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Fundador - Viajero habitual
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“Tiempo ha, cuando los hombres atravesaban el mundo a pie o a caballo o en naves, el viaje los iba acostumbrando a los cambios. Las imágenes de la tierra se desplazaban despacio ante sus ojos, el escenario del mundo apenas giraba. El viaje duraba semanas, meses…¡Hoy no queda nada de aquellas gradaciones!”
Eso afirma Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano, porque nunca debió viajar en bici. Ese medio de transporte no contaminante, salvo de cierta envidia, te permite adaptarte a los cambios, a los olores, a la comida, a los dialectos, a la gente, e incluso a tus propios sentimientos. Con Kova mi bici, y con la Comandante Maxi mi mascarón de proa he llegado a Nairobi; sin brusquedades a excepción de las de algunos conductores. Gradualmente y con cierto dolor, como cuando a un niño le nacen los primeros dientes. Un mes de parón en Kampala se llevó por delante parte de mis músculos, y el culito ya se había olvidado que el Brooks (mi sillín) era su casa.
Las carreteras de Kenya no son las mejores mantenidas de África. Entre Nakuru y Gigil es mejor pedalear por el arcén invisible de tierra, que por el bacheado asfalto. Este te puede quebrar los huesos, o hacer perder parte del material. Esto último le ocurrió a un taxi que se dejó por el camino dos baldes de plástico que me encontré en medio de la ruta bajo el implacable sol. Esos dos baldes los canjeé en el siguiente pueblo por un plato de carne con ugali. Haciendo la digestión sobre Kova con el traqueteo del camino, me preguntaba si un Gobierno incapaz de mantener carreteras en un estado decente, puede gestionar la Educación, la Salud…¿Qué harán con los miles de dólares que ingresan de las hordas de turistas que vienen a Kenya? ¿Y con los millones que perciben de las Organizaciones Internacionales?
Es un misterio africano. En pocas ciudades como en Nairobi se ven tantos coches de cooperación internacional. Blancos del Norte que a la noche ocupan las mesas de los mejores restaurantes de la ciudad con precios europeos. A pocos kilómetros, en alguno de los slams, la mayoría de la población sobrevive al mes con lo que esos blancos cooperantes se gastan en la cena.
¿Qué sentido tiene la bandera de la Onu ondeando permanentemente en la puerta del Hotel Hilton? Posiblemente es una deferencia en consideración a que la mayoría de sus inquilinos pertenecen a esa Organización. Es su cuartel general, con comodidades que les permiten llevar mejor las miserias que ven cada día, aunque no las padezcan, aunque sus salarios sean de tres ceros a la derecha, aunque su vida aquí sea mejor que la que pueden llevar en sus países.
La Cooperación Internacional es, en África, un cuento chino. Mi experiencia, tras 27 países, es que cuanto más grande sea la Ong, más dinero se queda en burocracia y menos llega a la gente. Algunas de ellas están tan preocupadas en conseguir dinero que cuando les ofreces un espectáculo de clown y magia para SUS chicos, ni siquiera te contestan. Leáse Global humanitaria con sede en Barcelona y proyectos en Etiopía.
Muchas de esas Ongs, el nombre debería prohibirse por la Real Academia de la Lengua, pues la mayoría perciben fondos del Gobierno, sea local, autonómico o estatal, muchas de ellas digo se verán las caras estos días en Nairobi en el Foro Social. A los organizadores les he ofrecido mi voluntaria participación, pero como tampoco les supondrá dinero, han preferido no responder. El silencio habla por nosotros igual que un mal desodorante. Una cooperación que es más desesperación, y de la que se salvan personas y no organizaciones. Los verdaderos cooperantes, casi sin excepción, son los curas y monjas que se dejan en África su salud. Que no vienen aquí por un par de años, que no hacen turismo los fines de semana, que viven como los de aquí y que posiblemente morirán aquí.
Claro que hay buenas Ongs, y buenos proyectos y que hasta el peor ladrón tiene su corazoncito, pero hay que desmitificar y levantar el velo a mucho Maratón por la Solidaridad. Para ayudar a los demás no hace falta apuntarse a ningún club, basta agarrar el petate y decidirse a cambiar de hábitos.
Por un día yo he cambiado los míos y huyendo de carreteras saturadas, entré a visitar el Hell´s Gate National Park. Uno de los pocos parques del mundo donde las cebras, los búfalos, las gacelas y los perros salvajes se avistan desde el sillín de la bici. La ilimitada sed recaudadora de las autoridades kenyatas les ha hecho desde hace un año, cobrar también por la bici. Olvidan que una bici es un NO-COCHE. Pero la máxima es cobra todo lo que puedas. Justo es reconocer que con amplitud de criterios y gracias al tiempo que llevo viajando, el funcionario del parque me permitió pagar como residente. Sólo 12 dólares, frente a los 30 que de otra manera hubiera aflojado.
El parque es una elegía al silencio, a los espacios amplios y, a pesar de ser fin de semana, a la poca gente. Sólo acudieron dos coches al lugar donde yo acampaba. Uno de ellos estaba ocupado por musulmanes que iban a hacer una cena de hermandad. Llegaron a las nueve de la noche. La comida venía caminando. A la cabra la mataron allí mismo, y tras descuartizarla la cocinaron lentamente a la brasa. Para eso de las 23 h ya le hincaban el diente. A eso le llamo yo ir preparados al camping.
Sin las alforjas recorri el parque a las seis de la manhana para ver todos esos bichos. Maxi estaba jugetona y se descolgo de su posicion, metiendose entre los radios. Se quebro un ala, el aleron trasero y beso el suelo. Igual que yo que acabe rodando por culpa de la bella comandante.
A las afueras del parque tiene su negocio de alquiler de bicis George, a quien le dejé algo de material para que siga viendo la vida con forma de rueda.
En Nairobi entré por la puerta de atrás, el Westland, el lunes. Directo al balcón del apartamento de Fran Cervero, ovetense de Médicos del Mundo que me ha ayudado con la logística aquí. En su balcón, con el arrullo de la mezquita a las 4 de la mañana y el frío justo para no dormir demasiado, descanso al lado de Kova y Maxi. Me acerqué, como de costumbre, por la Embajada de España a saludar, y por primera vez tras muchos países me encontré con la consabida fórmula de Lara de “vuelva usted mañana”. Paseando por el centro de Nairobi se observan edificios altos como el orgullo de algunos funcionarios. Es una ciudad calcada de algunas del Primer Mundo, donde hasta el stress parece haber sido importado. Pero quedan algunas sonrisas agazapadas, como las que arranqué a las recepcionistas del Diario Standard. Una de ellas, secándose las lágrimas con un pañuelo, me decía: “Me has alegrado el día”. El sábado trataré de alegrárselo a 500 presos de una cárcel próxima a Nairobi. Con la colaboración de Médicos del Mundo ofreceré mi espectáculo en la cárcel, a donde el Foro Social no llega, ni tampoco los coches de la Onu, pero donde también hay vida, y mucha más de la que se respira en ciertas oficinas.
En Kenya me localizáis en el móvil 00 254 73 41 83 306. Puede que el martes esté de nuevo trazando mi historia en la ruta, rumbo al Monte Kenya de más de 5.000 metros. Desde Nairobi, día 790, Paz y Bien el biciclown.