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Fundador - Viajero habitual
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Para las 12 del mediodía ya estábamos almorzando “noodles” en un pequeño “cafe-shop” que había junto al embarcadero de Indein.
Cada grupo salimos en barcas distintas hacia el norte del lago donde se situaba la ciudad de Nyaungshwe campo base para explorar el lago.
Lo que habíamos podido apreciar al cruzar el lago desde la barca prometía. La salida de Indein se hace entre sinuosos y verdes canales por donde apenas si caben dos embarcaciones a la vez. Lástima que el fuerte ruido del motor lo estropease algo. En este recorrido también pudimos apreciar la forma de construcción sobre el lago. Las casas hundían sus pilares sobre el lecho del lago y para entrar o salir de ellas era indispensable una barca. El lago bullía de actividad. Allá donde se mirase podían verse barcas, a remo o a motor, realizando las más variadas labores. Desde simple transporte de mercancías hasta la recolección de algas para fertilizar las huertas. La mayoría se dedicaban a la pesca desde sus minúsculas cáscaras de nuez. De pie en la popa remaban con una pierna mientras que con las manos se dedicaban a lanzar y recoger las redes llenas de pesca.
Nuestro guía nos había recomendado el Gypsi Inn por su amabilidad y lo cierto es que la atención fue exquisita, pero era más caro que otras opciones (10$) y además su cercanía al canal suponía soportar el constante ruido de las fueraborda. Aún así por pereza y por ser los únicos clientes allí alojados nos quedamos el resto de los días.
Aquel primer día en el lago lo dedicamos a pasear por el pueblo. Éste era muy tranquilo, y estaba salpicado, cómo no, de pagodas y templos algunas más interesantes que otras. Intentamos la conexión a internet, pero además de ser extremadamente cara, 3000Yth/hora, era desesperadamente lenta. La mayoría de las páginas occidentales y los servidores de correo estaban censurados por el gobierno. Pudimos acceder a hotmail tan solo porque la página que tienen para acceso a través del móvil no estaba bloqueada.
Cayó la noche y cenamos en un pequeño restaurante donde conocimos a un loco inglés que nos divirtió con sus extravagantes ocurrencias. Fuimos pronto a dormir pues una vez que se metía el sol, sin suministro de luz eléctrica, el pueblo no ofrecía mucho más.
Aquella noche Gortxu tuvo que enfrentarse a un desconocido pero despiadado enemigo que lo acribilló a picaduras, él asegura que fueron pulgas, yo me decanto más bien por pequeñas hormigas furiosas. Afortunadamente el resto de las noches desaparecieron.
Tras el copioso desayuno del hotel alquilamos unas bicicletas con la intención de recorrer el lago. Hacía un día espléndido. Exploraríamos la orilla oeste del lago, hasta más allá de las fuentes termales.
Aguas Termales
Era primera hora de la mañana y el canal bullía de actividad. Decenas de largas canoas, cargadas hasta el límite de toda variedad de mercancías, arribaban a puerto, donde les esperaban ávidos porteadores deseosos de ganarse algunos kyats con los que poder comer ese día. Todo se transportaba en esas barcas con una eslora de más de diez metros y un calado bajo que les permitían navegar por las poco profundas aguas del lago. En ellas se daban cabida desde frutas y verduras hasta sacos de cemento o animales vivos. Los pescadores utilizaban barcas mucho más pequeñas, que apenas llegaban a los tres metros, casi planas y que daban la sensación de volcarse en cualquier momento. Pero más manejables y prácticas para empujar con los largos remos que se anclaban en el fondo. A las orillas del lago también se desarrollaban escenas más hogareñas como niños jugando, madres lavando o preparando la comida.
