Fundador - Viajero ocasional
Estos textos son propiedad de Jose Ortega. www.africaclub.com
Mi principal preocupación antes de salir consistió en mentalizarme para sobrevivir un mes y medio sin ver a mi mujer y a mi hija de 7 meses, de la que no me había separado desde que nació. Muchas veces, los problemas durante el viaje surgen de nuestro propio cerebro. Afortunadamente, al poco de salir desde Algeciras, un contratiempo tuvo mi mente ocupada durante unos días. El aire acondicionado Carrier que había comprado para el camión 4x4 IPV no funcionaba como yo había previsto. El generador de gasolina Honda que lo alimentaba tenía caídas de corriente cada pocos minutos. Pequeñas, pero suficientes para desconectar automáticamente el compresor, que tardaba unos 3 minutos en volver a enfriar el aire. Recé para que este año no hiciera tanto calor como el anterior, y mis plegarias dieron resultado. Mis compañeros de viaje afrontaron con buen humor mi error, y especialmente en los momentos de más bochorno me recordaban, no sin cierto cachondeo, que yo les había avisado antes de comenzar el viaje de que los que se sentasen cerca de la única salida de aire frío en el camión, debían abrigarse convenientemente para no acatarrarse.
Después de entrar en Marruecos por la frontera de Ceuta, la primera parada fue para comer en una zona de restaurantes cerca de Tetouan, en lo alto de un pequeño puerto de montaña. El dueño del establecimiento que elegimos, nos contó que había sido jugador del Athletic de Bilbao. En el camping de Kenitra nos llovió justo después de montar las tiendas de campaña, y tuvimos que refugiarnos debajo del gran toldo que llevábamos para esas húmedas ocasiones.
Al día siguiente madrugamos para llegar al consulado de Mauritania en Casablanca antes de las 10 de la mañana. No nos supuso gran esfuerzo, ya que habíamos ganado 2 horas por la diferencia horaria entre Marruecos y España. Esperamos pacientemente nuestro turno para solicitar los visados. El funcionario que nos atendió, rechazó dos de los impresos que habíamos rellenado porque tenían tachones. Hizo repetir otro porque no le gustaba la tinta con la que estaba escrito, y se negó a admitir las fotos de tres miembros del grupo, porque estaban impresas en papel blando. Llegamos a la conclusión de que el citado funcionario había sido enviado a ese destino, porque una personalidad tan detallista como la suya debía sufrir lo indecible en un jóven país necesariamente pragmático como Mauritania. Todos solicitaron su visado con una entrada y un mes de duración. Yo necesitaba dos entradas y dos meses. Lo recalqué varias veces, pero lamentablemente cuando recogimos los pasaportes después de comer, me di cuenta de que nuestro amigo no me había hecho ni caso. Demostró ser con su propia equivocación mucho más indulgente que con las nuestras, y me indicó sin perder la sonrisa que si le daba una propinilla al policía de la frontera en el viaje de subida, me dejaría entrar sin problemas en el país. Me fui corriendo antes de que me hiciera algún comentario como "un fallo lo tiene cualquiera" o "¿es que usted nunca se equivoca?".
Esa noche dormimos en el camping de El Jadida, importante enclave comercial portugués en el siglo XVI. A la mañana siguiente, mis compañeros fueron a visitar sus impresionantes murallas y su casco antiguo. Yo fui a comprar un regulador de corriente para el aire acondicionado del camión, pero no solucioné nada. Como resultado, durante el viaje solo los que viajasen el el Toyota disfrutarían de aire acondicionado. Los del camión, aire ventilado. Y a veces, ni eso. A 65 km/h de velocidad máxima, la corriente de aire que entraba por los ventanucos era más bien floja. Y si soplaba viento de cola, nos adelantaban hasta las bolsas de plástico que arrastraba la ventisca sahariana. Hacíamos etapas de pocos kilómetros. Sin embargo los desplazamientos no eran especialmente cortos en tiempo, por la citada velocidad punta del troncomóvil, que pronto bautizamos como "Er Carromaáato".