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PERU: DESIERTO DE NAZCA

[Fernando_Soto]

Fernando_Soto

[*] Fundador - Viajero ocasional

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Datos del viaje

NAZCA

Por
Fernando J. Soto Roland

Cuando el micro se detuvo, tras unas cuatro horas de viaje desde Lima, me despedí de mis compañeros de viaje. Había compartido con ellos las dos últimas semanas y sentí pena en el momento de decirles adiós. Suponía que jamás volvería a verlos.
Me bajé del bus e ingresé en un cuarto de paredes color celeste, sucio y con una media docena de personas, entre hombres, mujeres y niños, muchos de los cuáles dormían profundamente recostados sobre las bancas de madera, o directamente sobre el piso. Había llegado, finalmente, a la estación terminal del pueblo costero de Nazca, en Perú.
El empleado de la compañía Ormeño (principal línea de colectivos de larga distancia del país andino) me recibió con lagañas en los ojos. Eran las tres de la mañana, hacía un frío de morirse y el amanecer, en pleno mes de julio, estaba aún muy lejano.
Me presente como "argentino", sabiendo el buen trato que recibimos en el Perú por el sólo hecho de haber nacido en estas meridionales latitudes, y sin preámbulos el muchacho me llevó por un recorrido temático que iba del fútbol... al fútbol. No conocían otra cosa que eso. No tenían ningún otro tema de conversación; pero yo, no queriendo parecer pedante, debí sumarme a esa charla sin sentido, emitiendo juicios y opiniones sobre problemáticas de las que no tenía ni idea quince minutos antes.
El muchacho quería conversar, y lo hubiera hecho durante toda la noche de no haber mediado de mi parte la pregunta sobre qué hotel me recomendaba, puesto que estaba muy cansado.
Respondió que a esas altas horas de la noche me iba a resultar difícil encontrar un hostal abierto, aunque de todos modos se movilizó, hasta hallar al famoso y decadente Don Pity, un taxista gordo y simpático; conductor de un rambler modelo sesenta, completamente destruido. No tenía vidrios en ninguna de sus ventanillas y las ráfagas heladas del desierto nocturno se colaban por todas partes y en todas direcciones. Se comprometió en encontrarme un lugar seguro en donde dormir y así iniciamos un periplo por todo el pueblo. Era el día 29 de julio de 1985, un día posterior a la celebración de la independencia del Perú, y lo que pude apreciar fueron las consecuencias de los festejos: borrachos tirados, cantando o peleando en todas las esquinas. Además, un acontecimiento histórico se sumaba a la trascendental fecha: ese mismo día asumiría el gobierno democrático del presidente Alan García, joven representante del APRA, uno de los partidos con más carga histórica del Perú (hoy prácticamente desaparecido, tras la desastrosa gestión "del" Alan).
Partimos en el semidestruido vehículo y en la siguiente hora golpeamos por lo menos en cuatro puertas diferentes sin recibir ninguna contestación. Por una de ellas pudimos ingresar a un largo patio, con canteros de césped en el centro y habitaciones dando hacia la poco exuberante vegetación domesticada. No había un alma, parecía una casa abandonada y en penumbras. Ninguna luz nos advertía que en esas piezas hubieran personas. Ningún sonido. Fue entonces cuando me asusté un poco. ¿Quién era ese Don Pity, aparentemente tan generoso? ¿No sería la víctima de un asalto en ciernes?...
Afortunadamente mi desconfianza no estaba bien fundada. La gentileza es tan poco corriente en mi país que, así, tan desinteresadamente, la ayuda del viejo me resultaba sospechosa. Decidí no dormir en ningún lugar y pasar lo que quedaba de la noche en la "terminal" de donde habíamos salido. Por lo tanto regresamos, no sin antes combinar un viaje para las diez de la mañana. Quería conocer las famosas líneas de Nazca; esa era la causa de mi presencia en aquel frío desierto costero.
