VIAMEDIUS. Relatos de viajeros como tu

Pyin Oo Lwin entre las flores

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

Teníamos proyectado estar primero en Mandalay y luego subir más hacia el norte, pero durante el viaje decidimos subir de un tirón pues así ahorraríamos tiempos intermedios.


La estación de autobuses dista unos 7km del centro de Mandalay. Tras una dura negociación conseguimos que una pickup nos llevara a los 4 por 3000Kyats. Nosotros nos bajaríamos antes para coger otra “pickup” que nos subiera a Pyin Oo Lwin. Carmen y Alex irían hasta el centro de la ciudad. Allí, entre bamboleos y traqueteos, fue nuestra despedida rápida para no ser traumática. Tras 10h de autobús, sin apenas poder dormir, nos esperaban otras tres horas de horrible viaje apretujados en el interior de la “pickup”. El viaje lo comenzamos con 10 acompañantes. Aprovechando bien lo dos bancos alargados de la cabina podíamos ir cómodos. Aunque la espalda se nos clavaba irremediablemente contra la barra de protección, podíamos mantener las piernas relativamente estiradas en el suelo. Pero parada tras parada a lo largo de las calles de Mandalay, cada vez eran más el número de personas que viajábamos en aquella destartalada “pickup”. A mí no me salían las cuentas pero al conductor sí. Insistía e insistía en que nos apretujáramos aún más unos con otros para seguir metiendo personas. El camarote de los hermanos Marx perecería vacío si se comparaba con la cabina trasera de la camioneta. Pero no era suficiente ir como vacas a un matadero, además la camioneta hacía también de camión de carga, así que no dejaban de subir sacos de harina de arroz, bolsas de hortalizas, barreños de plástico. Todo lo inimaginable parecía poder entrar en aquella camioneta que por momentos se estaba convirtiendo en un agujero negro, pues era capaz de engullir todo lo que a ella se acercaba.


Comprobado que estábamos a punto de perder el conocimiento el conductor decidió que era momento de empezar a llenar el techo de gentes y sacos. Finalmente la gente se subía a los laterales de la “pickup” colgados y agarrándose a las barras de seguridad por fuera. Donde nosotros calculábamos cabrían diez personas, íbamos 16, más cinco sentados en el medio, encima de los sacos, cuatro de pie en el portón trasero que lo mantenían bajado para aumentar la superficie útil, hasta nueve personas creímos ver subir al techo y otras 4 personas repartidas en la parte exterior de la pickup agarradas. En total 34 personas y sus accesorios para subir por una carretera endiablada de curvas. Y no estamos seguros del todo de que no hubiese alguien en los bajos de la camioneta. ¡No apostaríamos nuestra mano!

Apretados hasta el dolor en la bancada, sin posibilidad de moverse y con las rodillas pegadas a la barbilla aguantamos estoicamente los 67 kilómetros que separan ambas localidades. El continuo golpe de la barra contra la espalda por los baches terminó por producirnos hematomas.
Hicimos una parada en el camino pues la camioneta necesitaba refrigerarse. Mientras nosotros recuperábamos la funcionalidad de nuestras articulaciones y el conductor enfriaba el motor a base de manguerazos de agua fría.


Pyin Oo Lwin

Finalmente eran las nueve de la mañana cuando llegamos a Pyin. Una ciudad que vivía gracias a una cercana e importante base militar. En tiempos de la ocupación inglesa Pyin se convirtió en la zona de veraneo de la élite pues aunque sólo distaba a un par de horas de Mandalay su temperatura era 10º inferior.

Necesitábamos recuperarnos de la paliza de viaje así que nos metimos en un local frente al templo hindú. Nos dimos un homenaje a base de batidos, noodles y arroz. Después mochila en mano nos dirigimos al Grace I que se encontraba muy cerca junto a la carretera principal. Nos dijeron que debido a una convención no quedaban camas libres. Lo cierto es que no tenían permiso del gobierno para alojar a extranjeros. La oferta hotelera era más bien escasa. Nos decantamos por a Grace II que se encontraba un poco más alejado del centro. Por el camino probamos suerte en varias pensiones, pero en todas nos decían que estaban completos. Nadie quería arriesgarse a contradecir al gobierno. Falsificar el registro era un delito muy grave. Tras una larga caminata llegamos finalmente al Grace II. El precio inicial eran 10$ pero lo conseguimos por 7$ con desayuno incluido. La habitación con baño era amplia. Disponía de agua fría y caliente, televisión y ventiladores que no eran necesarios pues a la noche refrescaba. Dormimos un par de horas y nos lanzamos a la calle.

La herencia inglesa de Pyin aún se nota hoy en día. En las afueras imponentes casa solariegas, algunas mejor conservadas que otras, contaban historias de un pasado colonial. El centro se parecía a cualquier otra ciudad birmana, aunque aún quedaban zonas urbanizadas por los ingleses con aceras y glorietas llenas de plantas y arbustos. Después de tantos días de barro y caos se agradecía andar por sus calles ajardinadas.

El mercado central era muy activo y ofrecía una gran variedad de productos. Incluso era posible visitar el taller de un artista local, MoMo, al que fuimos a hacer una visita. De entre todos los cuadros Gortxu se enamoró de uno extremadamente caro para nosotros, pero que tras mucha insistencia conseguimos que ajustara el precio. Estaba pintado sobre un lienzo de papel de arroz así que lo embalamos en una tubería de pvc para protegerlo de la humedad.

