RUTA DE VIAJE OLLANTAYTAMBO-CUSCO - Perú - Viamedius - Una comunidad para viajeros como tú.

RUTA DE VIAJE OLLANTAYTAMBO-CUSCO

[Fernando_Soto]

Fernando_Soto

[*] Fundador - Viajero ocasional


Datos del viaje

RUTA DE VIAJE:
OLLANTAYTAMBO / CUSCO

Por
Fernando J. Soto Roland

El adorado sol se deslizó gradualmente detrás de las ruinas de Ollantaytambo y las piedras, que hacía sólo instantes eran color plomo, adoptaron una tonalidad dorada que contrastaba profundamente con el contorno cada vez más oscuro y marcado de las montañas.
Como desde hacía más de cuatrocientos años, un nuevo crepúsculo volvía a esconder las líticas y lisas redondeces de la fortaleza incaica. Un fortaleza que simbolizaba, como pocas, la grandiosidad de una civilización ida, de un pueblo que creyó ser eterno y de un Estado que pretendió dominar el mundo.
Aquella tarde de julio de 1985, ninguno de sus constructores estaban allí para apreciar la puesta del sol; y las técnicas de su arte, antaño cotidianas, se habían convertido en misterios mudos, promotores de mil y un debates entre los estudiosos del pasado andino.
Nos sorprendió la noche, y para cuando bajamos de los andenes agrícolas, en los que observábamos fascinados al famoso cactus "San Pedro" (poderoso alucinógeno chamánico), habíamos perdido el colectivo y nuestros pasajes, pagos, de regreso al Cusco.
Ollantaytambo es uno de los pocos pueblos del Perú, por no decir el único, que aún mantiene la organización urbanística que los incas le acuñaran a ese territorio de puna, soroche y rocas. Sus habitantes conviven con el pasado, transcurriendo sus días en las mismas casas que sus vencidos ancestros levantaron mucho tiempo antes de que Pizarro y sus voraces españoles pusieran las botas en Sudamérica.
Piedras apiladas, cortadas con prolija devoción; callejuelas angostas, de paredes de adobe; algunos techos de ichu (paja) o latón, otros de tejas, y una permanente corriente de agua fresca, canalizada desde los nevados cercanos, que corre por la acequia perfecta, en el borde mismo de la vereda, le otorgan al caserío una fuerza tal que cuesta evitar la admiración o la sorpresa.
En contraste con aquel pasado material, el presente social de la gente es desolador. Hambre, desnutrición, subsistencia y pobreza. Horizontes cercanos y una cosmovisión provinciana, aunque orgullosa, confina a los otrora dueños de los Andes a una realidad de campesinos pauperizados, obedientes y humillados.
Por encima del pueblo, un pueblo museo, trepando las laderas de un cerro empinado, las portentosas ruinas del templo / fortaleza se yerguen imponentes, empequeñeciendo al caminante, y conservando gran parte del honor autóctono, que los europeos no pudieron quitarle. Ejemplo de orgullo para los cholos (mestizos) e indios, que nos hablaron de los incas como si los conocieran en persona. Clara identificación con el pasado, con los respetados ancestros, esos que nosotros, "civilizados destructores de ancianos", hemos olvidado.
Caminamos desesperados buscando algún medio de transporte que nos sacara de aquella localidad sin hostales ni hoteles. La perspectiva de tener que pasar una noche a la intemperie no era de nuestro agrado; y la brisa, cálida hasta hacía pocos minutos, empezaba a enfriarse. La carencia de abrigo necesario (sólo un pulóver de vicuña, con arabescos, recién comprado) tornaba a la oscuridad altiplánica en una aliada incondicional de una futura pulmonía.
Quiso el destino que una destartalada camioneta hiciera su parición en el momento justo, ingresando en la gran cancha, o plazoleta cercada, que hacía las veces de entrada al complejo arqueológico. La conducía un muchacho moreno, de cabello oscuro y lacio, que al vernos en aquella encrucijada, producto de la distracción, se ofreció a llevarnos hasta el pueblo más cercano, en el que era posible hallar alojamiento. No dudamos en subirnos con él y una media hora más tarde nos encontrábamos varados en plena carretera sin nafta, justo en la subida de una loma.
Aquel anónimo conductor no nos dio tiempo a nada. Se bajó del carro y, con un "voy y vengo enseguida", salió disparado, ascendiendo con gran agilidad la cuesta que seguía la ruta. Nos quedamos como tres estúpidos, sentamos y mirándonos sorprendidos, cuidando que el freno de mano no se saliera de su sitio y nos desplazáramos hacia atrás.
Casi una hora después, una silueta humana, con un bidón en cada mano, enfrentó las luces de la camioneta, que permanecía enhiesta sobre un camino por el que no transitaba absolutamente nadie. Necesitamos unos minutos más para traspasar el combustible al tanque de la "movilidad liviana" y ponernos en movimiento.
