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Petra, los secretos de la ciudad perdida

[Ibn Battuta]

Ibn Battuta

[*] Fundador - Viajero ocasional

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Datos del viaje

En agosto de 1812, un peregrino llamado Ibrahim bin Abdullah llegó al Uadi Musa, un remoto punto del Imperio otomano, habitado por beduinos, que la tradición relacionaba con el bíblico Moisés (Musa en árabe).

Allí, en una gran montaña conocida como Yebel Harun, se hallaba la tumba de Aarón, el hermano de quien sacó a los judíos del cautiverio en Egipto y los condujo a la tierra prometida. Aunque santo para judíos, cristianos y
musulmanes, el lugar sólo pareció atraer la atención del peregrino cuando oyó hablar a
sus huéspedes de unas extrañas y espléndidas ruinas que se levantaban alrededor, las de una
ciudad aún más misteriosa porque no se sabía quién podía haberla construido. Fue entonces
cuando Ibrahim decidió ir a ofrecer un sacrificio a la montaña de Aarón, camino que, al
pasar por medio de esa «ciudad fantasma», le permitiría satisfacer, aunque fuera mínimamente,
su curiosidad. De este modo, y acompañado por un nativo de la zona que ejercía de
guía, emprendió la marcha un 22 de agosto. Juntos recorrieron el desfiladero del Siq, y
cuál no sería la sorpresa del peregrino cuando, de improviso, apareció ante él un gran arco
tras el cual se ve el Jazneh, el «Tesoro del Faraón», un edificio con una magnífica fachada
tallada en la roca en la que podían distinguirse elementos con un cierto aire griego y
persa, si bien singularmente adaptados por la propia tradición de un pueblo desconocido. Y
tras él, otros edificios de las mismas características, todos ellos excavados en la roca. Ibrahim
no podía dar crédito a sus ojos, mas, aunque su deseo era perderse por aquel lugar, explorarlo, entrar en cada uno de los edificios, dibujarlo y anotarlo todo, no podía… Debía recordar que era un humilde y piadoso peregrino,
y que un buen musulmán no debe prestar atención a algo construido por infieles…
Sólo que él no era un «buen musulmán»; él era en realidad un viajero suizo que respondía al
nombre de Johann Ludwig Burckhardt y que era miembro de una asociación británica que
le había encargado la exploración de las regiones interiores del Próximo Oriente, entonces
bajo el dominio del imperio otomano, y muy poco abiertas, cuando no directamente hostiles,
a cualquier occidental que se acercara hasta ellas. Sólo el miedo a ser descubierto y a lo
que ello pudiera acarrearle le llevó a contenerse, sacrificar la cabra que llevaba consigo y emprender el camino de regreso. Pero ese fugaz contacto con la enigmática ciudad de piedra no iba a olvidársele jamás. Su
relato del mismo, publicado en su libro Viajes por Siria y Tierra Santa, pronto iba a excitar la imaginación…

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