VIAMEDIUS. Relatos de viajeros como tu

Bago, túnicas de azafrán

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

¡Lo que es la tecnología!. Gracias a GoogleEarth conocía, sin haber estado nunca, parte de la ciudad de Bago. Al llegar pude reconocer la torre reloj, que se sitúa en la carretera principal, y saber que habíamos llegado antes de que nos lo dijeran. Estábamos expectantes pues no sabíamos qué nos ofrecería el país.


De momento, aunque las calles de tierra estaban embarradas y con enormes charcos el sol nos saludaba tras unas nubes, que parecían correr por el cielo. Todo era distinto. El cableado por el aire como ovillos unía unos edificios con otros. Cableado de electricidad, telefónico y otros sin especificar en una orgía omnipresente que estaba allá donde miraras. No había aceras ni nada similar, unos bloques de hormigón, esparcido por la carretera y precariamente alineados sin orden ni concierto, separaban la carretera de la zona de los peatones por donde también circulaban, como no, bicicletas, carros, trisaw....Era fácil percibir que la ciudad carecía de los servicios mínimos.

La oferta hotelera en Bago es excasa así que nos decidimos por el Miranda Hotel pues es el que mejor relación calidad precio parece tener. Entendieron que 8$ sólo nos daba derecho a una habitación trasera sin ventanas, excepto la del baño, que en un principio agradecimos pues nos libraba del infernal ruido de la carretera principal.

Aunque a la noche lo lamentamos cuando comprobamos que el generador de energía auxiliar estaba junto a nuestra habitación haciendo un ruido enorme. En principio la habitación era con ventilador y aire acondicionado aunque la luz iba y venía sin previo aviso por lo que la mayor parte del tiempo estaba parado. El generador auxiliar sólo abastecía lo suficiente como para mantener las luces del hotel. Nos habían aconsejado dejarnos llevar por la disposición de los birmanos, así que nos dejamos llevar. Preguntamos a la guapa y siempre sonriente recepcionista cuál era la mejor forma de llegar a Kalaw. Nos comentó que existían dos posibilidades: el autobús estatal, algunos con aire otros no, y otra empresa privada que hacía el mismo servicio por 15.000Yth (2.000Yth más que el del gobierno) pero te aseguraban aire acondicionado y "mayores posibilidades de llegar". Cogimos los billetes, la recepcionista nos aseguró que era el mismo en toda la ciudad y ¡porqué no creerla!. Nos dispusimos a visitar Bago.


Zapateando la ciudad

No nos apetecía comenzar el viaje turisteando así que descartamos pagar la tasa de 10$ que había que abonar para tener derecho a visitar todos los monumentos de la ciudad, por no mencionar que odiábamos llenar las arcas de la Junta militar. Durante nuestro primer paseo fueron varios los jóvenes birmanos que nos ofertaron una excursión en motocicleta por los monumentos para verlos desde fuera. La idea no era mala pero no nos gustó el precio: 10$. Nos contrarió esa extraña coincidencia con el precio del gobierno. Era ponernos contra la espada y la pared. Forzarnos a decir: "No voy a dar los 10$ a la Junta de gobierno, prefiero dárselo a la población". Cierto, pero, 10$ es un precio hinchadísimo para la excursión, por no hablar que supone crear una gran diferencia entra las personas que tienen moto y hablan inglés del resto de ciudadanos, tan pobres como ellos pero que tienen menos posibilidades de subsistencia pues no pueden recurrir al turismo. Los abusos son malos y agitar las conciencias sin reparos peor, así que optamos por patear y gastarnos esos 10$ cada uno bebiendo, tomando café comiendo o comprando hasta hartarnos en los muchos puestos que había a pie de carretera. Al fin y al cabo lo bien repartido mejor sabe.


Iríamos dando un paseo hacia la Shewemawdaw Paya. Con el mapa sacado de GoogleEarth era fácil guiarse. Dos hermosos leones custodiaban la entrada que conducía hasta la reluciente paya, que bajo el sol abrasador lanzaba destellos dorados cual faro de secano. Al menos desde fuera no creímos que mereciera la pena pagar por ella, al fin y al cabo otra cosa no habrá en Myanmar, pero de pagodas está más que sobrada. Una vendedora de postales, a pesar de no haberla comprado nada, nos "chivó" que el guardia estaba fuera y que podíamos entrar sin problemas por la puerta lateral. Aunque la creímos, pasear por el interior del templo temiendo tener problemas en cualquier momento con la autoridad birmana no nos atraía demasiado.


