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Machu Picchu no vale la pena...

[Alejandro Fresser]

Alejandro Fresser

[*] Fundador - Viajero ocasional


Datos del viaje

En serio. No vale la pena hablar de Machu Picchu porque la única manera de sentir realmente el encanto de esta región es pisando su suelo… pero lo haré para tratar de transmitir la energía que este místico icono peruano ofrece al visitante.

Comienzo desde el principio: en el esplendoroso Cusco, joya arquitectónica inca, se toma un tren muy sencillo, viejo, lento y tedioso que en tres horas y alguito más lo deja a uno en Aguas Calientes, pueblo de famosas termas situado prácticamente a los pies de Machu Picchu. Suena aburrida mi descripción del tren, y efectivamente así lo es, pero de la ventana para afuera el paisaje es abrumador porque la locomotora atraviesa el imponente Valle Sagrado de los Incas bordeando el río Urubamba. Todo un espectáculo visual. En fin, no sólo es válido pagar los 65 dólares que cuesta el pasaje en tren para llegar a Machu Picchu (boleto más económico, porque hay tickets de hasta ¡450 dólares!), sino también por la escenografía que la madre naturaleza regala a los ojos.

Al llegar a Aguas Calientes, se toma un minibús que –a través de un camino de tierra con muchas curvas- traslada al visitante en media hora a la cumbre de Machu Picchu. Al entrar al santuario natural, inmediatamente se viene a la mente la imagen de la postal más famosa del Perú y lo increíble de formar parte de ella.

Nos cuentan que Machu Picchu fue descubierta por el explorador estadounidense Brigham apenas en 1911. La ciudad perdida de los Incas fue construida para resguardar a la aristocracia en caso de posibles ataques enemigos. Por ello se alza imponente entre una red de cadenas montañosas que la protegen, y que hacen inimaginable el traslado de miles de rocas con pesos extravagantes para el ensamblaje de casas, plazas, fortines y templos. Hasta un novedoso método de terrazas para la agricultura y sistema de riego desarrollaron los incas en ese apartado lugar de geografía irregular. Una obra maestra que, al mejor estilo de las pirámides de Giza y la Gran Muralla China, sorprende a propios y extraños.

Algunos datos: hay sólo un hotel en Machu Picchu, pero su ubicación de lujo hace que sus precios no sean nada solidarios. Vale la pena quedarse a dormir (y disfrutar también) unos días en Cusco, única ciudad del Perú que vive 100% del turismo. Tanto es así que cuenta con servicios inimaginables en un pueblo: hospedajes a granel, agencias de viajes a montón, cajeros por todos lados que dispensan nuevos soles (moneda peruana) y dólares, centros de comunicaciones en gran cantidad, restaurantes de todo tipo y tiendas fotográficas con gran surtido. En internet se encuentran buenos alojamientos con cómodas habitaciones desde 20 dólares diarios en temporada baja que incluyen desayunos y la búsqueda al aeropuerto. El hospedaje incluye por lo general de manera gratuita algo infaltable en la mesa del cusqueño: el mate de Coca, ideal para frenar los molestos síntomas del soroche (o mal del altura) que ataca a algunos turistas.

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