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Fundador - Viajero habitual
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Cuando el viajero se acerca a la capital de un país milenario, y uno de los más emergentes del mundo, espera encontrar una dicotomía entre modernidad y tradición, y sin embargo no encuentra ni lo uno ni lo otro. Quizás por que Beijing nunca estuvo llamada a ser capital de un imperio, pues está alejada del mar o algún río importante, su ubicación no es céntrica ni sus tierras especialmente fértiles, aún así Beijing lleva siglos ostentando la capitalidad de un gran país posiblemente por su posición privilegiada para la defensa.
Beijing es, lo que no estuvo predestinada a ser y a la vez es víctima de lo que es, quizás sea esta la razón por la que no cumple las expectativas del viajero, y menos hoy en día.
Estábamos en China.
Tras 10 horas de cómodo vuelo gracias a las drogas, aterrizábamos sin incidencias. El calor azotaba y sin embargo el sol no asomaba entre la espesa niebla. Pasamos los controles de rigor, donde siempre nos imaginábamos siendo detenidos. Nos dispusimos a esperar frente a la cinta sin fin a que nuestras mochilas fuera escupidas. Tras escasos 30 segundos asomaron junto con los primeros bultos. ¡El viaje empezaba redondo!. Nos acercamos a la puerta de salida a través de un sobrio y monótono pasillo, las puertas se abrieron y tras ellas decenas de ojos rasgados nos escudriñaron. Eran caras más serias que en el Sudeste asiático. Serios y poco expresivos.
Recorrimos el pasillo acotado por una barandilla de acero hasta el hall principal del aeropuerto. Allí sacamos los primeros 2000Y en el cajero del Banco Chino Agrícola (es el máximo que te deja sacar al día) con una comisión de 1 €. Tras driblar a varios taxistas, como en un campo de rugby, salimos al exterior de la terminal para llegar al mostrador claramente indicado del autobús del aeropuerto. Nuestros mayores temores con el idioma de momento no se habían hecho realidad. De las 4 líneas del autobús optamos por la número 2 que nos dejaba cerca de la parada de metro Xidan en el centro urbano a tan sólo 1`5Km de Tiananmen, y a la misma distancia del albergue.
Pagados los 16Y del billete subimos al autobús cuando casi comenzaba a andar. Tras 45`de viaje comenzamos a asimilar lo que suponía Beijing y China en general: la superpoblación era bestial. 13.000.000 de almas se afanaban por moverse en una ciudad que tan sólo dispone de 2 líneas de metro, pero también la mayor concentración de bicicletas del mundo. Ya en la parada de Xidan, esperaban varios taxis. Sabiendo de antemano que el inglés apenas era hablado ni entendido en China, habíamos impreso el nombre del albergue y su dirección en caracteres chinos. Ya lo aconsejaban todas las guías, lo que no especifican es que su tamaño debe ser GIGANTE, pues no sabemos porque causa los chinos, y más acusadamente los taxistas, son de una agudeza visual muy limitada, y padecen una presbicia supina. Así dos de ellos fueron incapaces de leerlo. Finalmente se acercó otro hombre (taxista alegal) que nos leyó la dirección y nos condujo al hostal por 20Y (era demasiado caro pero aún no habíamos desarrollado y desempolvado la habilidad del regateo). El Far East Hotel es un albergue juvenil en su planta baja (Hotel en las superiores) que está muy limpio y recientemente remodelado con gusto, algo extraño en China. Además permite las reservas por internet. La espaciosa habitación disponía de tres literas con amplias taquillas (donde entraba holgadamente una mochila de 60L) y una mesa con sillas. Todo ello por 60Y la noche. Existen otras opciones más baratas, sin embargo muchas de ellas no disponen de páginas web bilingües donde puedas bajarte su nombre en Chino. Total para ahorrarte 1 €, que es el que luego te timarán en el primer puesto callejero al comprar comida o agua.