Poco antes de llegar a las fuentes termales hicimos un alto para subir una colina a través de una interminable escalera. En la cumbre albergaba un modesto templo de estupa blanca. Desde allí se divisaba gran parte del lago y la llanura que lo delimitaba. Mientras bajábamos nos entretuvimos durante más de una hora viendo y fotografiando la pequeña vida animal. Saltamontes, libélulas, chinches y demás insectos adoptaban aquí las más increíbles formas y colores. Era tal la profusión de vida animal que cada planta que observabas podía alojar cinco o seis variedades distintas de insectos. Una biodiversidad única de los climas tropicales. A un lugareño que pasaba por allí le debimos caer simpáticos, no era para menos viéndonos alucinar con insectos que ellos diariamente pisaban sin miramientos, así pues nos indicó que le acompañáramos. Nos llevó hasta unas de las chimeneas que salpicaban toda la colina por donde surgía el calor de las aguas termales. Su boca despedía un aire tan caliente que era imposible poner la mano encima sin quemarte. Incluso ya en las cercanías notabas como la temperatura ambiental subía varios grados.
Decidimos, pues, conocer las aguas termales. El “cutre-spa” montado alrededor de las fuentes estaba cerrado por reformas aprovechando la temporada baja. Nos tuvimos que conformar con dos pozas de hormigón que estaban en el exterior para uso libre. Allí acudían los habitantes del lago a tomarse un baño mientras se aseaban en profundidad. El agua no estaba excesivamente sucia aunque sí extremadamente caliente. Tanto que para nosotros fue imposible meternos. De nuevo el cielo nos avisaba que el chaparrón estaba a punto de caer. Aprovechamos el refugio de un local cercano para descansar, tomar un té con mango fresco y esperar a que descargase la tormenta. Mientras el cielo caía en forma de líquido elemento entablamos conversación con Carmen y Alex, aragonesa y berlinés que se conocieron gracias a erasmus. Habían alquilado una barca para el día siguiente hacer la excursión a Indein, con el fin de disminuir gastos nos apuntamos. Siempre era mejor repartir los 15.000Yth que costaba la barca.
Una vez escampado proseguimos nuestro camino. Visitamos colegios, templos y pueblos hasta casi el anochecer. Los niños te asaltaban entre gritos y saltos que aumentaban cuando veían sacar la cámara de fotos. La cámara de fotos compacta les encantaba por su visor pues les permitía verse en ella, la réflex les sorprendía por su tamaño y objetivo aunque se entristecían cuando comprendían que las fotos que sacábamos con ella no era posible verlas.
Lamentablemente había una gran diferencia entre los niños que no habían estado en contacto con turistas de los que tenían el culo pelado de verlos. Estos últimos instaban desde el principio a que les dieses dinero, incluso alguno hubo que no se dejaba fotografiar si antes no le pagabas. ¡Qué daño hacemos!
Asistir a una de sus clases es enormemente aclarador de la situación que viven diariamente. Si ningún material didáctico sus pupitres vacíos tan solo se usaban como repisa para dejar las ropas. A falta de material la repetición se mostraba como único sistema didáctico válido para enseñar. Incluso la tiza para que la profesora pudiera escribir en la pizarra la mayoría de las veces faltaba. Una y otra vez como si de un coro de voces blancas se tratara los niños repetían la lección hasta la saciedad. Algunos alumnos, los más afortunados, disponían de cuadernos donde habían practicado la caligrafía hasta que sus lápices se habían agotado. Orgullosos corrían para mostrarte las redondas y “chillidanianas” letras birmanas. A pesar de la desazón que causaba ver su escuela, la alegría que transmitían y las ganas de vivir que reflejaban sus ojos te hacían ver la luz y sonreír. Ahora desde casa el corazón se encoge entre sentimientos encontrados. Dureza y felicidad unidas de la mano. Sus ojos llenos de vida, sus risas agudas, sus gritos y saludos aplacan el malestar de una conciencia que se cree responsable.
El día despejó totalmente cuando el sol se ponía tras las montañas. Surgieron entonces los naranjas, ocres, sepias que daban una inusitada intensidad al lago. Los verdes del campo revivieron, así como los azules y rojos sobre un lago en calma que parecía arder. Como en una visión tántrica todo a nuestro alrededor parecía aumentar de tamaño y duplicar su color. El ocaso traía consigo la brisa que agitaba las copas de los árboles. Los niños volvían a casa. Unos andando otros en bicicletas. No dudaban en pararse para no perder detalle de cada cosa que llevábamos. Les llamaban la atención las cámaras, las mochilas, nuestras ropas, mosquetones, nuestros velludos rostros y brazos. Éramos examinados como animales en un zoo. Y a nosotros nos encantaba. Fui un bonito atardecer. Luz y niños. ¿Qué más se podía pedir?.
