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Fundador - Viajero habitual
Uno de los aspectos que más me ilusionan de los viajes es su preparación: ojear todos los mapas disponibles, idear posibles rutas, profundizar lo más posible en la cultura y las costumbres del país... Todo esto, tratándose de China, se convierte en una necesidad cuando uno pretende llegar a Hong Kong desde Pekín en un mes, viajando por cuenta propia y sin tener la menor idea de chino. Pertrecho con mi vieja Nikon FE, un buen número de carretes de diapositivas, las guías de El País/Aguilar y de Lonely Planet (muy especialmente ésta última), más alguna otra información aportada por anteriores viajeros, me dispongo a tomar el vuelo que, vía Bangkok, nos dejará en el aeropuerto de la ciudad milenaria el 25 de septiembre de 1994.
25. 09. 94 PEKÍN (BEIJING)
Tras un incontable número de horas de vuelo, tránsitos y esperas, al aterrizar sobre Pekín un ligero cosquilleo aparece en el estómago: a pesar todo lo leído, uno nunca sabe lo que puede encontrar en un país tan enigmático como la República Popular China. Sin embargo, la aduana no pasa de ser un mero trámite y afortunadamente hay letreros en inglés perfectamente legibles.
La información disponible sobre cierto hábito de los chinos (uno, no sabe si justificada o injustificadamente, ha oído demasiado sobre su abrumador afán por aprovecharse económicamente de los extranjeros en cuanto tienen oportunidad) me hace recelar de todo nativo que se me aproxima; por ello, a pesar de recibir alguna que otra ventajosa oferta, el cambio oficial en el Banco de China me parece lo más adecuado para la primera ocasión. Después, y tras regatear su precio con el conductor, tomamos un coche particular, a modo de taxi, y nos dirigimos al hotel elegido previamente de acuerdo con la guía Lonely Planet. No estaba del todo avisado de las características del tráfico en China, así que este primer contacto me impacta tremendamente: abuso del claxon hasta la histeria, bicicletas suicidas que se cruzan, coches que parecen no conocer la existencia de preferencias en el paso, el olor a queroseno que todo lo inunda... Unos días más de experiencia me permitirán comprobar que sólo dos reglas de circulación se respetan mayoritariamente: circular por la derecha y detenerse frente a los semáforos en rojo.
Tras la llegada al hotel, tiene lugar el instante más fascinante de todo el viaje: el descubrimiento de la vida en la calle, de las gentes, los puestos y los olores que acompañan el primer paseo. Ya de noche, sin más luz que la que surge de los innumerables puestos callejeros, la sensación de estar en otro mundo, en otra cultura, alcanza un grado de seducción tal que no tendrá parangón (exceptuando la visita a Yangshuo) durante el resto del recorrido. Son tres, cuatro horas en que los sentidos se abren, en que la mirada no descansa, en que los oídos intentan vanamente retener todos los ruidos, voces y músicas que impregnan el ambiente. Momentos como éste compensan las más de veintiséis horas de viaje precedentes.