VIAMEDIUS. Relatos de viajeros como tu

De Kalaw a Inle

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

El guía resultó ser el hermano de la hospedera. Un hindú de 46 años con larga barba y cuerpo marcado por las poses y modos del yoga: tripontxi y encorbado. Nos comentó que llegar a las "aguas termales" en esa época del año era bastante dificultoso por el barro. No quedaba más remedio que terminar en Indein. Las maletas irían por su propio camino, en principio nos recomendoó el el Gypsi Inn por ser bastante nuevo y sus dueños muy serviciales. Parecía estar bien así que accedimos. En caso de no gustarnos , una vez allí, siempre podríamos cambiarnos. Robin, que así se llamaba el guía, posiblemente porque sus 48 años pesaban ya sobre sus espaldas, se hacía acompañar de un ayudante de nombre impronunciable para nosotros, al que terminamos apodando "serpa". Pues sus atenciones, servicios y diligencia hicieron que la aventura terminara en buen puerto.


Dia 01
Salimos a las 9:30, un poco tarde, pues debíamos estar en el primer punto de descanso para el almuerzo a las 12:30. Decidido a cumplir horarios, Robin inició la marcha a buen ritmo. Al principio podíamos seguirle pero en más de una ocasión nos tocaba correr unos metros para no perderle el ritmo...¡ni de vista!. Así que, casi que ni hablar de sacar fotos o filmar. Sin embargo, había tanto que reflejar en fotos que no podíamos sustarernos de la tentación de parar y fotografiar, a pesar del riesgo de quedar descolgados. Tan solo nuestro solícito serpa se quedaba a medio camino para que no nos despistáramos. Al inicio el paisaje era bastante arbolado aunque se veían las heridas de la deforestación. Robin nos contó que siendo el niño todo Kalaw estaba rodeado de un espeso bosque donde era posible cazar ciervos, osos e incluso tigres. Pero la intensa caza "deportiva" y la deforestación masiva hicieron que los grandes mamíferos huyeran del lugar. Ahora esporádicamente tan solo es posible ver algún oso desterrado. Lo cierto es que Robín era una auténtica enciclopedia andante o mejor dicho un herbario, pues conocía un montón de diferentes plantas de las cuales se podían extraer brebajes o cataplasmas para un sinfín de afecciones. Él no hacía más que señalar plantas, nombrarlas, decir para que se usaban y a continuación nosotros las probábamos. Y si la planta o fruto estaba en un lugar de dificil acceso, nuestro serpa se despojaba de su pesada mochila y accedía allá donde fuera preciso para recolectar frutos. Incluso en alguna ocasión tuvimos que agarrarle para que no intentara subir a algún árbol pues corría serio peligro de despeñarse, tal era su fervor por complacer que rozaba la temeridad. Así, a pesar del ritmo infernal, pudimos degustar distintos tipos de jenjibres, pimienta y otras plantas de nombres desconocidos. La mañana transcurrió en una dinámica de marcha forzosa donde Robin señalaba, serpa recogía y nosotros comíamos. Por fín llegamos al punto de encuentro, que resultó ser una básica cabaña donde vivía una familia de la etnia palaung, y que ofrecía unas fantásticas vistas sobre los alrededores al estar situada en una atalaya. Allí coincidimos, por primera vez, con el resto de la gente que estaba realizando esa misma ruta. Una pareja de israelíes, que resultó ser bastante antisocial y ñoña. Otra pareja anglo-francesa, ella trabajaba para la embajada francesa en Beijing y él era una arquitecto. La última pareja inglesa llevaba su sexto mes de viaje de un proyecto de ocho. Cada pareja con su respectivo guía. Ideal pues así, a pesar de hacer el mismo recorrido, no coincidiamos durante las marchas y sólo nos veíamos a mitad y al final de cada jornada. Tras una básica pero fantástica comida, sin apenas haber reposado, Robin "nos ordenó" ponernos en marcha y continuar. La salida de los grupos debía ser progresiva para no coincidir. Dicho y hecho, tal fue así, que a mí que al levantarme se me engancho la mochila en el banco, para cuando la lliberé ya los había perdido. El resto de la gente se divirtió mucho al ver mi cara de desesperación, incredulidad y cabreo. Escopetado corrí ladera abajo gritando sus nombres, cual Heidi tras Pedro y Niebla.

