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Fundador - Viajero habitual
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Banjarmasin, 26 de mayo
Como el vuelo no nos salía hasta las dos, aprovechamos para dar una vuelta por el bazar musulmán. La visita no mereció la pena, a no ser por los exquisitos dulces que compramos en una tienda de la calle junto al río. Allí mismo, sentados en la acera, los saboreamos. Callejeando sin rumbo fijo terminamos en el mercado “pasar” o algo así se llamaba. Toda una experiencia. Se trataba de un mercado especializado en ajos y cebollas. El olor lo inundaba todo. Las mujeres movían sus cestos de mimbre con rítmicos movimientos para quitar la piel seca y sacar a la luz unos colores brillantes.
En la zona de pescado las especies se amontonaban en puestos discretos. Los había vivos, muertos y otros moribundos, con aleteos agónicos luchando contra la asfixia.
Las pescaderas, impasibles ante el penetrante olor, no dejaban de hablar de nosotros y reírse. ¡A saber las cosas que dirían de nosotros!.
Nos agarraban, nos pellizcaban, nos tocaban, pedían que les sacáramos fotos… total naturalidad y desvergüenza de unas mujeres acostumbradas a luchar y llevar los pantalones en casa.
La sección de la carne ya estaba recogida para cuando nos adentramos, pero no dejó de ser sorprendente ver las ratas campar a sus anchas por el suelo, mostradores y desagües.