Me despedí de Don Pity y retomé mis interesantes comentarios sobre el fútbol mundial. El encargado del local pareció ponerse contento de mi presencia. Deseaba continuar con la charla.
En el ínterin supe que el costo del alquiler de la avioneta, necesaria para poder apreciar las Líneas de la Pampa Colorada con nitidez y detalle, se elevaba por encima de los cincuenta dólares. Demasiado caro para mi presupuesto. Estaba a miles de kilómetros de mi casa, sin una ruta prefijada y con sólo cien dólares en el bolsillo. Un gasto de más del cincuenta por ciento desequilibraría mi presupuesto de tal forma que necesitaría recurrir a un consulado para que me repatriaran, con todos los inconvenientes que un trámite de esas características puede acarrear.
Estaba asolado. Había recorrido más de la mitad de la América del Sur para conocer esa muestra de arte precolombino y, a escasos metros de ellas, no podía siquiera vislumbrarlas. Pero, algo se me ocurriría. La necesidad me había obligado a matar a más de un familiar, allá en Cusco, y a representar un acto melodramático para poder impresionar a aquellas personas a las que le debía más dinero del que podía (o quería) pagar. ¡Hipócrita! Sí, pero efectivo. Dos velorios inventados en Argentina me impidieron desembolsar más del sesenta por ciento de los gastos de un buen hotel en la capital incaica. ¡Qué buena gente! ¡Cuánto se acongojaron con mil espasmódicos movimientos corporales y llantos contenidos!
En fin, estaba en Nazca y no me iría con las manos vacías.
Cuando casi amanecía, a eso de las siete de la mañana, Don Pity regresó con un paquete turístico que ofrecerme. Fue entonces cuando le rogué, dada mi condición de viajero pobre, me consiguiera una rebaja en el alquiler de la avioneta. Allí mismo me enteré que el propietario de las dos únicas avionetas que existían en el pueblo era un argentino, asentado en el desierto desde hacía varios años. Don Pity hablaría con el piloto y le comentaría de mi desgraciada situación económica, y de mis deseos por conocer las líneas. Afortunadamente, para las nueve de la mañana arribó desde Lima un segundo colectivo y de él descendió un matrimonio de italianos. Recuerdo que el nombre del hombre era Felice y vivía en Milán. Su esposa, pareja o novia, era de origen francés, pero los años me han hecho olvidar su nombre. Me han quedado, sí, grabados en la retina sus dos azules ojos, enormes y sugerentes.
La llegada de los europeos me cayó como anillo al dedo. Ellos tenían los dólares suficientes como para que Don Pity se las rebuscara y lograra que parte de mi pasaje lo pagarán ellos. Ese fue un secreto entre caballeros y los tanos jamás se enteraron de tan impropio manejo financiero. Podría decirse que gracias a los italianos conocí los misteriosos geoglifos de la pampa de Nazca.
Hacia el mediodía nos subimos a un desvencijado automóvil color negro y partimos hacia el desierto. Teníamos que visitar dos sitios muy interesantes antes de embarcar en las avionetas, que nos esperaban listas para el mediodía. El primero era un antiquísimo cementerio indígena y el segundo los restos de una mina abandonada.
Cuando nos dirigíamos a la necrópolis experimentamos un hecho que muchas veces me cuesta hacerle creer a la gente que fue cierto.
El auto se desplazaba por una senda de grava, firme y polvorienta, enmarcada a ambos lados por cientos de kilómetros de desierto, un desierto que ya para entonces hacía sentir su elevada temperatura, obligándonos a sacarnos los camperones, mochilas y bufandas (tan útiles durante la noche). No se veía un alma en ninguna de las cuatro direcciones. El calor desdibujaba el contorno de las montañas que se recortaban en el horizonte, brindándoles un movimiento extraño. Todo se tambaleaba, se sacudía al son de las ráfagas de calor que subían desde la arena del suelo. El paisaje era amarillento, por momentos marrón, seco pero tremendamente hermoso. El desierto se metió en mi corazón y desde entonces, cada vez que el sol brilla con fuerza hacia el mediodía, no dejo de recordar aquella planicie saturada de luz y misterio.