Entonces, cuando llegamos a la cima de la loma, a cien metros de donde estábamos, advertimos que ahí nomás, a escasos pasos, se levantaba el pueblito al que nos dirigíamos.
Habíamos estado más de una hora detenidos a sólo una cuadra y media de distancia de donde debimos bajarnos. Para entonces, la noche era absolutamente negra, como el pueblo mismo.
Un puesto ambulante de comida, alumbrado con un farol de luz amarillenta y titilante, iluminaba una esquina. La escasa claridad que se desprendía de esa precaria muestra de diseño callejero nos hizo ver paredes de barro con ventanas y puertas ya cerradas. El villorrio estaba muerto, dormido, sin vida; a excepción, claro, del sufrido vendedor nocturno que luchaba contra la necesidad y el frío a más de dos mil metros de altura sobre el nivel del mar.
De repente, como salido de un sueño, desde un callejón oscuro y ominoso, apareció un auto blanco que tenía pintada, en una de sus puertas, un vocablo que es internacional: "taxi".
Corrimos hacia él.
En pocas palabras, muy pocas, convenimos el precio del viaje a Cusco (veinticuatro soles) y nos subimos los tres en el asiento trasero. Cuando nuestro providencial conductor apretó el acelerador, enfilando por la carretera pavimentada rumbo a la capital de los incas, estábamos convencidos de que los dioses nos amparaban. Aunque, por entonces, no imaginábamos cuánto.
Los caminos de cornisa poseen una faceta doble: producen terror durante el día y una ciega angustia durante la noche. No ver el precipicio, que cae a plomo a escasos centímetros de las ruedas, tiene sus ventajas. La perspectiva se achica y crece la confianza ingenua que uno pone en el conductor, que siempre imagina como experimentado piloto y conocedor de los peligros de las curvas y pendientes. Sólo de tanto en tanto, un cuadriculado de luces pequeñas, por debajo del chasis del automóvil, te indican que eso es una ciudad y que se está varios cientos de metros por encima de ella. Es como viajar en una avión sobre tierra firme.
Pero lo que resultó no ser tan firme fue el pulso de nuestro chofer.
Para cuando nuestra charla había agotado todas las expresiones de sorpresa respecto de las vivencias del día y, agotados, nos pusimos a mirar la línea de puntos de la carretera, advertimos que esa divisoria de tránsito se trasladaba de izquierda a derecha, una y otra vez, por delante de la trompa del taxi. Fue entonces que, en plena oscuridad, el chofer frenó y, asomando su rostro cetrino por la ventanilla, le preguntó a una cholita y su llama (invisibles hasta ese mismo instante): "¿Para dónde está el Cusco?".
Entonces fuimos conscientes de lo peor: ese tipo estaba completamente borracho. ¡Íbamos en un auto, por un camino de cornisa, de noche, desorientados y con un curda al volante!
Intentamos conferenciar, haciendo que recapacitara y que permitiera que uno de nosotros tomara su lugar, pero se ofendió. Era uno de esos mamados que se ofenden con facilidad y se niegan a aceptar razones. "¡A mi el carro no me lo toca nadie!", exclamó aferrándose al tablero. Pensamos en golpearlo, ponerlo en el baúl y conducir hasta Cusco, pero, una vez más, otro inconveniente: teníamos que pasar por un puesto muy vigilado de la P.N.P. (Policía Nacional del Perú) y tres gringos, manejando un taxi era más que sospechoso. Por aquellos días el problema de la guerrilla del Sendero Luminoso tenía bastante nerviosos a los representantes del orden y no era raro que dispararan contra nosotros ante el menor signo de duda.
Decidimos que siguiera conduciendo, aunque bajo la mirada atenta de Mauricio, uno de mis dos compañeros, quien tomó el lugar del copiloto. Ese viaje fue un verdadero parto. Una lucha de nervios y una sinfonía de gritos cada vez que dábamos una curva y el auto se acercaba demasiado al borde del abismo.
Decenas de cruces conmemoran la muerte de inconscientes conductores en casi todas las vueltas del camino. Un nombre, una fecha y una cruz. Tres cosas que, en nuestras circunstancias, significaron picos de ansiedad y temor, como pocas veces habíamos experimentado.
"Si nos desbarrancamos, nos matamos todos", decía el chofer, mostrando una sonrisa soñolienta. "Pero, ¡tranquilo Mauricio!, ¡tranquilo!..."
Cuatro horas más tarde, casi a medianoche, arribamos a Cusco sanos y salvo.
Ollantaytambo quedaba atrás y nuestro histórico conductor durmiendo, a pata suelta, en la vereda misma del hotel en donde nos dejara.
Una vez, lo sagrado y lo profano se combinaron para hacer de aquella experiencia algo inolvidable.

Vota este relato:

¿Has estado en este lugar y quieres publicar un relato?