Hemos llegado a Salvador de Bahía, una muy hermosa ciudad detenida en el tiempo que junto con Río de Janeiro e Iguazú forman las perlas turísticas de Brasil. El viaje por el litoral desde Río de Janeiro hasta aquí (casi 1500 kilómetros en 30 días) ha venido marcado por el feliz encuentro con Rafa y María, una pareja catalana que se traslada en furgoneta y con quienes, aprovechando que nuestros itinerarios coincidían, hemos viajado durante las 3 últimas semanas. Recorrer camino con esta pareja ha sido muy enriquecedor, hemos compartido sensaciones y muchas horas de charla. Además de todo esto, María y Rafa nos han prestado un apoyo logístico que nos ha hecho el viaje muy agradable, desde llevarnos el equipaje en los tramos donde la arena o el barro apenas nos permitían avanzar, hasta esperarnos en algún punto con la comida preparada, pasando por compartir espacio en la furgoneta para dormir los cuatro, de autentico lujazo.
Pero vayamos por partes, antes de hablar del trayecto con ellos continuamos el camino desde donde lo dejamos, desde Río.
Salimos de Río y nos sumergimos de nuevo en el viaje.
Tras alejarnos de la gran ciudad el tráfico se reduce y el viaje se vuelve tranquilo. Avanzamos por pequeñas carreteras llanas cercanas a la costa que bordean plantaciones de caña y nos llevan por modestos pueblos adormecidos en los que sólo encontramos familias de pescadores y pequeños comerciantes.
Si hubiésemos llegado en enero o febrero el panorama sería muy diferente. En esa época de verano austral la gente escapa del calor de las grandes ciudades y viene a refugiarse a la costa, invadiendo playas y pueblitos. Nuestro avance habría sido más difícil, por el tráfico y por la dificultad de encontrar alojamiento barato, sin contar con que en esa situación el contacto “natural” con la gente de estos lugares se complica, entre otras cosas, porque están ocupados en atender a los turistas y sacar un dinero que les ayude a pasar el aletargado invierno.
El caso es que hemos llegado en buena época y pocas cosas distraen nuestros pensamientos. Una de ellas es el viento, en la costa brasileña suele soplar con fuerza y la dominante está siendo el nordeste, precisamente la dirección hacia dónde nos dirigimos, por lo que lo más habitual es que Eolo se convierta en un incómodo enemigo.
Otro de los “entretenimientos” del día a día consiste en encontrar la ruta más adecuada. Afortunadamente la larguísima costa brasileña está muy bien representada en un libro de mapas (“Mapa de Praias de 4 rodas”) que trae la información sobre fotografías de satélite a una escala muy grande que nos permite planificar tramos por caminos de tierra.
A pesar de su calidad, en los puntos dudosos es recomendable contrastar la información con la gente que vive en lugar para evitar sorpresas.
Nos encontramos en Farol de São Tomé (abajo en el mapa) y tenemos dos posibilidades para llegar a Grussai (arriba), el camino de tierra que va pegado a la costa, o la carretera asfaltada del interior. El camino costero parece mejor porque es más corto, y sobre todo, mucho más tranquilo, teniendo en cuenta que la alternativa por el interior pasa sólo a 6 kms de Campos dos Goitacazes, una ciudad grande y con mucho tráfico. El asunto es saber si los 49 kms del camino que va por la costa están en buenas condiciones para atajar hasta Grussai y no entramos en una trampa.
Dicho y hecho, lo mejor es preguntar a los locales, por lo que en Farol de São Tomé abordamos tímidamente a un hombre que camina solitario cerca del puerto.
- ¿El camino de tierra a Grussai? No, realmente no lo conozco muy bien pero no os lo recomiendo. Es un laberinto de caminos que solamente la gente que vive allá conoce y además está en muy mal estado, con muchos tramos de arena. Sé que los coches allá no entran, os recomiendo que vayáis por el asfalto, más largo pero más seguro.
- ¿Pero que dices? (le responde otro que se ha acercado a escuchar), no está tan mal, yo lo conozco y sí que tiene algunos tramos de arena pero con la bicicleta los pueden pasar. Es mucho mejor que vayan por la costa.
- ¡Ah no! Yo no lo haría, (responde un tercero)…
La gente se va acercando y todos quieren participar de la discusión, “que sí”, “que no”, es como si nos hubiesen estado esperando para comenzar el debate.
Después de un buen rato de variada participación, expuestos los pros y contras de cada alternativa, y con el referéndum sin decidirse llega en moto el experto, el que hace que se decante la balanza.
- Que sí hombre, que sí, que yo vivo por allí y podréis pasar. Hay un tramo de arena que tendréis que empujar pero no es muy largo.
Y por si fuera poco empieza a dictarnos lo que vamos encontrar: “cogéis esta mismo camino recto hasta que después de una curva a la izquierda lleguéis a un puente, 3 kms después encontraréis una bifurcación, tomad el camino de la derecha y continuad durante 1 km, en el siguiente cruce coged la izquierda,…”
La determinación de éste último participante termina de decidirnos y tras agradecer y despedirnos de todos los votantes, continuamos viaje siguiendo sus indicaciones. En último extremo todos coinciden en que a lo largo del camino hay algunas granjas por lo que suponemos que en caso de dificultad (perdernos, caminos de arena,…) no tendríamos problema en conseguir lo más importante, agua para beber y cocinar.
Al final el motorista tendrá razón y el tramo no presentará especial dificultad, tan sólo algunos tramos de arena que solucionamos como siempre, arrastrando el convoy de 3 ruedas y 100 kilos.
Siguiendo el hilo que nos ha marcado en el plano y sin mucha novedad llegaremos antes de lo que pensábamos a São João da Barra, un pueblo mayor que está en la desembocadura del río Muriaé.