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Fundador - Viajero habitual
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“¿Por qué no has cruzado por las otras fronteras principales?”
Fue la pregunta, más en tono de curiosidad que como reprimenda, que el encargado de inmigración del puesto fronterizo de Suam, en Kenya, me hizo al verme llegar.
”Quería recorrer estos montes”, le respondí.
Aunque para hacerlo en ocasiones tuve que bajarme de la bici. En dos lugares la tierra, que no tiene árboles que la sustenten, ha sepultado el camino. Aunque llevan semanas trabajando aún no han conseguido repararlo y los coches no pueden pasar por aquí. Tan sólo algún camión dirigido por algún experto conductor, o algún ciclista con genes de aventura se adentra por esa nueva frontera. Es una pista que rodea el Monte Elgón y atraviesa bosques de pinos. Casi no hay tráfico, y como el turismo no ha llegado aún por aquí, me toca de nuevo buscar asilo en las escuelas para pasar la noche. Al oscurecer, la luz que sale de la escuela, la que proviene de mi linterna, es la más potente del pueblo. A lo sumo se ven algunas fogatas o la luz de un candil alimentado con parafina.
Salgo de Uganda tras observar otra de sus maravillas, las cascadas de SIPI. Son tres, y en medio de ellas el río forma un remanso natural que sirve de piscina casi olímpica. Desde la cima de la montaña cercana al camping The Crow Nest, puedo contemplar la cima del Monte Elgón. Está lejos, a casi cinco días de marcha. Evaluando mi situación actual con un catarro que no me abandona, y con las fuerzas a medio gas tras el parón navideño, descarto subir esa montaña. Aún estoy débil.
En ocasiones hay tanta gente en la pista, reparándola, que me parece que estoy subiendo alguna de las famosas montañas del Tour de Francia, con cientos de seguidores aplaudiéndome. Pero los locales no aplauden. Tan sólo descansan un rato sobre el azadón para ver pasar al muzungu. Algunos me gritan “ you are the first”, como si yo fuera escapado del pelotón. Niños, mujeres y hombres se afanan en reparar esta pista que ha quedado imposible tras la temporada de lluvias.
Tras el cruce de la frontera de Suam, el camino mejora un poco, e incluso a la altura de Kitale se transforma en asfalto. Le quito lo mejor que puedo el polvo a Kova, bajo la promesa de que al día siguiente le daré un buen baño. La chica se ha portado como una fiera leona en esas pistas. Maxi, ya sin color en el avión, también ha aguantado en la proa sin despeinarse. Aterrizo en Kitale casi oscureciendo. Es mi primer día en Kenya, y no tengo suerte en encontrar alojamiento a la primera. Lo intento de nuevo en una Iglesia: Africa Full Gospel, y doy en el clavo. Tienen un gran jardín, y el encargado del lugar no pone objeción en que plante mi tienda. Estoy destrozado tras más de 90 kilómetros por pistas en las que me gustaría ver evolucionar a los coches del París-Dakar. Kenneth, el encargado del lugar, me toma la foto mientras cocino. Para él, recibir a alguien en su casa, aunque sea en el jardín, es lo menos que puede hacer.
Al día siguiente, por una carretera llena de agujeros y de conductores asesinos, llego hasta El Doret. Se nota que en Kenya se mueve dinero, pues la ciudad es como un hormigueo. Tenía conocimiento de que había una fábrica de quesos en la que se podían degustar hasta 10 variedades, y me dejé caer por ahí a la hora en la que el estómago canta como una rana. Queso y Chocolate son artículos difíciles de encontrar en África. Con mi boca rezumando Gouda, me voy por una carretera secundaria hacia un camping famoso porque los overlanders tienen aquí parada (camiones que llevan turistas un mes o tres por África en lo que parece una gran, y costosa, aventura). El dueño, indio, me da cobijo gratis e incluso tengo la suerte de que en dos días no hay camiones. Sus ocupantes suelen gastarse más de 3000 euros en estos viajes, pero acaban haciendo lo mismo que en sus lugares de origen: beber cerveza, y hablar inglés con sus compañeros de viaje: otros muzungos. Visitando Parques Nacionales, se llevan una reducida visión de África: la de la postal.
Con las pilas cargadas tras un día de descanso, afronto la ruta hacia Nairobi, por carreteras secundarias, que atraviesan bosques de pinos centenarios. La carretera serpentea a casi 2.500 metros de altura, y le tengo que pedir a mis piernas un último esfuerzo para completar algunas etapas. Pero la recompensa está muy cerca. A mi lado. Sólo tengo que aparcar a Kova y observar.
Desde Nakuru, día 784, Paz y Bien, el biciclown.
P.D. Al seguimiento regular que me viene haciendo Punto Radio, se ha sumado ahora Radio Intereconomía, con el programa El quinto Hombre.
La primera cascada de SIPI, de casi 100 metros de altura
cascada de SIPI