A la mañana pensamos que el ritmo frenético estaba impuesto por el retraso que habíamos acumulado al tener que hacer las comprar del abituallamiento en el mercado de Kalaw. pero por la tarde el ritmo se mantuvo a pesar de estar sobre el horario marcado. Estaba claro que iba a ser muy duro. Sin embargo merecía la pena ver los arrozales, aún sin plantar, siendo arados en un duro trabajo entre hombre y bestia. Una forma de cultivar la tierra totalmente olvidada en nuestro país. Todo, absolutamente todo era manual en un territorio anclado en siglos pasados. Desde arar la tierra hasta moler el arroz. Cada cosecha cada alimento se obtenía con el sudor de la frente y el dolor del cuerpo. Y a pesar de tan duro trabajo no les importaba tener que cesar en su quehacer para posar ante nuestras cámaras, siempre con una amplia sonrisa en la boca.

Sobre las 16:30 llegamos al poblado donde pasaríamos la noche durmiendo en el suelo de una rústica cabaña. Todos juntos…bueno menos el serpa que insistió dormir en la cocina “pues roncaba mucho”. Como aún nos quedaba dos horas de luz, le dijimos a Robin que marchábamos a dar una vuelta por el poblado. Nos replicó que solos no podíamos ir pues había perros peligrosos por el poblado, “la dama de la casa” nos acompañaría. Ésta cesó de preparar el fuego para la cena, se calzó sus chancletas y se dispuso a servirnos de guía. Supongo que todo se debía al pavor hacia las represalias del gobierno si algo nos ocurriera, pues lo cierto es que durante los tres días de senderismo no nos dejaron ni a sol ni a sombra.

La pobre mujer no hablaba nada de inglés y no sabía que hacer con unos invitados tan extraños que querían visitar un poblado que a ella le parecía de lo más normal. Así que nos llevó a visitar a su familia. Primera parada en la casa de la hermana, que no pudo reprimirse en tocar nuestro velludos brazos. Luego nos llevó a su propia casa y finalmente a la de su madre. Allí se encontraban tres de sus cuatro hijos. Los niños ya estaban cenando. Nos sentamos en el suelo junto a ellos con unos vasos de té que aunque de cristal, no eran traslúcidos. La estampa era de lo más curiosa, rodilla con rodilla estábamos rodeados de pollos, gallinas y un cerdo que no dejaba de gritar, mientras la madre despiojaba a su hija con absoluta naturalidad. Ambos impertérritos mirábamos al frente viendo a los pollos picar el suelo como si fuese la cosa más interesante del mundo. Después de hacer la “toilete” a su hija decidió que ya era hora de volver a casa.

Justo frente a nuestra cabaña se encontraba un muchacho de unos 25 años moliendo el arroz en un gran mortero, suponemos que como Robin nos podía ver desde la cocina, donde estaban preparando la cena, nos permitió a cercarnos a él. Viéndonos llegar cámara en ristre comprendió que debía actuar para esos occidentales tan llamativos. Comenzó entonces a moler con todas sus fuerzas el arroz. La maza, que debía pesar bastantes kilos, caía ruidosamente sobre el arroz, levantando nubes de arroz al molerlo. El no cesaba en su actuación a pesar de caerle enormes gotas de sudor por la cara debido al esfuerzo continuo. Apiadándonos decidimos dejar a un lado las cámaras y ayudarle en la tarea, no tanto por quitarle trabajo sino más bien para que se riese viéndonos moler el arroz tan torpemente, y a fe que lo conseguimos.
Comenzó a levantarse viento y unas sospechosas nubes aparecieron tras las montañas. La luz disminuyó bruscamente en intensidad y en pocos segundos el cielo se desplomó literal y realmente sobre nuestras cabezas en forma de agua. Era espectacular en el interior de la cabaña, sentir como el agua caía sobre el tejado de paja trenzada y el viento azotaba las maltrechas paredes de bambú. La cabaña era básica, elevada sobre pilares para evitar las inundaciones y animales, se constituía por 2 estancias. La cocina donde estaba el fuego bajo y la habitación más grande que hacía las veces de comedor y dormitorio. Tanto las paredes como el suelo estaban hechos de bambú trenzado, ideal para la época estival cuando el calor azotaba. Pero durante los meses de invierno cuando la temperatura cae a 5-10ºC, se nos hacía imposible imaginar poder vivir allí. Y sin embargo así lo hacían.

