No es apto para temerosos pues en más de una ocasión ves al autobús caer por el precipicio. Más de una vez los bajos golpeaban contra la carretera al tomar las pendientes curvas cerradas. A duras penas podíamos escribir unas palabras a nuestros allegados en el cuaderno de viaje, con la vana esperanza de que se encontrara cuando rescataran nuestros cuerpos del fondo de la garganta. Y así pasó nuestro viaje por el paso de Gokteik, entre fundidos en negro al cerrar nuestros ojos y rezos a todos los dioses conocidos. Esta particular carrera de autos locos terminaba una vez llegados al pueblo de Kyaukme. Llevábamos cuatro horas y media de viaje y calculábamos que aún nos quedaba una hora más. ¡Gran error!
Como una furgoneta repartidora de pan, el camión bajo un sol de justicia fue recorriendo las calles del pueblo descargando la mercancía acumulada y cargando nueva. Cada parada suponía una media de 15 minutos mientras cargaban y descargaban. La temperatura en el interior del autobús aumentaba por momentos. Nuestros cuerpos se fundían con el escai de los asientos. Empapados en sudor abandonábamos nuestros cuerpos muertos a un destino incierto. Creíamos desfallecer. Finalmente tras una hora de reparto emprendimos de nuevo el camino hacia Hsipaw.
Recomponiéndonos
Eran las seis de la tarde cuando llegamos a Hsipaw. Siete horas de insufrible viaje nos había dejados agotados. Teníamos pensado ver los tres alojamientos que ofertaba la ciudad pero cuando llegamos nos esperaba el gancho de Mr Charles dispuesto a guiarnos hasta el hotel. Era tal el calor y la necesidad de descansar que nos dejamos llevar por el hasta el hotel sin rechistar. Aunque en numerosos sitios se acusa al dueño de ser colaborador de la Junta, lo cierto es que como alojamiento mochilero estaba mejor preparado que la media del país. Nos decidimos por una doble sin baño al módico precio de 7$. Aunque el baño estaba fuera, no había más inquilinos en el edificio lo que nos permitía ciertas licencias exhibicionistas.
Tras un pequeño sueño reparador salimos para conocer el pueblo. La carretera principal, flanqueada por unos enormes árboles centenarios dividía al pueblo en dos. A un lado el mercado y el río al otro el centro y las montañas. Es un pueblo pequeño por lo que se recorre en poco tiempo. Seguía los patrones de cualquier ciudad birmana: caminos de tierra, puestos callejeros de comida y numerosos “tea-shop” que hacían las veces de bar y club social.
A última hora de la tarde, al meterse el sol tras el horizonte, se levantaba un fuerte viento que era aprovechado por los lugareños para llenar el cielo de pequeñas cometas de fabricación artesanal. Niños y mayores salían a la calle con las cometas, del tamaño de un folio, atadas a kilométricas cuerdas enrolladas a un tubo. La máxima era lograr que la cometa subiera lo más alto posible en el firmamento. Algunos lograban ascender tanto las cometas que se perdían de vista. Otras eran sacudidas por el viento con tal virulencia que rompía la cuerda que las mantenía unidas a tierra.
Ya en la terraza del hotel tomamos una rica cerveza birmana mientras la oscuridad se imponía en las calles de Hsipaw.
Cascadas
Antes de salir de excursión reservamos el taxi para volver a Mandalay. El precio era de 47.000Kyats por lo que esperábamos que se llenase para repartir la gracia de dios entre todos.
En un par de bicicletas de hierro destartaladas que alquilamos por 1000 Kyats iniciamos la ruta hacia las cascadas. El día estaba nublado y a las 8:30 aún el ambiente era fresco. Salimos del pueblo por un camino secundario entre campos de arroz. Aunque el camino era muy irregular conseguíamos mantenernos a duras penas sobre las bicicletas. A mitad del camino éste estaba cortada por un pequeño arrollo posiblemente surgido tras las intensas lluvias de la noche. No rea muy profundo pero nos vimos obligados a descalzarnos para vadearlo. Progresivamente el camino fue empeorando y la mayor parte del camino tuvimos que hacerlo andando. Salimos a la carretera principal que seguimos durante un centenar de metros para volver a desviarnos a una carretera secundaria aunque terminaba en un cementerio chino.
