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Fundador - Viajero habitual
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Nada más salir de la estación, el Gran Canal recibe al visitante como una alfombra azul que la ciudad extendiera a sus pies en señal de bienvenida. Enfrente, dominadora entre una hermosa línea de fachadas color pastel de ventanas apuntadas y frisos relucientes, la iglesia de San Simeone Piccolo, aunque de estampa modesta, confiere al conjunto un delicioso equilibrio. Este primer instante, si se llega además una tarde de luz esplendorosa y de temperatura más que agradable, puede quedar grabado en la mente del viajero hasta el último de sus días, y le permite anunciarse a sí mismo en cierto tono grave, de solemnidad: "efectivamente, he llegado a Venecia".
Venecia se divide en sestrieres (barrios), y a pesar su homogeneidad estética debido a sus características construcciones de estilo gótico-bizantino, cada uno conserva su propia idiosincrasia diferenciadora. Sin duda alguna, el más visitado (lo que no significa necesariamente el más atractivo) es San Marco. La razón es más que evidente: la plaza de San Marco representa uno de los espacios más abrumadores y espectaculares que haya construido jamás el ser humano. Por si fuera poco, alberga en uno de sus flancos la ecléctica pero deliciosa Catedral y el magnífico Palazzo Ducale, rivales ambos en esplendor y belleza. La Catedral, de origen bizantino y consagrada en el año 1094, fue enriquecida posteriormente con un revestimiento de mármol y mosaico y aderezada con los más dispares elementos que el Dux de turno se traía a modo de trofeo de sus guerras y conquistas. Sin embargo, a pesar de tamaño desaguisado, su coherencia artística y ornamental es encomiable. El palacio ducal, cuya armonía y sobriedad estética todavía resultan hoy en día abrumadoras, fue la residencia de los Dux desde la segunda década del siglo IX, aunque su aspecto actual se debe a una remodelación realizada en el s. XIII. Frente al palacio, merece también destacarse el edificio de la Librería Marciana, el cual contiene valiosos ejemplares de encuadernaciones bizantinas, venecianas y extranjeras del siglo X al XIII.
El valor simbólico del que ha gozado la plaza desde sus inicios ha llevado a que la mayor parte de la vida administrativa y burocrática gire siempre alrededor de ella. Sin embargo, son sus alrededores lo que menos sorprende de la ciudad, lo que menos seduce: las calles se encuentran hoy en día tan invadidas por miles de comercios orientados al turismo compulsivo, tan violentados por legiones de visitantes que invierten casi todo su tiempo en la compra de recuerdos inútiles y falsos, que a los pocos minutos uno siente deseos de huir de inmediato de toda esa algarabía artificial y sin sentido para reencontrarse con el aroma peculiar y puro de la Venecia que apenas ha intuido en su recorrido desde la Estación de Santa Lucia. Y es que, a pesar de la importancia que pudo haber tenido en el pasado, hoy la famosa calle de la Mercería casi tiene más puntos en común con los dutyfree de cualquier impersonal aeropuerto que con lo que se espera de una vieja y fascinante ciudad medieval.
Sin embargo, conforme uno se va alejando del centro comercial y turístico, el encanto original de la ciudad de los canales vuelve a formar parte del paisaje urbano: Campo San Fantino, donde se encuentra el viejo y célebre teatro La Fenice; Campo San Mauricio, en cuya iglesia se ha instalado un museo permanente dedicado a Antonio Vivaldi; Campo Sant'Angelo, a través de la cual se accede a la peculiar escalera de caracol del Palacio Minelli (s. XV-XVI); y sobre todo Campo San Stefano, una de las plazas más concurridas y amplias de Venecia y que entre otros edificios acoge los palacios Pisani, Morosini y Loredan, son algunos de los puntos cardinales del barrio que convendría no perderse.
El sestriere de Castello es uno de los más tranquilos y agradables de Venecia. El turista que únicamente pasa día o día y medio en la isla casi nunca se adentra más allá de la Riva Degli Schiavoni o del Arsenali Vecchi. Y tal vez por ello, la vida de la Venecia contemporánea se expresa aquí en toda su grandeza. Por si no bastara con callejear, con dejar mente y espíritu al albur de la magia de este enclave irrepetible, hay muchos otros alicientes que aconsejan no descuidar esta zona, empezando por la sobria y hermosa Iglesia de Santa Maria del Miracoli, cuyo exterior aparece totalmente recubierto de mármol policromo con relieves decorativos y franjas lisas, y continuando por la de Santa María de Formosa, situada en el Campo del mismo nombre y donde se ubican edificios tan destacables como el Palacio Vitturi, el segundo palacio Donà y el Palacio Priuli Ruzzini; la Basílica de San Giovanni e Paolo, junto a la cual se encuentra la no menos impresionante Escuela de San Marcos, hoy convertida en hospital; o la iglesia de San Zaccaría, situada justo al lado del barrio griego, del cual se hace imprescindible destacar la solemne torre inclinada de San Georgio de Greci; hasta finalizar en San Pietro de Castello, emplazada en la isla de mismo nombre y antigua sede del Patriarca de Venecia, a la que se llega tras atravesar la activa y vital Vía Garibaldi y desde donde se puede acceder a una de las pocas zonas verdes de la ciudad, la Riva del Partigiani.