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La cenicienta del sudeste asiático

[Gortxu y Ra]

Gortxu y Ra

[*][*] Fundador - Viajero habitual

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Datos del viaje

Cuando uno se plantea un viaje al subcontinente asiático inmediatamente se proyectan en nuestra retina decenas de imágenes: bellos templos budistas, paisajes de ensueño y gentes sonrientes. Comienza entonces el muestrario de posibilidades. ¿Será la sempiterna Tailandia la elegida?, ¿Acaso la desconocida Myanmar?, ¿O el estimulante Vietnam?, ¿La trágica Camboya?, ¿La sugerente Laos? ¿O quizás la relajante Indonesia?

 


Muchas posibilidades, muchas dudas. Y sin embargo en este mapa tan sugerente, con frecuencia un espacio queda vacío. Una gran olvidada, que a pesar de sus encantos queda siempre eclipsada por sus coloristas e histriónicas hermanas. La "non grata" del sudeste asiático debe alzar su voz para poder ser oída. Quizás necesite de un hada madrina que permita publicitar sus encantos, quizás el boca a boca logre hacer conocer sus encantos.

Y es que uno de los valores más grandes de este país es su mesura. A pesar de haber tenido un pasado cruel lleno de guerras ocupación y colonialismo, a pesar de estar formado por culturas diametralmente opuestas, a pesar de poseer una voraz economía de mercado, está construyendo un país.


Lo ha hecho sigilosamente, como una hormiga recogiendo grano poco a poco, con paciencia, con buen hacer y con templanza. Así "La Cenicienta" del sudeste asiático, se constituye como un aglutinador de virtudes consiguiendo aunar en un solo país culturas tan dispares como la islámica, la china, la hindú y la cristiana. Este compendio de culturas se unen en un mosaico de disparidad y diversidad difícilmente igualable por el resto de países de su entorno. En pocos paises del sudeste asiático es posible ver tal amalgama de razas, culturas, lenguas y artes como en aquí. Esta herencia pretérita le viene dada por su enclave, en pleno centro del continente.


Así el Islam se asentó en esta península como puerto franco del comercio, y al olor del dinero acudieron los imperios colonialistas portugueses, holandeses e ingleses. Sucediéndose en el poder y alimentándose parasitariamente una tras otra de esta tierra tan prometedora.

Fueron precisamente los británicos quienes trajeron a chinos e hindúes para explotar la riqueza mineral y de paso, dar un vuelco demográfico a un país formado anteriormente por una mayoría autóctona malaya. Y aunque si bien es cierto que aún la mayoría malaya conserva ciertos privilegios, la Constitución de 1957 consiguió aunar los intereses étnicos de todo el país.


Hoy en día, Malasia es un crisol de culturas que permite experimentar una disparidad étnica impresionante. Al igual que Toledo fue conocida como la ciudad de las tres culturas, Malasia puede considerarse el país de las tres culturas: islámica, china e hindú.

 

No debemos dejarnos engañar por los vestidos de sus hermanas, pues bajo ese modesto traje nuestra "Cenicienta" guarda una gran belleza y una vez más aúna todo lo que el subcontinente puede ofrecernos.

Malasia está formada en un 70% por una enorme selva tropical que recorre el país de norte a sur como una columna vertebral. Pero además, no debemos olvidar que dos de sus Estados, se hallan enclavados en la mítica isla de Borneo. Una auténtica selva-isla que posee una de las mayores biodiversidades endémicas del mundo. Al recorrer esta fabulosa isla, nos sumergimos en el imaginario novelesco de Emilio Salgari, redescubriendo un pasado de aventuras, piratas y sultanes.


Malasia consigue, una vez más, un equilibrio cuasiperfecto pues la infraestructura que el Ministerio de Medio Ambiente despliega en los parques nacionales consigue hacer accesible la selva sin alterarla en exceso. Es fácil acceder a los múltiples parques nacionales que ofrece el país, pero no se sobreexplotan y preserva una naturaleza que ha estado inmutable durante siglos. Imprescindibles las reservas de las provincias de Sarawack y Sabah, en el norte de Borneo, donde podemos disfrutar del centro de rehabilitación de orangutanes Sepilok, el parque nacional Gunung Mulu, o ya en la península malaya, el parque nacional Taman Negara, uno de los más antiguos del mundo.


Ineludible la visita a los "Kampung", o poblados, que se constituyen en torno a los parques y normalmente sobre el cauce de un río, de ahí que sus casas estén elevadas sobre pilares. Estos poblados son inmunes a una de las plagas más habituales del sudeste asiático: el ruido y la polución. Estos pequeños poblados, u otros más grandes como Kuching, permiten aún hoy en día, sentirse un verdadero viajero. Al andar por sus calles podremos disfrutar de una auténtica experiencia viajera al no sentir la presión del turismo. No hallarás grandes complejos hoteleros, ni cadenas de comida rápida, ni tráfico infernal, sólo hallarás el contacto con su gente y su forma de vida inalterada a lo largo de los años.

 

Otro gran atributo de ésta, nuestra "Cenicienta", son sus ojos y su rostro. Unos ojos de azul ultramar que al reflejo del sol parecen adueñarse de todos los matices del azul y el verde, unos ojos cristalinos y transparentes que infunden paz y tranquilidad a quien los observa.

Y un rostro blanco, limpio y perfecto como lo son sus playas. Unas playas que han logrado mantenerse al margen de la presión hotelera. Todavía es posible disfrutar de unas playas de ensueño, donde no oirás el tronar de las motos acuáticas, ni sufrirás la plaga de sombrillas y hamacas manchando unas arenas blancas. Y mucho menos verás en la costa heridas de hormigón formadas por monstruosos "resort". Aún es posible en estas playas disfrutar de la noche, pues en algunas de ellas, la electricidad es limitada a unas cuantas horas al día. Pero este aislamiento es relativo, ya que su accesibilidad no da lugar al sobresalto, la improvisación o el abuso.

 

En definitiva, Malasia se constituye como una alternativa ideal al tan manido exotismo que se le presupone al sudeste asiático.

Ahora pues, es el momento ideal para disfrutar de este país, ya que se encuentra a medio camino entre el ostracismo de Myanmar y el despotismo turístico de Tailandia. Desgraciadamente, el destino de esta "Cenicienta" es ser princesa. El lujo y la opulencia terminarán volviéndola déspota y corrupta, rompiendo el encantamiento que un día nos cautivó.

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