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Fundador - Viajero habitual
Un país de poco más de cinco millones de habitantes difícilmente puede tener una gran metrópoli como capital, y sin embargo, dentro del reducido tamaño, Helsinki no puede pasar desapercibida, puesto que socialmente y culturalmente tiene tanto movimiento como otras grandes capitales de Europa, incluso durante el frío y largo invierno. Aunque es sin duda durante el verano cuando la capital despliega todo su artificio, todo su atractivo, y organiza día sí y día también un sin fin de actividades de lo más variadas .
A penas nos habíamos bajado del avión comprendimos que estábamos en el norte de Europa. El aeropuerto, limpio y sobrio, nos guiaba mediante concisos carteles a cada área. A diferencia de otros aeropuertos, todo parecía estar controlado y dispuesto a la perfección. Daba la impresión de que los pasajeros no andaban perdidos y desorientados por la terminal, sino que circulaban sobre una cinta transportadora invisible, y fluidamente iban pasando por cada sección. Igualmente nosotros nos vimos sumergidos en esa dinámica. Gracias a expeditos carteles trilingües estratégicamente colocados sabíamos a la perfección que pasos seguir. Fácilmente sobrepasamos el control de pasajeros, limpiamente recogimos nuestro equipaje, fluidamente nos dirigimos a la salida y tranquilamente nos encontramos en la calle en una solitaria marquesina esperando a un autobús. No había hilo musical, la gente no hablaba, susurraba; los coches respetaban escrupulosamente la limitación de velocidad a 20km/h, estábamos en el interior del mecanismo de un preciso reloj suizo trasladado a una sociedad. Por primera vez entendimos que aquellas vacaciones iban a ser muy tranquilas y sin contratiempos.
Eran las 9 de la noche pero el sol aún iluminaba con fuerza. Mientras esperábamos al autobús, examinamos el mapa de Helsinki. Disponíamos de poco tiempo para encontrar hospedaje, y aunque ya teníamos en mente a cual ir, era preciso tener dispuesto un plan B. Pronto nos dimos cuenta que en Finlandia los planes Bs no eran precisos. Llegó nuestro reluciente y flamante autobús, que más bien parecía un taxi pues nadie había en su interior, excepto el conducto claro, y nadie se montó, excepto nosotros evidentemente. Tanto servicio y tan bueno tenía un precio; en este caso 4´90 euros. Y menos mal que en los últimos años los precios se había moderado muchísimo. 20km más tarde nos bajábamos en el centro de la ciudad.
Inmediatamente te das cuenta de pasado histórico de este país, pues sus calles tienen un claro aire ruso, mientras que su eficaz organización pone de manifiesto su influencia sueca. Por otra parte su arquitectura moderna, sus infraestructuras y sus gentes deja bien a las claras que nos encontramos en una capital, sin embargo, su reducido tamaño la vuelve mucho más humana, ordenada y tranquila. Es suficiente pasear un par de minutos para darse cuenta del alto nivel económico del país, la cuidada y mantenida urbanización de sus calles, el prefecto estado de sus edificios, la estética moderna de sus comercios y el aire cosmopolita de sus ciudadanos no deja espacio para la duda.
A menudo se relaciona a Finlandia con sus vecinos escandinavos, lo cierto es que el origen de su población se encuentra en los Urales y no en sus vecinos vikingos. Y aunque frecuentemente da la sensación de estar en la "ciudad de los malditos", pues la inmensa mayoría son altos, rubios y con ojos azules, no es tan infrecuente ver morenos.