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Korea

[Antoni]

Antoni

[*] Fundador - Viajero ocasional


Datos del viaje

© Antoni Ramón Bover

El dios Hanung había descendido a la Tierra hacia ya casi cinco mil años. Se había posado en la cima del Paekdu-san o Montaña Cubierta de Nieve, por cuya falda corría el río Yalu.

Y allí, el dios Hanung se encontró con un oso al que inmediatamente convirtió en una bella mujer, desposándose, a continuación, con ella. De aquella unión nació, como no y como siempre ocurría en toda leyenda que se preciara de serlo, un hermoso varón, al que le pusieron por nombre Tangún y quién, algunos años más tarde fundó un reino llamado Chosun, la Tierra del Amanecer Plácido.

La actual Corea, aquel mitológico reino de Chosun, había conocido, sin embargo, muy pocos plácidos amaneceres durante su larga y accidentada historia. Los coreanos habían sufrido invasiones y guerras devastadoras durante muchos siglos. La estratégica península de Corea había servido de puente natural entre el norte asiático y el resto del mundo conocido y, en los pocos tiempos de verdadera paz, de enlace entre el gran Imperio del Pavo Real, China, y el Japón; un nexo, a través del cual, había recibido sus poderosas influencias en todos los campos culturales, filosofía, religión y arte. No obstante Corea había sabido mantener su bien definida idiosincrasia. Su superficie, algo inferior a la mitad de la Península Ibérica, es muy montañosa y abrupta particularmente en el norte y en el este. Sin ningún pico demasiado alto, la impresión de masiva grandeza que produce aquel conjunto de elevaciones, le ha valido el sobrenombre de la "Suiza de Asia".

Nuestro ya muy magro presupuesto, tocaba fondo, algo más de un año de ininterrumpido viaje alrededor de este planeta todavía azul, con muchos más gastos que ingresos, fórmula que siempre conduce a la bancarrota económica, había herido de muerte a nuestra economía familiar. Estábamos obligados, pues, a iniciar unos de los que llamábamos "negocios especiales". Un año atrás, cuando preparábamos nuestro periplo americano, nunca hubiéramos pensado que pisaríamos tierras coreanas. Corea no se halla, precisamente, en suelo del llamado Nuevo Continente, pero los avatares del destino, allí nos habían depositado. Corea, una nación partida en dos pedazos: la triste y repetida historia de separar a todo un pueblo con una misma cultura y tradición por los ideales políticos de unos pocos que consiguen llegar a líderes no se sabe exactamente de qué, ayudados por la intervención de unos terceros metidos a "desfacedores de entuertos", por razones ajenas a las que, oficialmente, suelen aducir.

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