Era inútil seguir con las bicicletas pues estábamos más tiempo cargando con ellas que sobre ellas. Las dejamos aparcadas a un lado del camino. A lo lejos se veía la enorme cascada. Debíamos atravesar un pequeño valle entre campos de maíz, arroz y bananeros. Las escasas nubes apenas mitigaban el enorme calor que hacía. El frondoso valle estaba repleto de campos de arroz inundados de agua. Esta mezcla de vegetación, agua y sol convertía al valle en una auténtica sauna. Empapados en sudor seguíamos los caminos más por intuición que por el mapa. Afortunadamente en todo momento veíamos la cascada por lo que era imposible no llegar a ellas. Eso sí debíamos sortear canales de riego, a veces a través de precarios puentes otras saltándolos. Al final comprendimos que era más práctico descalzarse y andar a través de los campos de arroz, pues toda la zona cercana a las cascadas se encontraba inundada. El tramo final era el más costoso pues se trataba de una empinada cuesta de tierra mojada que resbalaba mucho y nos obligaba a clavar los dedos en el barro para no caer.
Pero la visión merecía la pena. Las cataratas eran muy altas. El agua se desplomaba sobre la poza levantando nubes de agua que salpicaban toda la zona. La vegetación crecía profusamente favorecida por un ambiente tan húmedo. El agua en su brusca caída desplazaba el aire generando un fuerte viento que se hacía sentir en todo el cuerpo. Tras disfrutar un rato de esta natural ducha bajamos a la base para intentar bañarnos. Una vez a nivel de la poza comprobamos que la fuerza de la corriente desaconsejaba el baño. Además las turbulencias agitaban el fondo de la poza convirtiendo al agua en una espesa sopa con tierra en suspensión. Con los bañadores de nuevo en el interior de la mochila retornamos el camino de vuelta.
Para entonces ya era mediodía y ni siquiera la sombra que nos proporcionaba el paraguas conseguía mitigar el intenso calor. Conocido el camino se desanduvo éste rápidamente hasta llegar de nuevo a las bicicletas. Torpemente las habíamos dejado al sol por lo que era imposible tan siquiera agarrarlas y mucho menos montar en ellas.
Paseando
Una vez en Hsipaw comimos el típico menú birmano que no levantó pasiones entre nosotros. Si disfrutamos la cerveza con seven up que rehidrató nuestras resecas bocas. Queríamos ir a la tarde a las aguas termales pero el calor era tan asfixiante que descartamos la idea. Mientras descansábamos a la sombra de un enorme ficus estrangulador que a lo largo de los siglos había devorado una pagoda, Gortxu se levantó para dar un paseo por el templo. Al poco rato volvió diciendo que había visto una enorme culebra del grosor de un brazo humano y al menos 2 metros de longitud. Cuando acudía al lugar del “avistamiento” cámara en mano no había rastro del “terrible animal”, otro caso de “Cuarto Milenio”.
Unos lejanos truenos nos anunciaban que algo allí arriba se estaba preparando. Las oscuras nubes del horizonte no hacían presagiar nada bueno. Aunque mucho ruido y pocas nueces pues para cuando llegaron a Hsipaw apenas descargo cuatro gotas y dos relámpagos. El agua caída no había contribuido a refrescar el ambiente, todo lo contrario la humedad había aumentado haciendo más insoportable el calor.
Fuimos a Mr Food a cenar. No nos pusieron ni te ni sopita de entrante pero realmente la comida estaba deliciosa.
Ya de noche, en la terraza del hotel, oíamos la cacofonía a lo lejos de los niños en el colegio mientras tomábamos una cerveza.
Aguas termales
La liga española había terminado. Nos confirmaron que el Athletic seguiría un año más en primera. O al menos eso era lo que nos aseguraba un lugareño y es que aquí el fútbol levanta pasiones. De hecho tan sólo conocen a España por su liga de fútbol y son capaces de recitar de memoria a alineación de los principales equipos de fútbol. ¡Incluso sabían todas las ligas y copas del Atlhetic!
De nuevo en bicicleta esta vez el destino eran unas aguas termales. Como todos los días la bruma envolvía la ciudad, pero aquel día se disipó más rápido de lo habitual y para las nueve de la mañana el calor era asfixiante. A diferencia de la excursión anterior, donde teníamos una referencia visual, esta vez no teníamos ni idea de donde se encontraban las aguas realmente. El mapa escrito a mano de la pensión nos ayudaba un poco pero se mostraba insuficiente para llevarnos con facilidad. Rápidamente comprobamos, tras dejar las bicis junto a un árbol de espíritus, que el paso entre los arrozales y el río iba a ser más movido de lo deseado si pretendíamos mantener seco nuestro calzado.