Seguimos caminando hacia el este, no dejando escapar detalle de cada una de las escenas cotidianas que se desarrollaban a nuestro alrededor. Llegamos así a una pagoda levantada en lo alto de una colina desde la que, entre árboles, se veía parte de Bago. Subimos la escalera de acceso techada con los pies desnudos. El templo no era muy bonito pero se compensaba con las vistas y con la brisa que corría por sus pasillos. A la salida, junto a las baldas donde se dejaban los zapatos al entrar, una gran urna incitaba a llenarla de donativos. Nos disponíamos a colaborar con la causa cuando una de las cuidadoras del recinto nos indicó, mediante señas, que mejor no metiéramos el dinero en la urna, que era suficiente con dárselo a ellas. Una sonrisa de complicidad asomó a nuestras caras lo que produjo una carcajada conjunta de todas las allí implicadas. Lo bien repartido.....


Observando bajo la lluvia

De camino al centro nos detuvimos en un puesto de carretera con la intención de tomar un refrigerio. Sentados en unos taburetes bajos de plástico, sobre un desnivelado suelo de tierra y bajo un improvisado parasol de lona azul, que hacía las veces de persiana cuando el local estaba cerrado, pedimos "algo para tomar". Aunque el mostrador estaba llenos de botellas de refresco vacías hacía tiempo que no tenían mas que té o café. Nos decantamos por unas tazas de té con leche condesada. Allí estábamos los dos sentados a 30cm del suelo viendo la vida pasar, entre humeantes vapores de té, mientras a nuestro lado la vida de aquella familia birmana discurría como si estuviesen en el interior de una casa. Ella lavaba los platos, mientras él jugaba con la niña y la abuela intentaba arreglar unos pantalones que hacía tiempo pedían una jubilación por estrés.


Siempre tan atentos, en cuanto se alzó algo de viento, nos facilitaron unas sillas altas para evitar que el polvo que se levantaba con las rachas de viento entrasen en nuestros ojos. El cielo se encapotaba por momentos y las nubes tenían un gris plomizo que no anunciaban nada bueno. Unos lugareños llegaron para tomar un té, el dueño sabiamente les juntó a nuestra mesa, en la zona más interna del toldo que se desplegaba sobre la acera delante del improvisado puesto. La agitación en la calle aumentaba por momentos, la personas, bicis y motos se movían a un ritmo mayor del habitual. Los uniformados escolares acaban de terminar sus clases. Casi corriendo se dirigían hacia sus casas huyendo de un enemigo aún no presente. Vestidos de verde y blanco apretaban sus libros contra el pecho mientras que en la otra mano libre portaban sus fiambreras de aluminio ya vacías. Apenas cuatro gotas fue todo el preámbulo antes de que el cielo callera sobre sus cabezas. Como si de una compuerta allá arriba se hubiera abierto, decenas de litros de agua caían inmisericordiosamente sobre todo aquel que no había tenido tiempo para refugiarse. Durante media hora el diluvio cayó sobre Bago para disfrute de los más pequeños, que sin supervisión, se dedicaban a emponzoñarse en los nuevos y espectaculares charcos que salpicaban toda la carretera. Al mal tiempo buena cara así que optamos por una segunda taza de té.


Aquella noche cenamos en un chino junto al río. Cual presos hicimos la única llamada que teníamos pensado hacer desde Myanmar a casa, pues las tarifas (5$/min) no permitían mayor desahogo telefónico. La luz se iba constantemente así que dormimos entre ruidos y pitidos del generador. A media noche otra impresionante tromba de agua nos sacó de los brazos de Morfeo. El agua caía directamente sobre el generador lo que provocaba impresionantes arcos voltaicos que iluminaban la habitación a través de la ventana del baño.

Debíamos madrugar para poder ver la larga hilera de monjes, cientos de ellos, que con sus cuencos vacíos recorrían la ciudad para recoger la comida que la población les daba al amanecer. Eran las 5 de la mañana y en el exterior apenas había luz para poder sacar fotos con la réflex. Guiándonos por el gong anunciador serpenteábamos por entre las calles para alcanzarlos.


La marcha azafran

Rápidamente pudimos verlos. Como una auténtica hilera de hormigas rojas, decenas de monjes en formación rigurosa recorrían las calles parando allí donde sus habitantes salían para llenar sus cuencos con arroz. Disciplinadamente avanzaban sin hablar entre ellos y manteniendo una estrecha distancia solo rota cuando alguno se debía parar para recibir el diezmo. El devoto para hacer méritos iba repartiendo su cazuela de arroz hervido entre los monjes hasta que esta quedaba vacía. Recorrían también las principales calles. Incluso el intenso trafico de la carretera principal de Bago los respetaba cuando éstos cruzaban. Durante algunos minutos la ciudad se paraba para mostrar su respeto a esta llamativa hilada de azafrán. Aún así, los pocos que osaban interrumpir tan interminable procesión debían reverenciarse al cruzar la hilada como muestra de respeto. No hay mejor sitio en Myanmar para disfrutar de este espectáculo.


