Fundador - Viajero ocasional
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© Antoni Ramón Bover
Los otrora temibles nómadas del desierto quizás adivinaron las verdaderas intenciones de aquellos nuevos visitantes, y justo sería añadir que no se equivocaron en sus apreciaciones. La hospitalidad bien entendida y la libertad han sido, son y serán siempre tradicionales en el vasto Sahara, pues de ellas surge la fuerza necesaria para resistir toda una vida en tan inhóspito lugar.
Cuarenta escasos minutos de vuelo separan Mallorca de Argel, luego son otras dos horas y media más, metidos en otro tubo volador, para acercarse al destino inicial: Tamanrasset, a 2.080 kilómetros de la costa del Mediterráneo, más conocida como "Tam", por lo de atajar. Hemos elegido la época más adecuada para bajar al Gran Sur, huyendo del frío y de la humedad invernal. Somos once mallorquines en busca de lo desconocido. Un aeropuerto donde es necesario un vehículo tracción a las cuatro ruedas o el camello, para llegar a la sala de espera es lo que hallamos justo después de aterrizar. Mesek, nuestro guía y jefe local del viaje, nos aguarda vistiendo sus mejores galas, un turbante inmaculadamente blanco y una gandulah satinada. Han transcurrido siete meses desde la última vez que nos encontramos. Nos saludo con el tradicional "salam aleikum" musulmán y nos estrecha ligeramente la mano. Los Tuareg no acostumbran a grandes y efusivos saludos ni contactos físicos, tan sólo el intenso brillo de sus oscuros ojos deja entrever su calurosa bienvenida.
El convoy está formado por cuatro automóviles y sus respectivos choferes y guías tuareg, dos acompañantes argelinos del Norte del país y nosotros once: Elisa, Francisca, Elena, María, May y Mary Carmen, representando a las chicas y Paco, Toni, Juan, Jaime y Toni Ramón. Las edades van comprendidas entre los 24 de Elisa y los 63 de Jaime, al que pronto, todos los Tuareg llaman "papa" . Las profesiones van desde una empleada de banca a un médico. El buen humor reinante y la excitación propia de los principios de un viaje especial dan alas a los vehículos, que más que correr, vuelan sobre los cauces de los oueds, secas torrenteras o ríos que, en muy pocas ocasiones llevan agua. A las pocas horas hacemos el primer alto en las cascadas de Tamekrest.
¿Cascadas? Sí, ¡Cascadas!