Entonces ocurrió lo impensado.
A lo lejos, un punto en movimiento empezó a levantar una notable polvareda a su paso. Era otro auto que venía en dirección contraria a nosotros. Seguía, evidentemente, la misma senda. El chofer aceleró y murmuró algo así como, "que se corra él". Nos acercábamos metro a metros. Semejaba un duelo medieval. Nadie se corría de su camino. Nos seguimos aproximando y para sorpresa de todos y en pleno desierto..., chocamos.
No fue una colisión fuerte, pero dado el contexto geográfico en el que se practicó no pudimos dejar de reír a carcajadas, mientras los dos chóferes debatían de quién era el camino.
Sin quererlo habíamos llegado al cementerio. Pero yo no lo veía por ningún lado. Solucionado el problema, y una vez solos en la planicie, el chofer nos invitó a que lo siguiéramos. Encaminamos nuestra botas por la arena y con cada paso que dábamos creí advertir que la coloración del piso cambiaba de amarillo terroso a blanco. Y no me equivocaba. Pocos minutos después, todo el desierto por el que nos desplazábamos era un blanquecino manto de huesos desperdigados desordenadamente en todas direcciones. Recordaba las películas de ciencia ficción en las que la Tierra quedaba sembrada de huesos humanos, tras una hecatombe nuclear. Y eso era: una hecatombe ósea. Para el lado que uno mirara podía advertir tibias, fémures, cráneos, largas cabelleras retorcidas y dientes. El cementerio al aire libre dejaba que sus muertos se asolearan, decolorando cada uno de los restos, haciéndolos blancos, hermosamente blancos. Pensé en cargar mi mochila con tan impresionantes piezas del pasado, pero desistí al rato. Sólo me traje un fémur pequeño, seguramente perteneciente a un niño, que vaya a saber uno cuándo murió, o por qué.
Es sitio es conocido como la estaquería, por las estacas de madera que aún permanecen en pie desde hace miles de años; con seguridad restos de una antigua casa comunal en la que se aglomeraban los miembros de esa etnia perdida. El espectáculo era fabuloso. Jamás había caminado entre tantos restos humanos. En realidad, nunca había caminado sobre ningún resto humano, pero ahí estaba, rodeado de huesos e historias individuales que nadie jamás podrá conocer nunca. ¡Qué maravillosa experiencia de finitud!
El chofer comentó que el cementerio desde hacía años había sido huaqueado, es decir, saqueado por ladrones de tumbas y que del lugar se habían podido llevar varias cerámica policromas de alto valor en el mercado de antigüedades. Los hoyos, o tumbas, aún eran posibles de reconocer y en una de ellas pude apreciar, no sin sorpresa, la imagen de un típico fardo funerario precolombino, al que, artísticamente, algún simpático turista anterior, le había injertado un cráneo en la parte superior.
Aquel osario en pleno desierto fue una experiencia fantástica y de alguna forma desvío el sentido de mi vida futura hacia la profesión que hoy desarrollo y que tanto amo.
Cuando lo dejamos ya no era el mismo. No me pregunten por qué, sólo así lo entiendo desde la perspectiva que me han dado los años. Ese montón de huesos fue un espejo de mi propio futuro y en él entendí que la vida es una e irrepetible y que los gustos hay que dárselos en ella. Gracias a esos huesos descoloridos por el calor y la luz del sol del desierto hoy desempeño el personaje que siempre soñé representar: un profesor en historia dedicado al estudio y difusión del pasado, especialmente del precolombino.
A muy pocos kilómetros, siguiendo un trayecto muy seco por la ruta panamericana, se levantaban las ruinas de una antigua mina. Estaba abandonada desde hacía más de cien años, aunque es posible que haya tenido actividad ininterrumpida desde la época colonial. Era interesante, pero después de haber experimentado las profundas sensaciones filosóficas del cementerio, ese montón de hierros retorcidos y oxidados poca mella hicieron en mi cosmovisión personal.