Mercado central

A su paso por el mercado central les dejamos dirigiéndose al monasterio, pues volveríamos a encontrarnos a las 11 cuando se reunieran todos para comer.
¡Y pensar que hace 8 años nos sorprendió y escandalizó el estado higiénico del mercado central de Atenas! Aquel parecía ahora un centro de alta tecnología comparado con este de Bago. Un mercado que posiblemente no haya cambiado mucho en decenas de años. Era la primera vez que veíamos pequeños “botafumeiros” colgados por los puestos del mercado. El intenso olor a incienso y sándalo que emitían, muchas veces se quedaba corto para mitigar el hedor de algunas zonas del mercado. Especialmente aquella que se dedicaba a la salmuera. El mercado, como era propio, se dividía en secciones: cárnica, pescados, plátanos, cocos, verduras…Cada área tenía sus particularidades y su olor característico. Así la zona de cocos era la más inodora pero suponía andar en un suelo adoquinado de corteza de coco de varios centímetros de espesor. La de hortalizas variaba desde el agradable, y aquí olvidado, olor de los tomates hasta el intenso hedor de la fruta putrefacta tirada en las esquinas.

Pero la zona más dura para narices sensibles era la del pescado en salazón. El fortísimo olor a pescado inundaba toda la zona y ni siquiera los quemadores de incienso eran capaces de amortiguar el aroma. En enormes baldes de plástico se amontonaban en interminables pero perfectos conos una mezcla de pequeños peces semitriturados con sal, consiguiendo una pasta nada apetecible a simple vista. En cierta forma no dejaba ser lo mismo que nuestras higiénicas y civilizadas pastillas de caldo, pero elevadas a la enésima potencia de sabor y olor. El ngapi aporta a las comidas un sabor muy especial.

Era deslumbrante la cantidad y variedad de frutas y hortalizas para nosotros desconocidos, al igual que los innumerables pescados a cada cual más sorprendente y extraño. Por no hablar de las infinitas variedades de curry, especias y semillas.
Bago a pesar de ser una ciudad importante no recibe demasiado turismo así que sus ciudadanos aún no acostumbrados al contacto con extranjeros se sorprenden de nuestra presencia. A cada paso debemos responder a los saludos que a diestro y siniestro nos dispensan desde los puestos. Nos sentimos como monarcas en un pasamanos. Nosotros les parecíamos mucho más exóticos de lo que ellos nos parecían. Risas, cotilleos y algún que otro grito inundaban los puestos a nuestro paso. Los laberínticos pasillos se sucedían uno tras otro entre un estresante ir y venir de gentes. Como hojas en un río embravecido nos dejábamos llevar de un lado a otro pues cualquier puesto era sorprendente e interesante.


Almorzando en el monasterio

Se acercaba la 11 de la mañana así que emprendimos la marcha hacia el monasterio. Aún era pronto y los encontramos sacando los cuencos de caldo hirviendo que más tarde mezclarían con el arroz hervido. Frente al enorme comedor que albergaría a más de 500 monjes se hallaban 4 enormes cacerolas de unas espectaculares dimensiones, aproximadamente 1´60 de altura por 1m de diámetro, llenas de arroz blanco.

A las 10:45 y en respuesta a la llamada del gong los monjes fueron tomando posición en las dos grandes hileras que se habían formado a la entrada del comedor. A las 11 en punto una campana fue golpeada 4 veces ante lo cual todos los perros del monasterio comenzaron a aullar y los monjes a desfilar hacia el comedor, pasando previamente entre las enormes cacerolas para coger sus respectivas raciones de arroz. Una vez en el interior y sentados alrededor de mesas redondas comían en absoluto silencio. En apenas 40´ los monjes volvían a salir de comedor para realizar sus quehaceres diarios, sabiendo que no volverían a ingerir alimento alguno hasta el día siguiente.


Camino a Kalaw

Antes de partir queríamos comer algo pues no sabíamos como tendría programadas el autobús sus paradas. La recepcionista nos había dicho que el autobús llegaría sobre las 14:30 así que para las 14:00 ya estábamos esperando en la terraza del hotel. Apenas 10´ más tarde nos avisó de que el autobús había llegado. Nos esperaba un largo viaje por carretera de 14 horas. Pero lo cierto es que el aire acondicionado, el estado de la carretera y la distancia amplia entre asientos nos hicieron el viaje mucho más llevadero de lo que en un primer momento creímos. Por supuesto no faltó la película tailandesa de artes marciales, el dramón birmano y la música regional a todo volumen. Entre baches, gritos, gallos y alaridos conseguimos dormir unas horas. La carretera estaba en mucho mejor estado del que pensábamos, y era tan ancha que permitía holgadamente la circulación en los dos sentidos. Días después coincidimos con otros viajeros que habían hecho el mismo viaje al día siguiente, no supimos si cogieron la misma compañía que nosotros u otra, pero lo cierto es que su viaje fue bastante más incómodo, debido a la estrecha separación entre asientos. Por aire acondicionado tenían las ventanilla abiertas y tuvieron que vérselas con las goteras del techo cada vez que llovía.

 

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