Al Anochecer
La vida en Birmania se rige por el sol, ahora que la noche estaba cerca los canales se encontraban semivacíos, las pocas barcas que los surcaban se dirigían a casa. Cuando el sol se ocultaba poco más quedaba por hacer excepto esperar al día siguiente. De noche gran parte de la ciudad se encontraba a oscuras, pues no existe el alumbrado público, y la poca luz que hay en la calle proviene de los restaurantes y tiendas dirigidas principalmente al turista que disponen de generadores propios. El resto de viviendas se iluminan gracias a las velas y lámparas de aceite. Reunidos entorno a la titubeante luz las familias charlaban, reían y discutían.
Paseando por la ciudad, tan sólo los más jóvenes se resistían a la ley del Sol y usaban la batería de un coche con fuente de energía para enchufar un radiocasete. Allí fumaban y hablaban mientras escuchaban la música. Los puestos callejeros más que restaurantes se convertían en pequeños clubes sociales donde los asiduos charlaban y reían tras la cena.
La presencia o no de generadores eléctricos en los restaurantes parecía ser el criterio de selección para la mayor parte de los turistas. ¡Que curioso! Aquellos que pagan por tener una cena a la luz de las velas en París, huían de ellas en Birmania y preferían cenar bajo las fluorescentes. Nosotros como no podemos permitirnos las cenas de París nos la dimos en Birmania. Y así entre velas e insectos kamikaze, que terminaban constituyendo la parte proteica, cenamos una generosa sopa de verduras.
Los frontales nos iluminaron el camino hacia el hotel. Un cielo despejado y plagado de estrellas veía como las luciérnagas creaban el suyo propio en los campos. Al amparo de la oscuridad otros animales también reclamaban su espacio: sapos, murciélagos, gatos, polillas…. Animales que habían sufrido la proyección del miedo de los hombres a la oscuridad.
Habíamos quedado a las 7:30 en el embarcadero principal para la excursión de un día por el lago en motora. Estaba claro que el ruido del motor desluciría un poco la excursión pero era la única forma factible de recorrer todos los kilómetros del recorrido en un día. En el Teakwood hotel donde se hospedaban habían reclutado a otro turista alemán, Giorgio, así que los cinco nos dispusimos a iniciar el viaje.
Hacia Indein
El “patrón” de barco conocedor de lo que quería el turista se acercaba sigilosa y lentamente a lo pescadores del lago para que pudiéramos fotografiarles pescando, recolectando algas, transportando hortalizas….La brisa que soplaba al ras del lago hacía el viaje agradable. La primera parada como no podía ser menos era un local de recuerdos cerca de Ywama, donde semanalmente se celebraba un mercado flotante aunque aquel día no tocaba. Ya en la visita a la primera tienda quedó claro que no compraríamos nada así que el guía desistió en llevarnos de tienda en tienda y optó por recorrer los intrincados canales que surcan las orillas del lago. La profundidad de estos es mínima, apenas 50 centímetros por lo que el timonel debía ser muy diestro para evitar encallar. Aún así es imposible ser perfecto conocedor de todos y cada uno de los bajíos de los canales, e irremediablemente terminamos encallados en un banco de arena. El timonel bajó pero se veía incapaz de arrastrar el solo la barca con todos nosotros subidos. Alex y Giorgio bajaron también, mientras nosotros intentábamos mantener el equilibrio en la barca que comenzaba a zozobrar. La fuerza de los tres fue suficiente para sacar la barca de banco de arena y proseguir la navegación. El timonel con los años de experiencia que tenía a sus espaldas de un ágil salto subió a la barca sin que apenas ésta se moviera. No fue igual cuando lo intentaron Alex y Giorgio. Con cada intento de subir la barca corría cierto peligro en volcar. Nosotros nos aferrábamos al borde de la barca clavando las uñas en la madera y encomendándonos a todos los santos habidos y conocidos para no volcar. No se muy bien logramos salvar el desastre y proseguir la marcha.