Seguimos paseando por el pueblo observando las decrépitas casas inglesas que a pesar del paso del tiempo conservaban su elegancia. De camino al hotel pasamos por la única tienda de antigüedades que había en el pueblo. Aunque pequeña en sus baldas se acumulaban gran cantidad de objetos de lo más variados. Aún nos quedaba mucho viaje por lo que apenas compramos nada. Un gran error pues luego pudimos comprobar que la Pacific World Curio era una de las mejores tiendas relación calidad/precio. Más interesante que las de Bagan y muchísimo más barata que las de Yangon. La carretera que conduce a los jardines de Kandawgyi estaba ajardinada. Sobre su césped se disponían distintos puestos de comida que ofertaban no solo un buen menú, sino también una buena atalaya desde la que observar la vida diaria de la ciudad cómodamente sentados.

Apenas habíamos estado un día en Pyin pero ya sabíamos que era una ciudad distinta a las que habíamos visto hasta ahora. Era un lugar tranquilo, cómodo y amable donde poder tomar un respiro. Decidimos alargar un día nuestra estancia en él.


Al día siguiente, tras el desayuno alquilamos unas bicicletas por 1000Kyats, una de las cuales era del dueño del hotel, así que nos pidió que estuviésemos antes de las siete de la tarde para que el pudiese ir a casa en ella.
Nos dirigimos hacia los Jardines Nacionales de Kandawgyi. Un espléndido jardín botánico que los ingleses comenzaron a construir en 1915 y que la entrada de capital a través del turismo ha permitido remodelar. Apenas tardamos diez minutos en cubrir los poco más de dos kilómetros que nos separaban del parque. La entrada a todas luces era cara, 4$, nosotros los abonamos en Kyats.


Jardines de Kandawgyi

La visita al jardín supuso el reencuentro con el orden y la armonía. Nuestras occidentalizadas mentes estaban agotadas y confusas tras tantos días de caos urbanístico y ruido. Aquel jardín con sus senderos cuidados, sus plantas en flor, sus carteles informativos, sus baños limpios y su silencio nos hicieron vivir una ilusión que duró casi tres horas. La zona central del jardín está ocupada por un lago surcado por cisnes negros, patos y otras aves acuáticas salvajes. En un lateral una pequeña isla aloja una discreta paya a la que se llega a través de un puente. Alrededor de este lago se organiza todo el jardín, con su zona de bosque fluvial, de bambú y de pinos, con una marisma y magníficos jardines de plantas en flor. Una multitud de ambientes donde pasar el día. Junto al bosque pluvial había una jaula con cinco monos, juguetones y traviesos. El recinto era demasiado pequeño para unos animales tan activos. Nos pareció cruel. Más tarde comprobamos que era una solución temporal pues estaban arreglando las redes que delimitaban un gran área entre árboles, lugar donde ellos residían habitualmente. Visitamos también el aviario donde podían verse hasta ocho especies diferentes de pequeños pájaros expuestos en unas jaulas que flanqueaban el pasillo de acceso al área libre propia del aviario. La zona, limitada por una enorme red, permitía a las aves volar con cierta libertad. De entre todas ellas una pajera de tucanes se llevaba todas las miradas. Tras años de cautiverio y cientos de visitas de turistas habían descubierto que éstos podían ser una inagotable fuente de alimentos. Y si no se les entregaba la comida voluntariamente siempre quedaba el recurso de asaltar las bolsas que portaban. Los asaltantes no eran precisamente pequeños. La envergadura de sus alas rondaba el metro y medio. Su acoso era constante. Con disimulo paseaban por la barandilla que delimitaba el sendero. Al más mínimo descuido, bolsa que veían sin vigilancia bolsa que tomaban por presa y se dedicaban a explorarla con sus enormes y fuertes picos en busca de comida.
Otros animales que habitaban el parque eran ardillas, ciervos, elefantes….

El parque deliciosamente cuidado ofrecía numerosos rincones en los que poder descansar y simplemente observar. Muchas parejas jóvenes de Pyin se acercaban hasta allí en busca de un rincón discreto donde poder mostrase su amor mojigatamente.


Tarde de Cine

Ya por la tarde nos llamó la atención la cola que había frente al cine. Un gran cartel mural anunciaba una película birmana de amor y desencuentros. Mordidos por la curiosidad decidimos entrar. El precio de la entrada fue de 25 pesetas. Tras comprar los consabidos “txutxes” ascendimos por las escaleras que daban acceso al cine. La sala era amplia. Un patio de unas 250 butacas sobre el que colgaba un gallinero de considerables dimensiones. El patio de butacas estaba cerrado y todos los espectadores nos situamos en el gallinero. La pantalla cuadrada estaba protegida por un sucio telón rojo que había vivido tiempos mejores. Las butacas destartaladas habían perdido toda su comodidad. Al sentarse en ellas el culo se hundía hasta quedarse encajado en la estructura de madera. Evidentemente no había ni aire acondicionado, ni “Dobly Soundround”. Los ventiladores del techo removían el aire viciado del interior. La película birmana sin subtitular era un dramón al más puro estilo telenovela venezolana. La trama era tan sencilla que aún en birmano era posible seguirla. Tras finalizar la descartamos como posible nominada al Oscar a la mejor película en habla no inglesa. La tertulia cinéfila se dio a la luz de los candiles en un puesto chino del mercado nocturno comiendo chapatis.

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