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Fundador - Viajero habitual
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El tiempo no parecía mejorar, aunque lo peor estaba aún por llegar al final de esa semana. Y así, con esa lluvia que nos acompañó cada día durante la visita de Jorge y Carlos, nos despedimos de Estambul. Del aeropuerto regresamos sobre nuestros pasos hasta una de las desviaciones que lleva a la autopista, çevreyolu en turco. No tardamos en llegar al puente que separa Asia de Europa y de nuevo cambiamos de continente, esta vez un poco tristes, ahora si que no sabíamos cuando recibiríamos la próxima visita.
Safránbolu, nuestra siguiente parada en el camino, se encuentra a unos 390 kilómetros de Estambul. Era demasiado tarde para recorrerlos esa tarde, y además no recordábamos lo pesada que se hace la carretera hasta Izmit, a tan sólo 50 kilómetros de la gran metrópoli. En una estación de servicio cercana a esa localidad paramos a dormir, aunque parecía muy segura un guardia de seguridad nos hizo movernos cerca del acceso al restaurante a las dos de la mañana, ¡nos lo podía haber dicho antes!
Recorrimos los kilómetros que quedaban lentamente y no llegamos a nuestro destino hasta la una de la tarde. Atravesamos el pueblo con la furgoneta comprobando lo escaso del aparcamiento, y vislumbrando lo que nos esperaba entre sus calles. Saliendo por otro de los accesos encontramos una mezquita con una zona para aparcar muy grande y allí nos plantamos. El imán vino enseguida a saludarnos y darnos la bienvenida, más tarde lo haría su sonriente mujer. Dado que hacía mal tiempo y estábamos un poco fatigados de los últimos días, decidimos no acercarnos hasta el día siguiente, y ocupar las siguientes horas en ordenar el interior del vehículo y trabajar en la web.
Por la mañana, después de desayunar, fuímos a despedirnos del imán y su familia, como no, acabamos sentados en su sofá con un vaso de té caliente en la mano, seguido de un plato con jugosas manzanas. Durante la conversación le preguntamos la distancia al pueblo, habíamos visto que un camino de tierra descendía en esa dirección, nos dijo que unos quince minutos, nos recomendó dejar allí el vehículo y pasear. Era una idea excelente, hasta parecía que el cielo se abría por fin dejando ver el sol, teníamos que aprovechar el momento.
Llegar paseando hasta el pueblo permitió una buena toma de contacto. El camino se adentraba en un valle e iba dejando a su paso granjas donde ya se podía observar la arquitectura tan peculiar. Cruzamos un riachuelo y comenzamos a ver mansiones destartaladas, de dos o tres plantas, desperdigadas por las laderas. A la izquierda, junto al curso del riachuelo, vimos una mezquita con un minarete de madera, a la vuelta volveríamos por ese camino para fotografiarlo.