Indein
Ya en Indein la lluvia nos daba la bienvenida. Nos guarecimos en el mercado y aprovechamos para hacer el “hamaiketako”. La zona arqueológica de Indein es amplia y abarca a varios enclaves desperdigados por las colinas. Iniciamos la exploración por la más cercana guiados por un niño de apenas 10 años. Se autoproclamó guía oficial de nuestro grupo para ganarse unos kyaths fácilmente. Estas ruinas se encontraban en bastante mal estado pero al estar en lo alto de una colina permitían otear el horizonte y hacerse una idea del lugar. Desde las alturas planificamos la ruta que seguiríamos para ver los alrededores. Tras agradecer económicamente al guía su labor, descendimos y nos fuimos al conjunto arqueológico más importante de Indein. Intentamos colarnos y no pagar las tasas por las cámaras. Pero no fu posible, el atento recaudador nos persiguió hasta hacernos pagar. Ocioso como estaba se ofreció gratuitamente a guiarnos por las primeras ruinas que se encuentran en la base de las escaleras que suben al templo, ocultas entre la vegetación. Lo cierto es que la vegetación era tan espesa que posiblemente sin su ayuda no hubiésemos visto en su totalidad aquella zona. Recordaba a Angkor Wat a escala reducida. Los templos hermosamente labrados estaban siendo devorados por la selva. Era curioso pues aquello que la destruía era lo que le daba carácter. Las plantas trepadoras, los ficus estranguladores y la maleza rodeaban a cada templo y lo engullía año tras año. Las estatuas y altorrelieves que decoraban las paredes eran muy similares a los de Angkor Wat. Su belleza artística, su degradación y la devoradora vegetación formaban una imagen muy estética.
El ascenso a la estupa se realizaba a través de una escalera techada que se sustentaba en grandes columnas de madera. Al ser temporada baja la gran mayoría de los puestos estaban vacíos. Sus mostradores de madera se cubrían, en temporada alta, de toda clase de objetos dirigidos al turista habido de recuerdos y bolsillos llenos de dólares. Los otrora insistentes vendedores ni si quiera alzaban la vista ante el paso de los pocos turistas que hasta allí nos acercábamos.
Cuando llegamos al templo la lluvia hizo de nuevo acto de presencia así que tuvimos que esperar sentados en las escaleras hasta que cesó. La estupa central cubierta de láminas de oro se encontraba rodeada de centenares de pequeñas estupas en su día blancas y coronadas con el tradicional paraguas o “hit” de metal, ya roñoso por las inclemencias del tiempo y la falta de mantenimiento. Algunas de estas estupas estaban siendo rehabilitadas gracias a las donaciones de fieles y empresas que lograban así méritos, pero la gran mayoría o bien se habían venido abajo, o en el mejor de los caso mantenían su “hit” en un precario equilibrio. Su aspecto original blanco nacarado había dando paso a un blanco sucio, negruzco y lleno de verdín. Pero este aire tan decadente era lo que le otorgaba gran personalidad al conjunto. Las estupas cubrían toda la ladera de la montaña. Tras las fotos de rigor decidimos volver al pueblo para comer algo.
Eran ya las tres de la tarde y nuestro balsero y nuestro balsero nos llevó al reluciente Templo de Phaung Daw Oo donde se guardaban las balsas de la fiesta del agua. Su interior aloja también tres figuras de Buda muy veneradas en el país. Cada año cientos de fieles varones depositan en ellas finísimas láminas de oro, tantas que actualmente han perdido su forma original y hoy tan solo son tres bolas irregulares de oro. Varias fotografías en la sala ilustran como se ha ido desarrollando la transformación a lo largo del tiempo.