Ya era la hora de dirigirnos al aeropuerto.
Cuando llegamos advertí que sólo era una pista de aterrizaje en bastante malas condiciones y una choza de ladrillos con una radio. El piloto nos esperaba y sin muchos preámbulos subimos a una avioneta Cessna.
Jamás había volado en un aparato tan chico y supuse que, contrariamente a los boing, que ya conocía, ese montón de lata con alas se movería como un lavarropas. No me equivoqué.
A poco de despegar el zarandeo era mayúsculo. Yo miraba constantemente hacia abajo tratando de visualizar las tan mentadas líneas, sin suerte. Adelante mío, el piloto y una italiana charlaban despreocupadamente, en tanto que yo vomitaba parte de los tamales que había comido horas antes de dejar el pueblo.
Entonces escuché la voz del piloto decir "Ahí están, miren".
No me dio tiempo a nada. La avioneta se colocó de costado y entró en picada hacia el suelo. La línea del horizonte salió disparada hacia arriba y perdí todo punto de referencia. Lo que quedaba de los tamales salieron despedidos por la boca, aunque con el tiempo suficiente como para vomitarlos dentro de una bolsita de papel, conveniente ubicada en el respaldo del asiento delantero.
Apoyé mi frente sobre el vidrio de la ventanilla y decidí no mover más la cabeza. Preparé a tientas la máquina fotográfica y empecé a sacar tomas, lo mejor que pude. Efectivamente ahí abajo, a mis pies, los diminutos canales de tierra y piedras dibujaban en la superficie del desierto mil un una figuras geométricas: cuadrados, círculos, triángulos y rectángulos. Sólo más tarde divisé la figura de un hombre, sobre la ladera de un cerro; una araña gigantesca; un colibrí; un mono y una ballena. Era maravilloso poder reconocer desde lo alto los contornos misteriosos de aquel extraño legado cultural, del que tantos investigadores habían dado testimonio, desde la década de los años treinta. Y ahí estaba yo. Tras años de lectura y deseos contenidos, me encontraba sobrevolando uno de los mayores misterios del mundo precolombino.
Cuando finalmente aterrizamos, una hora después, estaba feliz. Feliz y hambriento, ya que desde hacía casi trece horas que no comía absolutamente nada (excepto los tamales vomitados, claro).
Serían las dos de la tarde cuando ingresé en un boliche que hacía las veces de restaurante. Mis pocos rupias me obligaron a tomar sólo una sopa de pollo, realmente asquerosa. Mientras almorzaba, veía por televisión el mensaje presidencial inaugural. Los peruanos estaban esperanzados con su nuevo conductor. El destino quiso que esas primeras esperanzas se diluyeran como tantos otros sueños en América Latina.
Por la tarde visité a la célebre doctora María Reiche, que por entonces tenía unos ochenta años de edad y que, todas los días, daba una conferencia sobre las líneas de Nazca en seis idiomas al mismo tiempo. Realmente fue muy confusa su alocución, brindada en el salón principal del Hotel de Turistas de la localidad, un sitio agradable, con parques y piletas de natación que desentonaban con el resto de la ciudad.
Cuando la charla terminó anduve vagando por la plaza, viendo a un singular personaje hacer trucos de magia con barajas y comiendo vidrios, ante la sorprendida mirada de los peruanos que por allí paseaban en ese día festivo. El "mago" era un alemán sucio y harapiento que se ganaba la vida asombrando a los diferentes pueblos que visitaba. Su magia le permitía viajar por todo el mundo. Recuerdo que esa noche cené junto con él y otros europeos en una pintoresca picantería, antes de tomar el bus que me llevaba a Arequipa.
Dejé Nazca a eso de las diez de la noche. Pasé por esa misma ruta un año después, pero no me bajé. No quería perder el romántico recuerdo que esa localidad había dejado en mi alma.
Aún la evoco con cariño y agradecimiento.

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