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Fundador - Viajero habitual
Lappeenranta es la capital de Corelia del Sur, territorio que se sitúa en el istmo que separa el mar Báltico del lago Ladoga, y que tras la segunda guerra mundial parte fue anexionada por Rusia. Esta bella región lacustre constituye un inicio ideal para la primera toma de contacto con la zona de los mil lagos, tan característica de Finlandia. A pesar de que una gran parte de las orillas de los lagos son privadas; no hay finés que se precie que no sea propietario de una pequeña pero bella cabaña a pie de lago con su embargadero y sauna, no es difícil encontrar una zona para poder acampar y pasar la noche. En cualquier caso pidiendo permiso es posible acampar en las cercanias de una cabaña, aunque no siempre sea fácil encontar a alguien.
Desde el principio tuvimos claro que la enorme extensión del país y su baja densidad hacía obligado plantearse el viaje como una "road movie", así que a la mañana siguiente lo primero que hicimos fue alquilar un pequeño Nissan Micra en la compañía Buget (350 euros/semana) con el que poder recorrer todo el país. El coche era absolutamente nuevo (32 km de rodaje) y de baja cilindrada algo perfecto para que el presupuesto de la gasolina no se nos disparase (el precio oscilaba entre los 0´90 y 1´20 euros/litro). Así que sonando la música local en la radio y mapa en mano nos dispusimos a conquistar esta tierra de extremos. La red de carreteras de Finlandia es excepcionalmente buena y muy bien conservada, incluso los caminos rurales no asfaltados son más practicables que algunas nacionales de este nuestro país. Aclarar no obstante que la mayoría de las carreteras son de dos carriles, aunque la baja densidad de tráfico no precisa más, y que se deben respetar escrupulosamente las normas de circulación. especialmente velocidad y alcohol, ya que son muy estrictos.
Recorrimos los 221 km que separan Helsinki de Lappeenranta e hicimos una breve visita a la ciudad. Como casi todas las pequeñas ciudades finesas sus calles semidesérticas no animan a la juerga, y las visitas se suelen reducir a una par de monumentos. En este caso visitamos su Linnoitus, fortaleza en finés, un recinto amurallado en el que se compartirme su casco histórico donde puede visitarse una iglesia y numerosos talleres artesanos que se disponen a ambos lados de su arteria principal. La visita apenas duró una hora así que de nuevo en el coche, y ya fuera de la carretera principal, nos dedicamos a bordear los lagos. A nuestro antojo, y en función del paisaje y la luz íbamos parando aquí y allá para estirar las piernas y disfrutar del paisaje. La combinación de lago y bosque se repite hasta la saciedad, sin bien con distintos matices, variando el arbolado o la orografía más o menos llana del entorno al lago. Estaba empezando a anochecer así que debíamos encontrar un sitio donde plantar la tienda. Yendo entre pinos súbitamente la carretera asfaltada terminaba en lo que parecía un muelle. Al acercarnos más pudimos comprobar que era una gabarra cuya cubierta estaba asfaltada igual que una carretera. En el medio de la gabarra un arco de hierro alojaba una cabina de cristales tintados y diversas estructuras de iluminación y radar. Allí no había nadie y no sabíamos que hacer. ¿Estaría el servicio cortado? ¿Debíamos bajarnos y pulsar algún interfono para avisar de nuestra presencia? ¿Sería automático?. No sabíamos como proceder así que introducimos el coche en la gabarra y esperamos. El cielo comenzaba a adoptar los colores propios del ocaso. El azul daba paso a violetas y rojos mientras siluetas negras de gaviotas rasgaban el cielo. Sentados en el coche el tiempo pasaba, 1 minuto, 2.....Decidimos salir del coche y justo al cerrar la puerta sendas vallas situadas a los extremos de la embarcación comenzaron a descender. Hasta entonces pensábamos que eran mástiles pues no estaban pintandas con las t´picas franjas rojas y blancas para hacerlas más visibles. Un motor comenzó a ronronear bajo nuestros pies y la gabarra inició su acercamiento a la otra orillas. El sistema era sencillo dos cables de acero unía ambas orillas y la gabarra traccionando sobre ellos iba avanzando. Una vez finalizado el viaje la vallas volvieron a alzarse y nosotros abandonamos la plataforma un tanto desconcertados. Nunca supimos si era automático o no. Aunque suponemos que tras aquellos cristales tintados uno ojos fineses nos observaban. Comenzamos a comprender que los fineses no eran hombres de muchas palabras, y que quizás sólo se librasen los de las grandes ciudades.
En Finlandia existe la palabra jokamiehenoikeus para expresar el derecho de acceso público a entronos boscosos y rurales para realizar acampada libre de forma gratuita en cualquier parte del país, incluyendo propiedades privadas de entornos rurales, siempre y cuando se pida permiso a su dueño. El problema solía ser que era muy complicado encontrar a alguien a quien pedir permiso.
El entorno era increíble. El cielo era todo un muestrario de rojos, violetas, naranjas y azules, suficientemente fuertes como para poder prescindir de la linternas. La temperatura había caído, y el agua calentada del lago emitía nubes de vapor que daban al entorno un aspecto aún más interesante y fantasmagórico. Era la primera de las muchas noches que pasaríamos a la intemperie y fue todo un espectáculo digno de rememorar. Nos apropiamos temporalmente de una mesa y banco de madera que estaba frente a una pequeña cabaña, y allí a las 12 de la noche cenamos mientras vislumbrábamos a lo lejos entre la niebla, una barca con dos pescadores remando. Recogimos todos nuestros cachivaches limpiamos la zona y nos dispusimos a pasar la noche en la tienda.