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Fundador - Viajero habitual
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La primera exigencia con que se encuentra todo viajero antes de visitar Grecia es la necesidad de elegir: salvo que uno disponga de varios meses, hay que tener más o menos claro qué se va a ver y, por tanto, que se va a dejar inevitablemente de lado (la elección más triste). A pesar de que la extensión de Grecia no es desmesurada, su configuración isleña y su interior montañoso convierten los desplazamientos en largas jornadas que al final acaban por minar el tiempo disponible. Es imposible abarcar todas las islas, e incluso si se quiere elegir las más llamativas (muchas veces las más turísticas) se necesita prever una considerable cantidad de horas de desplazamiento entre unas y otras.
En nuestro caso, decidimos que nuestras tres semanas de viaje se repartirían más o menos de la siguiente manera: una semana para el interior (un breve recorrido por el Peloponeso para llegarnos después hasta los monasterios de Meteora) y dos para las islas (entre las que debían estar, como mínimo, Creta y Santorini, y, si el tiempo nos lo permitía, Rodas, situada en el más oriental de los archipiélagos, y algunas de las Cicladas más importantes). Pero como tampoco nos planteamos superar ningún reto ni dejar nuestra huella en la mayor parte del país, teníamos claro que lo fundamental era disfrutar con tranquilidad de cada uno de los lugares donde recalásemos, lo que a la larga supondría una reducción en el número de islas finalmente visitadas.
Además de las preceptivas guías de viaje (Lonely Planet y Rough Guides), antes de iniciar el viaje, e incluso de decidir el recorrido, cayó en mis manos el libro Corazón de Ulises, de Javier Reverte, lo que me permitió acceder a una visión original (y también limpia) de este país mediterráneo. Además de ser un libro cuya lectura recomiendo a todo aquel interesado en el mundo griego o en el placer de la buena lectura, este relato apasionado ofrece al viajero una perspectiva distinta a la del clásico coleccionista de ciudades, espacios y museos, cuyo discurso camina más próximo a la descripción de sensaciones que a los objetos (por muy bellos que estos sean). La literatura sobre viajes (la buena literatura sobre viajes, quiero decir) transmite puntos de vista personales, huye del terreno neutral para llevar al lector determinados momentos, intensos o no, vividos en primera persona, y de esa forma enseña también a vivir el viaje de un modo más natural y menos afectado.
Con estas premisas, el sábado 11 de octubre de 2003 tomábamos el avión que desde Barcelona nos pondría en la capital griega tres horas más tarde.
ATENAS - NAUPLIO