A veces bordeando la orilla, otras saltando de piedra en piedra y la mayoría del tiempo a “burrukutxus” de Gortxu logré salvar mis zapatillas la mayor parte del trayecto. La naturaleza se mostró terca y yo terminé dándome cuenta que tanto trabajo no merecía la pena así que nos sumergimos hasta las rodillas en las aguas del río y seguimos curso arriba. Esta nueva táctica nos ayudó a agilizar la marcha. No sabíamos exactamente donde se encontraban las aguas pero sí que se encontraban al margen del río así que todo lo que teníamos que hacer era seguirlo. La falta de vegetación frondosa permitía que una ligera brisa se desplazase valle abajo siguiendo el curso del río. Ataviados con nuestros paraguas que nos proporcionaban tan ansiada sombra llegamos a las faldas de las montañas que veían nacer el riachuelo. No veíamos las pozas por ningún sitio. Preguntamos, mediante señas, a un agricultor por las aguas y aunque al principio creímos que no nos entendía, con una sonrisa nos indicó que le siguiéramos haciendo él de guía. Nos condujo hasta una presa de madera totalmente artesanal que reconducía parte del cauce hacia los campos de arroz.
En las pequeñas cascadas que se formaban los lugareños se refrescaban tras finalizar sus labores en el campo. La limpieza y pulcritud de este pueblo era patente en todos los rincones. Allá donde miraras siempre veías a alguien lavándose él o bien la ropa a la orilla del río o lago. En los restaurantes, incluso los más sencillos y modestos tenían distintos recipientes de agua, por donde pasaban todos los platos, como en una cadena de montaje, del cubo más sucio donde lo lavaban hasta el más limpio donde daban un aclarado final.
Era evidente qué veníamos a buscar dos “güiris” a esas horas por aquellos parajes, así que sin pedirlo nos condujeron hasta un oculto sendero que se encontraba tras uno matorrales. Apenas habíamos andado 20 metros el sendero se dividía en dos. Tomamos el de la izquierda pero un silbido entre los matorrales nos indicó que el correcto era el otro. Y es que los birmanos siempre tan solícitos sabían que nos íbamos a confundir y nos habían seguido en silencio.
Las aguas termales resultó ser una pequeña poza poco profunda por cuyo fondo se filtraba el agua caliente que se mezclaba rápidamente con las aguas provenientes de las montañas, por lo que enseguida se templaban. Nada que ver con las ardientes aguas de Inle. El lugar era totalmente salvaje. La poza estaba rodeada de frondosa vegetación y el fondo arcilloso enturbiaba el agua en cuanto te movías. Estuvimos un rato pero las limitadas vistas nos terminaron por aburrir. Fuimos hasta la presa que ofrecía un refrescante baño. Los lugareños ya se habían marchado. Después de tantos día de calor permanecer sentados bajo una lámina constante de agua fría fue un bálsamo para nuestros cuerpos.
El regreso a casa lo hicimos más rápido pues conocíamos el camino. Lamentablemente una vez en los campos de arroz equivocamos el camino y nos perdimos entre sus laberínticas acequias. Debíamos andar sobre los diques de separación de los campos. La mayoría del tiempo suponía andar a ciegas pues las altas gramíneas ocultaban el camino. Conscientes del peligro que suponía eso para nuestros tobillos íbamos con mucha precaución. Como en el auténtico laberinto del Fauno avanzábamos tanto como retrocedíamos bien porque el camino terminaba en una gran acequia bien porque sencillamente se acababa. De una u otra forma nos íbamos acercando al pueblo. Unas aldeanas que estaban cuidando los campos de arroz se percataron de nuestra situación. Dejaron su aburrida tarea de eliminar malas hierbas y se dedicaron a reírse de nuestras andanzas. Incluso nos jaleaban en nuestros saltos y nos aplaudieron una vez llegamos al camino. Para mi quisiera un pueblo tan alegre como el birmano.
Little Bagan
El sol en su cenit abrasabas las calles de Hsipaw. Intentar hacer cualquier actividad era un suicidio. Nos metimos en un salón de billar americano donde una vez más dimos el espectáculo. Hacía más de diez años que no cogíamos un palo de billar. ¡Pero si tuvimos que pedir sopitas al encargado para que nos colocara adecuadamente las bolas en el triángulo para iniciar el juego!
Ya caída la tarde de nuevo en nuestras bicicletas nos dedicamos a recorrer la “Little Bagan” una zona arqueológica a las afueras de Hsipaw donde abundan los templos y pagodas. El día terminó viendo meterse el sol entre las montañas desde el puente que cruza el río.
Cerca del hostal, a pie de la carretera, se sitúan varios “tea-shop” muy frecuentados a la noche para tomar algo entre amigos mientras ven la televisión. A nuestro lado se sentaban tres chavales adolescentes que no dejaban de mirarnos y partirse de risa. Una vez rota la timidez inicial se decidieron a darnos clases de birmano. Como alumnos fuimos un fracaso. Aunque en nuestro favor hemos de decir, que como la mayoría de las lenguas del sudeste asiático, la base del idioma es la entonación. Algo que nos resulta difícil de imitar a los occidentales. Ellos sin embargo demostraron ser unos alumnos envidiables pues rápidamente aprendieron incluso frases enteras en castellano y euskera.