Perú: EL ANTIMONIO - Perú - Viamedius - Una comunidad para viajeros como tú.

Perú: EL ANTIMONIO

[Fernando_Soto]

Fernando_Soto

[*] Fundador - Viajero ocasional


Datos del viaje

Por
Fernando J. Soto Roland

Arequipa, Perú, julio de 1986.
Por segunda vez recorría sus calles limpias y blancas, observando las iglesias barrocas, que obligaban a los ojos a seguir sus mil y un espirales con admirada sorpresa. Hacía calor y tenía todo un día por delante, antes de embarcarme en un bus de la compañía Ormeño con destino a Puno. El impetuoso volcán Misti brillaba con los rayos del sol, semejando ser el gran protector de la ciudad más orgullosa de los Andes peruanos.
Recuerdo que almorcé, solo, en una cantina frente a la Plaza de Armas y pasé la tarde recorriendo callejuelas y atrios. De todos modos, el día se me hizo interminable. Estaba cansado de tanto viajar y deseaba regresar cuanto antes a mi casa. Por eso, encaminé mis viejos borceguíes de cuero hacia la estación de colectivos y permanecí tirado sobre un banco durante varias horas. La mochila me pensaba bastante y el grueso camperón, atado en la cintura, hacían de mis movimientos una coreografía pesada y ridícula. Parecía un Ekeko, ese personaje folclórico, deidad de la abundancia, que suele ser representado portando cientos de objetos útiles para la vida.
Al menos en aquel banco duro y sucio de la terminal podría descansar. Pero me fue imposible.
Primero, una horrorosa mujer (por llamarla de alguna manera) empezó a asediarme, pidiéndome dinero, comida y cigarrillos. Tenía una mugre de siglos y su mirada, extraviada, denotaba un atraso mental evidente. Aquella oligofrénica me persiguió en mis pesadillas durante mucho tiempo. Y aún tengo presente dos actitudes que me llenaron de asco: el verla comer desperdicios del piso y el agarrar una de mis propias colillas de cigarrillo para fumársela con una desesperación casi animal.
En segundo lugar, algo que me mantuvo despierto y emocionado, fue la charla que sostuve con un viejo peruano. A pesar de los años todavía lo recuerdo. Vestía un arrugado saco negro, con pantalón al tono, pañuelo al cuello y un sombrero oscuro que lo protegía del sol. Se me ha desvanecido su nombre, pero aún mantengo fresco gran parte del relato que me hizo, tras mi pregunta sobre si sabía algo de la leyenda del Paititi.
Entonces, por primera vez en mi vida escuché hablar del antimonio.
"El Paititi está relacionado con el oro, y el oro siempre se encuentra en donde arde el fuego por las noches. Allí encuentra usted al antimonio que, si no se es cuidadoso puede llegar a matarlo. El antimonio es muy venenoso, Cuando se desentierra el oro hay que taparse la boca, sino el gas antimonio a uno lo mata. Pero hay que arriesgarse. Así, uno puede sacar oro".
Pensé que me estaba cargando, por lo que le pregunté si realmente creía en esos relatos.
"¡Claro que si! Yo mismo encontré oro una vez".
Le pedí que me relatara la historia y lo hizo.
"Cuando joven yo solía ser arriero y llevaba mis ovejitas a pastar a lo alto de los cerros. Pasaban días enteros en que no regresaba a la casa, cumpliendo con la tarea. Dormía bajo las estrellas, en pleno campo, o, cuando podía, me instalaba en las ruinas de las collcas, que son los restos de antiguos almacenes incaicos. Fue en uno de ellos donde, siendo ya tarde, me tiré a descansar. Me dormí profundamente y, como a media noche, algo me despabiló. Cuando desperté, vi a mi alrededor unos siete cajones. Me extrañó porque hacía unas pocas horas no estaban. Semidormido, y sin darle demasiada importancia a la cosa, toqué con la mano dos de los cajones. Los que estaban más cerca mío. Al día siguiente, cuando desperté los cajones no estaban, a excepción de aquel par que había tocado. Cuando les saqué la tapa encontré monedas de oro, muchas monedas de oro. ¡Lastima que no toque los otros, también! Con ese oro dejé de trabajar. Me compré una casa aquí, en Arequipa, envié a mi hijo a la universidad y adquirí otra casita en el Cusco, que es hacia donde viajo hoy".
"¿Es verdad todo lo que me dice?", pregunté embelesado con la historia.
"Por supuesto, amigo de Argentina. ¿Por qué habría de mentirle?".
Ya han pasado más de quince años desde aquella conversación y todavía suele reeditarse en mi mente, de tanto en tanto, cada vez que escucho la palabra oro.

Vota este relato:

¿Has estado en este lugar y quieres publicar un relato?