Debíamos volver a casa pues Carmen y Alex aún debían comprar el billete de bus que al día siguiente nos trasladaran a Mandalay. Les advertimos que nosotros los habíamos cogido a las siete de la mañana y que nos habían comentado que tan sólo quedaban dos plazas libres más. Pero ellos no querían ir en autobús nocturno preferían el diurno después de la maña experiencia de Bago. La vuelta a casa se hizo en silencio, solo roto por el motor fueraborda. El que más y el que menos echamos una cabezadita.
Historias
Habíamos quedado a la noche para cenar en un restaurante cercano al canal, pero al ser temporada baja estaba cerrado. Nos fuimos a otro que nos habían recomendado que aunque no aparecía en la LP debían poner muy buena comida. Lo cierto es que aunque era más caro de lo normal, precio turista, la comida estaba deliciosa. Para que Giorgio no se sintiera desplazado conversábamos en inglés. Camionero de profesión tras años al volante necesitaba estar un año sin recibir una sola multa para recuperar todos los puntos del carné y así evitar que se lo quitaran La solución más sencilla que había encontrado para asegurárselo había sido marcharse una año y un mes de viaje. Así cuando volviese habría recuperado todos los puntos y podría seguir trabajando. Ahora veía del Nepal donde había hecho un duro “treking” hasta el campo base que se utiliza para ascender al Everest a más de 5000 metros. Y allí pasamos una agradable velada contándonos anécdotas de este y otros viaje que habíamos hecho. Lo cierto es que debido a nuestra dificultad con el idioma en la mayoría de los viajes nos comportamos como autistas, aunque aquel viaje, igual que en otros muchos aspectos, estaba siendo diferente. Suponemos que la tranquilidad del país, la amabilidad contagiosa de sus gentes, la escasez de turismo y el saberse estar en un viaje único nos animaba a compartir nuestras sensaciones.
Sólo la canoa de remos podía ofrecer una visión relajada del lago Deseábamos que ésta fuera la última imagen del lago que quedara grabada en nuestra retina antes de partir hacia Mandalay. Por 3000Yth durante tres horas recorrimos los canales más cercanos a Nyaunghwe.
En el silencio
Nuestra patrona fue una silenciosa mujer pues no sabía inglés. Sus únicas palabras eran: pagoda, tobaco, ok, beautifull. La barquita era como una cáscara de nuez. De apenas tres metros de longitud, casi eran planas para permitir navegar por los estrechos canales. Esto suponía que la línea de flotación apenas distaba cinco centímetros del borde de la barca por lo que cualquier movimiento brusco podía inundarla. Este riesgo constante te obliga a casi la inmovilidad en el interior de la barca. La visión del lago desde estas barcas es completamente distinta. Recorriendo los pequeños canales los más mínimos detalles del día a día en el lago se desarrollan ante ti. El silencio tan solo es roto por el relajante sonido de agua al ser rota por el remo. La pequeña barcaza sin titubeos y deslizándose por la superficial lámina de agua nos llevó hasta una pagoda en restauración. Como ya habíamos podido comprobar en días anteriores numerosas pagodas estaban siendo restauradas por el gobierno con mayor o menor acierto. La gran mayoría era totalmente destruidos sin respetar estucos ni esculturas. En su lugar se restituían con moldes de hormigón de dudosa calidad. No se respetaba lo antiguo y mucho menos se usaban técnicas artesanales.
Además junto a antiquísimas payas se permitía la construcción de modernas y feas estructuras de ladrillo costeadas por los nuevos ricos de Yangon, que para nada respetaban el estilo tradicional, pero que servían igualmente para conseguir méritos. Seguimos navegando por los canales mientras veíamos como en el lago se desarrollaba toda la vida de esta sociedad. Allí se bañaban, lavaban la ropa, jugaban y hasta meditaban. La siguiente parada fue una pequeña fábrica familiar de tabaco. A pesar de dejar bien claro desde el principio que no fumábamos y que no teníamos interés en comprar tabaco ellas no cejaron en su empeño de enseñarnos su técnica para liar cigarrillos con una sonrisa en la boca. Su habilidad les permitía hacer más de 600 cigarrillos en menos de 8 horas. El filtro lo constituía un canutillo de hojas de maíz secas y papel de periódico. El olor de la hoja de tabaco recién cortada en nada se parecía al tabaco que aquí se vende.
