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Occidente en Oriente: la ciudad de Macao

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Datos del viaje

Nada mejor que comenzar un viaje a China por aquellas ciudades con sabor a Oriente y Occidente, pasar unos días en las antiguas colonias de Macao y Hong Kong nos permitiría adaptarnos poco a poco a la inminente primera potencia del mundo.

El avión de Airasia aterrizó sin suavidad alguna en el diminuto aeropuerto de Macao, en la isla de Taipa; un cielo gris monzónico nos daba la bienvenida, estábamos en plena época de tifones, en esos días Taiwan, Japón y Filipinas lo estaban viviendo. Un rápido control de pasaportes nos confirmó la situación de excepción que vive Macao, pertenece a China pero mantiene cierta autonomía en muchos ámbitos hasta el año 2049, en el que pasará a formar íntegramente parte de China. Para nosotros este hecho se tradujo en un nuevo sello en el visado, al que seguiría el sello de salida, los de entrada y salida a Hong Kong y los homólogos chinos, lo menos tres o cuatro hojas del pasaporte.

Un moderno autobús con mensajes en chino y portugués nos llevó hasta el centro, abandonándonos junto a un extravagante parque temático con maquetas gigantes de los monumentos del mundo, con pirámides y canales venecianos incluidos. Otro autobús nos llevó hasta el centro histórico, descendimos en el Largo do Senado y desde allí caminamos hasta la Rua da Felicidade donde se encuentra la San Va Hospedería. Cuando subimos las oscuras escaleras de la posada el olor a humedad y la madera carcomida y repintada de un verde chillón no nos amedrentan, nos llaman la atención unas fotos en la entrada, que muestran que una película titulada Isabella fue rodada aquí. De la reserva que hicimos poco saben y el inglés que manejan en recepción apenas pasa del Hello, aún así estamos dispuestos a quedarnos, es de lo más barato que hemos encontrado, ocho euros la doble. La habitación es terrorífica, pero la cama es cómoda, las paredes son de contrachapado y no existe techo, la intimidad brilla por su ausencia, unos muebles de posguerra que se caen a cachos se apoyan sobre un suelo de plástico que simula un parket, pero lo que más nos impresiona es la bienvenida, según abre la puerta el recepcionista suelta una larga pedorreta, comienza nuestra relación con las costumbres y "modales" chinos. Pese a las evidentes carencias del lugar no podemos negar que el lugar tiene un añejo encanto.

Nos pusimos en marcha en seguida comenzando por el Largo do Senado, plaza en torno a la cual se acumulan muchos de los edificios coloniales portugueses. El atractivo pavimento de piedras blancas con ondulaciones negras pasa junto a la Iglesia de São Domingos, y se prolonga en un paseo de quince minutos dando tres curvas en su recorrido hasta llegar a la gran escalera de piedra que conduce a lo que queda de las ruinas de la Iglesia de San Pablo. No caminamos solos, en algunos tramos nos tenemos que abrir camino entre los turistas chinos y sus guías, que abarrotan las calles y en tropel se paran en cualquier puesto o tienda a comprar souvenirs o degustar delicias locales. De dicha iglesia sólo se mantiene en pie la fachada principal, una maravilla arquitectónica de principios del siglo XVII; en lo que en su día fue el interior han instalado una pasarela metálica para subir hasta las ventanas superiores, mirando a través de ellas se ven cientos de personas como hormiguitas y coloridos edificios coloniales en tonos rojizos y amarillos, más allá altos edificios entre los que destaca un excéntrico rascacielos con forma de flor, aún más lejos se intuye el mar y la cercana isla de Taipa. A nuestra espalda el panorama es menos atractivo, torres de pisos se elevan sin ningún sentido, con ventanas minimalistas, auténticas moles de hormigón.

La antigua fortaleza portuguesa se levanta sobre una colina junto a las ruinas de la Iglesia de San Pablo, unos viejos cañones de bronce apuntan amenazantes hacia la ciudad, en varios rincones hay placas con mensajes en portugués. Regresamos al hostal por otro camino, nos defrauda no ver más edificios coloniales, aún así disfrutamos del paseo.

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