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Fundador - Viajero habitual
Me he convertido en cliente habitual de los matatus. Son las furgonetas, marca Toyota, que trasladan cada día a miles de personas en Kampala y alrededores. Son, junto con los moto-taxi, las dueñas de la calle. Autorizadas para llevar un máximo de 14 pasajeros dentro de ellas, apretujado contra el sobaco de una mama africana y con una gallina camino del patíbulo, rara vez me salen los números.
No falta día que a la hora de pagar te pidan un poco más de la cuenta. Por eso del color de la piel tan blanca. Aunque tampoco hay que pasarse de listo y discutir siempre. Mejor es informarse. Por ejemplo el trayecto de Munyoyo, donde vivo, hasta Kampala centro cuesta 500 schillings (0,20 céntimos de euro); pero recorrer esos 15 kms en sentido inverso es decir de Kampala a Munyoyo son 700 schillings. Y no me preguntéis porqué.
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Cuando llego a la Vieja estación de autobuses, uno de las más caóticamente organizadas que he visto en África, me subo a un moto-taxi. Las rojas y pequeñitas provienen del servicio postal de correo japonés. Esto lo averigüé días más tarde cuando caminaba por la ciudad con Kuro, un ciclista japonés. El chaval lleva dos años y medio a lomos de su bici, y para mediados del próximo año estará recorriendo España. Con él posiblemente me adentre por el norte de Kenya y tal vez Etiopía.
Con Kuro y Jokin degusté la movida nocturna de Kampala el pasado sábado. El sol nos vino a recoger a la salida de la discoteca, en la que feroces animales de piel tersa y caderas intermitentes nos atacaban sin consideración. De los tres, dos aguantaron el ataque. Se admiten apuestas pero no se publicará el resultado.
Fue el único día en el que me he divertido algo en Kampala. El resto lo he pasado de penitente solicitando visas en Embajadas y tratando de organizar mi espectáculo. Misión más dura que mantener el cuello de la camisa limpia en una Kampala poluída. El primer intento fue el Programa de Alimentación Mundial. Organismo dependiente de las Naciones Unidas. Resignado a contar mi vida a todo bicho que se me pusiera delante, llegué a la primera garita de seguridad del moderno edificio de la ONU en Kampala. En esos momentos me sentía como un vendedor de enciclopedias que va desgastando nudillos por las puertas de la Escalera C, del bloque 3. Pasé el primer control con una resumida historia de quién soy y qué pretendo. En el segundo puesto tuve que repetir la historia y añadirle algunos detalles coloridos para que la señorita llamara a su jefa. Por teléfono, y delante de mí, le transmitió una versión descafeinada de lo que le había contado yo hacía sólo un minuto. Su interlocutora consideró que no. Que porqué dar a los chicos una sonrisa, bien que esta sea gratis. Que con darles alimentos, bien que estos sean de ínfima calidad, cumplía su trabajo. Que para qué recibir a esa persona y escuchar su propuesta, bien que éste haya recorrido más de 30.000 kms en bici.
Salí del edificio cuyas paredes se engalanan con fotos de Kofi Annan observando la escena. No tomé ningún taxi. Caminé dejando que mi malhumor se confundiera con el mal humo que los coches van lanzando al aire.
El segundo intento lo realicé el sábado pasado. La película de aquello es breve. Había quedado con una persona en el centro de la ciudad para visitar un orfanato. Al llegar al punto de encuentro me comunicó que había hablado con la directora del orfanato y ahora cerraban por vacaciones de navidad. Parece que los chicos no tienen padres, pero si vecinos, o primos con los que quedarse. No hay manera de reunirles para que se rían una hora.
Templo Hindú, subrayado por los matatu.
Templo Hindú
La vida en África, la real, está en la calle.
La vida en África