Proseguimos la excursión por estrechos canales que casi eran cerrados por la espesa vegetación. En sus orillas los pescadores faenaban o se dedicaban a reparar las redes cónicas, los campesinos labraban la tierra gana al lago a base de ingenio y esfuerzo, los niños se valían por sí solo tanto realizar sus obligaciones como para hacer tratadas. Como aquellos niños que jugaban en la barca de su padre, y echaban agua al motor con fin de llenar el depósito y poder salir a navegar. Una decena de personas se afanaban en construir una cabaña todos a una. Risas, muchas risas es lo que escuchas cuando te sumerges en la vida diaria de los birmanos. Entre ellos, aunque estuviesen trabajando duro, siempre existía un momento para la hermandad y el humor. La vida acuática siempre tan esquiva sólo dejaba verse en forma de patos algún ave y poco más. Pero eso no nos desanimaba, como tampoco lo hacía la estática posición a la que la inestable barca nos obligaba a estar. La tranquilidad, la quietud y el silencio lo compensaban. Sin darnos cuenta habíamos regresado al canal principal lo que anticipaba que el viaje tocaba a su fin.
Camino a Mandalay
Era mediodía así que aún teníamos tiempo de sobra hasta las cinco de la tarde que debíamos partir hacia Shwenyaung donde esperaríamos al autobús a pie de carretera. Pasamos por la Teakwood House para visitar a Giorgio, Alex y Carmen. Habían decidido tomarse el día sabático tomando zumos y leyendo en la terraza del hotel. Finalmente nos acompañarían aquella noche hacia Mandalay, pues el viaje diurno se hacía en una furgoneta por lo que el viaje podía resultar una auténtica tortura. Viajar en una minivan en este país es como hacerlo metido en una coctelera. Por cierto ellos habían pagado 8000Yth por el asiento, 1000Yth más barato que nosotros. Existía la posibilidad de subir en pickup hasta la parada de bus. Sin embargo ello suponía correr el riesgo de que ninguna pickup subiese o la que lo hiciese fuera llena. Para asegurarnos y aprovechando que íbamos los cuatro, Giorgio se quedaba unos días más, nos decantamos por el taxi que nos recogería a las 17 horas. Fue necesario reservarlo con tiempo. Las cinco de la tarde es una hora crítica para estos menesteres ya que es la hora en la que las familias se reúnen para cenar, pudiendo no encontrar un taxi operativo a esas horas. Nos daba mucha rabia tener que pagar 6000Yth por apenas 11km pero como no había más opciones se aprovechaba de ello.
Una vez sentados en una “tea-shop” en la carretera principal a las afueras de Shwenyaung no quedaba otra cosa más que esperar. Nos indicaron que el autobús haría su aparición “entre las 6 y las 7 en función del tráfico”. Charlamos animadamente hasta las seis y media que apareció el bus. Llegaba a rebosar de gente. Por aire acondicionado tenían las ventanas abiertas. Nos sentamos justo delante de unas jóvenes de origen indio en plena edad del pavo. La música pop resonaba a todo volumen en el interior. El inicio de viaje fue divertido pues bailábamos en el asiento al son de la música mientras las jóvenes indias nos pasaban notas con piropos escritos en inglés. Hasta que comenzó el paso por las montañas y Gortxu comenzó a marearse. Entonces me vi obligado a doparle y se acabó la fiesta.
Nos esperaban 10 horas de viaje que resultaron ser un tanto torturadoras pues en cuanto la temperatura bajo a los “geladores” 24ºC de la noche los birmanos comenzaron a cerrar las ventanas, ¡no fuera que cogieran frío!
Nosotros tuvimos un poco más de suerte pues la que estaba delante abría la ventana cuando vomitaba, cosa que agradecíamos doblemente pues refrescaba el ambiente y disipaba el olor.
Y así pasamos una noche más en las carreteras birmanas, sin apenas dormir, empapados en sudor y teniendo la sensación de que jamás volveríamos a poder estirar completamente las piernas y ponernos de pie.