La cena transcurrió a la luz de las velas sentados en el suelo alrededor de una mesa baja. Tanto Robin como Serpa desestimaron la oferta de cenar con nosotros. La cena consistió en una magnífica sopa de soja, diversos currys, arroz y mango. Una vez finalizada la cena, Serpa recogió los platos y se sentó junto a Robin para la sobremesa. Serpa nos contó resumidamente su agitada vida. Sufría de malaria contraída durante el periodo que trabajó en las selvas del norte, cortando grandes árboles de teca que tan pronto caían al suelo eran transportados a China. Tenía 32 años aunque aparentaba mucho más, y ya había sufrido cuatro ataques fuertes de malaria. También había trabajado para el gobierno restaurando estupas. Fue durante un periodo muy corto pero muy bien remunerado. Durante los incidentes del 8-8-88, él se encontraba en Yangon, y al igual que otros muchos birmanos tuvo que huir corriendo por las calles mientras las balas silbaban tras él. Afortunadamente salió ileso. A lo largo de su vida había andado de aquí para allá buscándose la vida en los más variados oficios. Ahora se había asentado en Kalaw trabajando de todo un poco durante la temporada baja y viviendo del turismo durante la alta. Su máxima ilusión sería conseguir una novia, nos confesaba entre tímidas sonrisas. Aquella era la vida de Serpa, tan dura como la de muchos birmanos y marcada por un gobierno totalitario.
La hermana de “la dama de la casa” se casaba a día siguiente en un poblado muy cercano. Al evento estaban invitadas más de 600 personas de la comarca. Para amenizar la progresiva llegada de los invitados la música sonaba ya 24 horas antes del bodorrio. Eso incluía tanto el día como la noche. Así que a pesar de encontrarnos en mitad de la nada aquella noche nos tocó dormir con los tapones. Eso sí nuestros maltrechos cuerpos estaban tan agotados que dormimos de un tirón.


Día 02

Apenas había amanecido y Serpa ya nos tenía preparado el desayuno. A él no le hacía falta reloj le bastaba con oír a la naturaleza. Así la medianoche la marcaba el sonido de un tipo de pájaro particular y las 4 de la mañana, preámbulo del amanecer, era anunciado por el canto progresivo de los pájaros. Esta sociedad aún conservaba el íntimo contacto con la naturaleza que nosotros habíamos perdido hace tiempo. De algún modo comprendíamos los sentimientos que Tolkien quería transmitir en su trilogía de “El señor de los anillos”, cuando veían como la industrialización de finales de XIX arrancaba al hombre del regazo de la madre naturaleza.

De nuevo la mañana transcurrió entre carreras, plantas y diversos poblados. Acababa de comenzar la época de lluvias, lo que significaba que la actividad en el campo era frenética. Así por los poblados que pasábamos parecían desiertos pues los niños se encontraban en el colegio y los padres labrando. El silencio del poblado solo era roto cuando nos acercábamos al edificio que albergaba la escuela, ya que de allí surgían las repeticiones cacofónicas de los niños aprendiendo a leer. Carecían los medios más básicos para la educación por lo que esta se basaba en la repetición eterna de las palabras.

Como de costumbre llegamos al punto de encuentro una hora antes de lo previsto. Comenzábamos a odiar a Robin pues imponía un ritmo que apenas nos dejaba disfrutar del paisaje. Lo cierto es que lo hacía para evitar coincidir con el resto de grupos, y que aquello pareciera más la marcha popular anual de subida a Pagasarri que un senderismo por Birmania. Además el lugar solo poseía una cocina que no daba para hacer la comida para los ocho. Debíamos llegar escalonadamente. Cuatro horas de caminata habían hecho que el desayuno estuviera ya en los pies. El generoso almuerzo fue degustado con ansias. Ya habíamos terminado de comer cuando el resto de grupos fue llegando.
Nos esperaban otras 4 horas de caminata entre campos de arroz hasta llegar al monasterio donde dormiríamos aquella noche todos juntos.

El monasterio estaba habitado por 22 niños y tres adultos. Se hallaba en un enclave idílico entre montañas cubiertas de bambú. Arquitectónicamente el edificio no decía mucho. Lo más llamativo era su tejado múltiple que se recortaba tras el frondoso bambú. Habíamos llegado 1 hora antes que el resto, eso nos otorgaba el dudoso privilegio de ser los primeros en usar las duchas. Se trataba de dos bañeras de obra al aire libre tabicadas hasta una altura del cuello. Comunicadas por un pequeño agujero en el lateral, debían ser llenadas mediante una bomba manual que sacaba el agua de un gran depósito donde se acumulaba el agua de lluvia. Asados de calor tras cuatro horas de caminata, ducharse en la calle a base de cacerolazos de agua fría era una recompensa un tanto extraña. Mientras nos bañábamos, en bolas, llegó la pareja inglesa. Él sin preocupación fue el primero en ducharse, ella más vergonzosa, a pesar de que el muro protegía su intimidad, tardó un poco más en hacerse a la idea que aquello era lo que había.
Tras la ducha nos dispusimos en la terraza para ver jugar a los muchachos al fútbol en la explanada que había frente al monasterio. Posteriormente mientras hacían sus rezos marchamos a una cabaña anexa que hacía las veces de cocina y comedor. La cocina disponía de tres fuegos de leña que permitían a los guías cocinar a la vez. El comedor se hallaba justo al lado sobre una plataforma de madera elevada cubierta de esterillas de bambú. Los ingleses nos chivaron que monte arriba había una tienda donde era posible comprar cerveza y Robin nos recordó que no podíamos tomarla en el interior del monasterio pero que en el comedor no habría problemas. Para que se enfriaran las colocamos de pie en el pozo que usaban para recoger el agua para cocinar.
En el interior del monasterio, en la propia sala de rezos, en una esquina y compartimentados por mamparas de bambú trenzado y sábanas colgantes estaban nuestros cubículos nocturnos para dormir. Sobre el suelo alfombrado dos colchonetas hacían las veces de cama.

