Viajero ocasional
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Nada más llegar al aeropuerto internacional Otopeni ya tomé conciencia de lo que me esperaba allí, Como buen país latino, el caos circulatorio es algo constante, y si a esto le sumamos el pésimo estado de las carreteras, ya podéis imaginar. Una hora para salir de un parking muy muy pequeño, sólo porque los conductores no se ponían de acuerdo en quién saldría primero. En mi visita de 2003 me encontré un aeropuerto completamente distinto, mucho mejor y más grande. Realmente bonito, por otro lado. Y ahora el parking ha crecido igualmente
Como pensaba estar al menos una semana en la capital, decidí alquilar un apartamento (los albergues estaban completos). Al final resultó una gran idea, porque me permitió formar parte de un vecindario, y charlar con los vecinos, con mi tendera, con mi portero...toda una experiencia. Y, dicho sea de paso, muy bien de precio
Bucarest es conocida como "El París de los Balcanes", y es cierto, ahora que veo las fotos, porque allí no me dio ni mucho menos esa impresión (salvo por el impresionante Arco del Triunfo, idéntico al de París, aunque yo diría un poco más pequeño). La ciudad es gris, pero hermosa. Está salpicada por pequeños parques repletos de niños jugando. Amplias avenidas (procedentes de los desvaríos urbanísticos de Caucescu) hacen del hecho de cruzar de acera toda una odisea. Bucarest es muy acogedora, en ningún momento tuve la impresión de ser extranjero. La gente se dirigía a mi como a un rumano más (aunque, según algunos, parecía griego
Mis amigos Iosefina y Sorin me hicieron formar parte de la ciudad. Me revivieron, en primera persona, la "revolución" de 1989, el último discurso del dictador Caucescu, los cuerpos de los estudiantes asesinados, el espíritu de libertad de la gente cuando había pasado todo. Ninguno fue capaz de venir conmigo al cementerio donde están enterrados el dictador y su mujer (por cierto, casi todos coinciden en que la que realmente llevó el país al caos fue Elena Caucescu. Por desgracia, no logré encontrar ninguna biografía de ella en las librerías que visité)
Aun en el momento de escribir estas líneas, no quiero reflejar datos que aparezcan en los libros (eso lo puede hacer y leer cualquiera) sino tratar de expresar emociones. Como la terrible tristeza que produce encontrar, constantemente, donde quiera que vayas, a alguno de los más de 5.000 niños sin hogar que malviven en Bucarest. Hasta los más pequeños deambulan sin rumbo, inhalando pegamento en una bolsa, ajenos a la mirada de todos (o al menos de la mía, que era de los pocos que les prestaba alguna atención). En las estaciones de tren eran decenas los que subían pidiendo, con una Biblia en las manos, cantando, besando los pies de los viajeros...y todos eran despedidos con un sonoro portazo del compartimento. El problema es que muchos de esos niños tienen casa, y familia, pero prefieren pedir en un semáforo y comprar golosinas. y por esos pocos tienen que pagar todos los demás que no tienen nada y deben vivir incluso en las alcantarillas.