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Fundador - Viajero habitual
Alguien que lea hoy este última hora, por ejemplo mi hermana Paz “la pintaora”, diría que tengo suerte. Suele decírmelo muchas veces pero, en esta ocasión no la he tenido, la he buscado con la determinación con la que una cría de elefante procura a su madre de noche.
Si los guardas de seguridad de las Embajadas te saludan, es señal de que te ven con demasiada frecuencia. Los de la Embajada de Francia, por ejemplo, ya no me quitan la navaja para entrar a las instalaciones, y a cambio me piden que les repita el número de la bolita roja que sale de mi mano y se cuela por sus orejas. Sus colegas de Etiopía ya no me pasan el detector de metales por la entrepierna. A esta representación diplomática ya he ido cinco días. El cónsul me explica, como quien le cuenta un amigo los últimos minutos del partido de la jornada, que el Embajador se está pensando si darme o negarme la visa gratis. Para solicitarla obtuve una nota verbal del Embajador de Francia. En Uganda no hay Embajada de España, y la de Francia cumple sus funciones para los españoles en virtud del Tratado de Shengen. El Embajador me tendió primero la sonrisa y luego la mano. Elegimos el francés para comunicarnos, aunque él también hablaba portugués e inglés. Además de los idiomas teníamos algo en común. Cada día se desplaza en bici a su trabajo. De su despacho coloridos cuadros de bicicleta de un artista nigeriano hablan de qué tipo de persona ocupa esa oficina. Esculturas de alambre de bicis se amontonan, sin atropellarse, en la esquina de un archivador.
Le transmití mis dificultades para organizar el show y para conseguir la visa de Etiopía y en seguida me facilitó las soluciones. Una nota verbal me fue entregada al día siguiente para solicitar la visa. Hacía semanas que la había solicitado a mi Embajada en Etiopía pero aún no he recibido repuesta. Además el Embajador se levantó y sacó un sobre de la caja fuerte.
”Este dinero es para que puedas organizar tu espectáculo aquí”.
”Pero lo que hago es gratis, no hace falta dinero”, le repliqué.
”Lo que sobre es para ti, para tu proyecto. Entre ciclistas hay solidaridad”
Le miré a los ojos, pequeños y limpios, y sonreí. Ese hombre de 62 años me había dado un empujón de luz, en estos días grises de Kampala. El dinero es importante, claro que lo es, pero en muchas ocasiones una sonrisa cómplice lo es más. Como por ejemplo la que me regala la mujer de la recepción de esa Embajada. Marguerite habla francés porque es de Burundi, aunque desde que le mataron a su marido y a sus hijos en la guerra no ha vuelto. Allí no le queda nada salvo rencor. Sus ojos de miel te traspasan, te atan a la tierra como raíces de mango. Marguerite tiene un sueño. Eso me lo dice cuando yo le hablo de mi sueño de dar la vuelta al mundo en bici. Quiere abrir un hogar para chicos de la calle. No tiene ni idea de cómo ni dónde buscar financiación, aunque trabajando en la recepción de la Embajada de Francia posiblemente se encuentre sentada encima de ella, pero sabe que lo realizará, porque: “cuando uno tiene un sueño bien metido dentro, no puede morir hasta realizarlo”. Marguerite es flor de un día en una sociedad que no tiene tiempo para hablar con una mujer que es a la vez dolor y perdón. Cuando Marguerite te da la mano parece que un ángel se te cuela en la epidermis.
Como la inactividad me sienta peor que una naranja después de un vaso de leche, me fui a ver el jardín botánico de Entebbe. Allí entre flores, árboles frutales y monos, respiré un poco de paciencia, por lo que pudiera venir. En este jardín botánico dicen que se rodaron las primeras películas de Tarzán. Las lianas eran desde luego resistentes como pude comprobar.
Esta mañana un artículo de prensa, que debía haber salido hacía una semana, fue por fin publicado. Con ese diario enrollado bajo el brazo abordé por quinta vez en boda-boda (moto-taxi), la puerta de la Embajada de Etiopía. El cónsul aún no tenía una respuesta, pero me hizo aguardar mientras se iba a ver al Embajador con mi periódico debajo de la axila derecha. Media hora más tarde me devolvía el diario y mi pasaporte con la visa de seis meses de Etiopía en una de sus últimas páginas libres. Gratis
Visto desde fuera puede parecer suerte. Pero ya van dos semanas en Kampala tocando puertas y ventanas, haciendo pasillo, deambulando bajo la maleducada lluvia que no respeta niños ni ancianos, y tratando de sacar “sonrisas de flaqueza”.
La rueda, la tan ansiada rueda trasera, aún tardará una semana en llegar. La causa es una ineficiente gestión de mis amigos de la Alianza Francesa. Se olvidaron de rellenar el formulario preciso para estos casos. A ellos les “debo” también que no haya actuado más y mejor en Kampala. Pero no hay mal que por bien no venga, ni lluvia que no le caiga bien al campo. Parece por lo tanto que la navidad la pasaré en Kampala. Este tiempo de espera me ha permitido hacer un espectáculo el miércoles del que ya tenéis fotos en la web. Además el viernes ofreceré uno para la Ong Art for social change. La gestación de este show tuvo lugar durante un concierto en el bar Sliders. Una mujer blanca me preguntó al oírme hablar español, si yo era argentino. Mi acento no le parecía español. En inglés le convencí de que lo era. Es la directora de la referida Ong, y tan sólo hacía cuatro días había caído en Kampala. Al día siguiente nos reuníamos al borde del Lago Victoria para organizar este show del viernes. A él acudirán más de 4 Orfanatos de la ciudad, y todo el mundo que lo desee, pues la entrada es como siempre libre y gratuita.
En este caso, y sólo en este caso, acepto lo que diría mi hermana Paz: “ tu siempre tienes suerte alvarito”.
Desde Kampala, la ciudad que no cierra de noche, dia 755 Paz y Bien, el biciclown.
El nuevo Tarzán se entrena. Maxi ha dicho que no hará de Chita.
El nuevo Tarzán