Al caer la noche nos avisaron de que la cena estaba lista. Nos acercamos al pozo a coger las cervezas, pero con la oscuridad, ¡oh! sorpresa ya no se veían. Intentamos cogerlas a ciegas pero con el vaivén del agua a recoger el agua se habían volcado. Inclinándonos todo lo que podíamos sobre el borde del pozo no llegábamos a tocar el fondo por unos centímetros escasos, pero los suficientes como para no poder coger las botellas tumbadas. Intentar pescarlos con el cubo era básicamente imposible. Pero de nuevo surgió la amabilidad birmana para solucionarnos el problema. Uno de los guías nos dijo que él se zambulliría de cabeza en el pozo y sacaría las botellas, pero que nosotros tendríamos que sacarle a él tirando de los pies. No nos dio tiempo a decir que no pues se lanzó de cabeza al pozo. Con un brazo apoyado en el fondo del pozo mantenía la perpendicular, mientras con el otro tanteaba en busca de las cervezas, en cuanto encontraba una, sacaba el brazo del agua botella en mano y nosotros le alzábamos desde los pies para sacarle. Así fue sacando una a una las cervezas. Una bebimos nosotros, otra se la dimos a nuestro rescatador que la compartió con el resto de guía, y la tercera se la dimos a Serpa ya que Robin no bebía alcohol. Esta vez comimos los cuatro grupos juntos echándonos unas risas compitiendo por cual plato estaba mejor decorado o sobre cual menú tenía mejor pinta. Fue una velada, nunca mejor dicho pues la luz provenía de numerosas velas, de lo más agradable.
Después de la cena fuimos a cepillarnos los dientes tras unos matorrales. De nuevo pudimos disfrutar del increíble espectáculo de las luciérnagas.
Sobre las 22 horas fuimos a dormir. Los monjes estaban rezando en el interior. Lo malo es que lo repetirían a la medianoche y a las tres de la madrugada, sin olvidarnos del reloj que religiosamente tocaba cada hora acompañado por un monje que lo acompañaba golpeando con un palo.


Día 03

La salida de la mañana siguiente fue retrasada por un fuerte aguacero de primera hora. Era el último día de senderismo y mucho más relajado pues casi todo el camino era bajada. Como la idea era finalizar todos juntos, esta vez Robin no impuso su marcha militar y fuimos cruzándonos durante todo el trayecto los distintos grupos. A Serpa se le rompieron sus zapatillas de lona así que hizo la mayor parte del recorrido descalzo. ¡Y aún así se resbalaba menos que nosotros! El paisaje había cambiado. Era más rocoso. Unas numerosas y negras piedras negras salpicaban el estrecho valle por el que descendíamos.
La vida rural en Birmania es muy dura. No pagan impuestos al gobierno, sólo lo hacen los habitantes de las ciudades, pero todo corre a cargo de ellos; canalización de aguas, desagües, carreteras…esto hace que el desarrollo rural este en época de la Edad Media europea. Además la intensa tala y el clima tropical hacían que bastas extensiones de tierra sufrieran enormes desprendimientos y corrimientos de tierra que junto con la erosión vuelven baldías las tierras dificultando aun más la supervivencia.

Para las 12 del mediodía ya estábamos almorzando “noodles” en un pequeño “cafe-shop” que había junto al embarcadero de Indein. Cada grupo salimos en barcas distintas hacia el norte del lago donde se situaba la ciudad de Nyaungshwe campo base para explorar el lago.

Galería fotográfica

[Preparando] Preparando
[Bajo las faldas] Bajo las faldas
[Argiñano] Argiñano
[5 estrellas] 5 estrellas
[Escena] Escena
[Protección] Protección
[Monasterio] Monasterio
[Jugando] Jugando
[Trabajo fugaz] Trabajo fugaz
[Barro] Barro
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