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Venecia, sólo hay una. (Introducción)

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Datos del viaje

VENECIA 
“En invierno, has de llegar de noche a Venecia. Tomar una lancha en el aeropuerto y surcar la laguna ya oscurecida hasta que aparezca en un breve horizonte el perfil brumoso de la ciudad fantasma. Pasarás junto a la isla-cementerio de San Michele envuelta en un halo de niebla, y entrarás por la Fondamenta Nova, dejando a un lado la soledad del campanario de la Madonna dell’Orto. Cuando la embarcación emboque los primeros canales sentirás el escalofrío íntimo de la ciudad vacía, secreta, algo espectral bajo las luces tenues de los puentes reflejadas en el espejo incierto y movedizo de una lámina líquida.

Aspira a fondo ese silencio recogido, esa soledad confidencial y misteriosa que presiente el intenso prodigio del Gran Canal que de pronto se abre, a la altura de Ca’Pesaro o de San Marcuola, ante tus ojos vidriados por el gélido relente; la calle mágica de palacios que emergen de las aguas alineados como sombras de Historia, las cúpulas envueltas en un velo de vapor neblinoso, los balcones cerrados con una pátina de herrumbre en sus rejas, las maderas vencidas de humedad, las estatuas cubiertas de verdina asomadas a la eterna pasarela del tiempo. Y ya sólo tendrás que perseguir ese misterio que impregnará tu estancia de un sutil pálpito de intimidades, que te hablará al oído con el murmullo cómplice de un reencuentro y te conducirá por jardines ocultos, por esquinas remotas, por callejuelas desiertas, por claustros de una paz somnolienta, por iglesias apenas frecuentadas de algunas beatas que rezan ante frescos majestuosos iluminados por un débil pabilo. Piérdete; a contramano de las escasas huestes de turistas que te mirarán como un espectro, camina por el Dorsoduro o por el Arsenal hacia la profunda y solitaria belleza, de la ciudad ensimismada, entre cuyas ventanas, portales y puentezuelos sentirás latir la médula dormida de los siglos, escondida entre pliegues de la memoria para mecerse, como las aguas de sus canales, en ese sueño candado de la edad que has aprendido a distinguir del melancólico presagio de la muerte”. (Ignacio Camacho. Escritor y periodista). 

Es difícil explicar en qué reside la magia de la única ciudad del mundo inmersa en una laguna. Capricho de los que la visitan y sueño de quienes no la conocen, la Serenísima surcada por canales y góndolas ofrece sus diversas caras al viajero: bohemia, romántica, melancólica, mientras sufre el progresivo abandono de su centro histórico, transformado inexorablemente por el turismo y las permanentes invasiones del Adriático. La ciudad está construida sobre islas bajas de la laguna veneciana.

Los cimientos están hechos de pilotes de madera clavados en una base de arcilla y piedras impermeables, sobre ellos, se apoyan las construcciones centenarias y los canales con sus infinitos puentes. El método resultó muy efectivo y por eso la mayoría de los edificios son tan firmes. Muchos han sobrepasado los 400 años. Las épocas más agradables para viajar a Venecia son la primavera y el otoño, ya que la humedad hace que los inviernos sean muy fríos y los veranos excesivamente bochornosos. En septiembre es cuando más acontecimientos culturales se organizan y en febrero es el Carnaval, como no podía ser menos, se recomienda asistir al mítico Carnaval de Venecia, que se remonta al siglo XV, y comenzó siendo una mezcla de fiesta popular y teatro en la calle. Llegó a hacerse muy popular en Europa del siglo XVIII por los excesos de todo tipo que se permitían los enmascarados, entre los que según se contaba, había muchos reyes y príncipes, por supuesto de incógnito. En la actualidad el Carnaval de Venecia se celebra durante los diez días que preceden a la Cuaresma y es un auténtico despliegue de imaginación y fantasía para el que los venecianos se disfrazan con lujosos trajes dieciochescos, algunos fabricados por ellos mismos.  

Los meses de invierno son los más expuestos al Acqua Alta, es decir la invasión periódica del agua del centro histórico, un fenómeno meteorológico y astronómico, que existe desde hace siglos y que nos obligará a llevarnos un par de botas de agua, ya que lo más normal será que nos mojemos. A decir verdad, ha menudo hemos acarreado nuestras botas de agua y nos las hemos utilizado nunca. Hay que recorrer la ciudad a pie, en góndola o en vaporetto, (debe prestarse especial atención, ya que abundan los carteristas). Se recomienda no llevar mucho equipaje, puesto que a partir de tres bultos hay que pagar una cantidad extra al adquirir los billetes de las embarcaciones.

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